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sábado, 26 de enero de 2019

Venezuela, ríos de gente


“País mío, quisiera
llevarte
una flor sorprendente”

Rafael Cadenas


El viernes 25 de enero las primeras planas de los periódicos españoles mostraban, cada uno desde su pagador, la cara de VenezuelaHartos del maniqueísmo político, leemos. También sus editoriales intentaban reflexionar sobre lo que pasa en Venezuela, pero esa otra realidad, la nuestra, les queda bastante lejos. 

Los políticos españoles buscan, una vez más, sacar provecho de la situación. La derecha, voraz, presiona en favor de la Asamblea Nacional, y la izquierda, que pena, sigue apoyando lo inaceptable.

Las redes sociales están facilitando que los discursos sean cada vez más vacíos y hasta ridículos. Los políticos se manifiestan por twitter y parece que en una pequeña pastillita quieren englobar toda la verdad de un país en crisis con una historia política compleja.

Se atreven a decir cosas como “A Trump y a sus aliados no les interesa la democracia y los derechos humanos en Venezuela, les interesa su petróleo...” Y yo me pregunto: ¿En qué cabeza cabe que no haya intereses políticos y económicos detrás de las palabras y las acciones de un ejecutivo como Donald Trump o cualquier otro que ocupe La Casa Blanca? O ¿Es que tú, Pablo Iglesias, no tienes o has tenido intereses en Venezuela?


Lentitud sagrada. Hemos dejado pasar los días desde un vasto olvido.
Nos anegó la indolencia. Entregamos las armas. El sitio duró poco.
Desheredados, el lugar se adueñó de nuestra historia.
La volvió espera.



Leo y las preguntas más simples se responden solas. Un guión, en el que sólo sorprende la actuación de la Asamblea Nacional y la del pueblo venezolano, quienes después de tantos meses de silencio, vuelven a salir a la calle con las pilas cargadas de asertividad.

El miércoles 23 de enero, mi sobrino me escribía emocionado: “Tía, por donde vayas son ríos de gente”. Ríos de gente, que hermoso.  Algo fluye en Venezuela.  Mi gran amiga que ha sufrido todos los improperios de este gobierno y más, me dice aún con una sonrisa enmarcada en una foto: “Todo ha sido pacífico amiga”. Y está feliz, porque esos ríos de gente buscan la paz.


La claridad rodea muestro letargo. 
Una calma nos encuentra. 
Las mareas tocan nuestras puertas
 para despertarnos.


Yo me pregunto: ¿Cómo se atreve a declarar el responsable de una confrontación bélica con Ucrania que teme “un baño de sangre” en Venezuela? ¿Un baño de sangre? ¿Sabe Putin los índices de homicidios que hay en la capital de Venezuela? ¿Sabe ese político que los venezolanos que salen a la calle no tiene nada que perder? Sabe que ya lo perdieron todo. Sí, claro que lo sabe. Claro que conoce de primera mano la realidad venezolana, pero nadie lo ha interpelado para preguntarle: ¿Qué interés tiene Rusia sobre Venezuela? 

La prudencia de Europa también entra en el juego. La disyuntiva de quién convoca elecciones añade un matiz a la paleta de colores que sólo crea confusión. ¿Es que la Unión Europea cree que los venezolanos confiamos en un Consejo Nacional Electoral presidido por el oficialismo? Es el momento de ser contundente, y si realmente se está trabajando para el beneficio de los venezolanos, darle el poder al Presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, es la clave. ¿O es que los venezolanos hemos podido ejercer el derecho universal al sufragio dignamente el 20 de mayo del 2018? La respuesta es brevísima. NO.

No hay lugar para más reflexión. Es el momento de actuar. Pero, no esperemos que sea Guaidó ese líder iluminado que nos lleve a todos por el sendero hasta la salida. Somos nosotros quienes conocemos el camino. No olvidemos que la memoria del político es dúctil. Hay que recordarles para quién actúan y lo que queremos.  ¿Acaso conoce el político el sentimiento de pérdida que tenemos los venezolanos?


Juntos somos anteriores a nosotros.

Para que nuestros ojos sean claros hay exilios.


Queremos recuperar la República de Venezuela, respetar y conmemorar el pensamiento de Bolívar, sí, pero no manosear su legado. Yo tengo un deseo, que sonará risible en este momento, pero yo quiero otra vez ser venezolana de la República de Venezuela, y olvidar ese “Bolivariana” como una fe de errata en un capítulo de un libro que no quiero volver a leer. Porque los venezolanos  no queremos más adoctrinamiento, no queremos que en los comunicados del consulado nos saluden “camarada”; queremos recuperar nuestro espacio territorial y también la posibilidad de ir a nuestro país cuando queramos. Sin miedo.

Cada uno de los venezolanos tiene un deseo, un íntimo deseo que se manifiesta en esta posibilidad de cambio. Unos querrán seguir bebiendo de una comodidad antes desconocida. La gran mayoría tendrá otros deseos, tal vez unos volver a casa, o que nuestros familiares tengan acceso a las medicinas que necesitan, derecho a un trabajo sin tener el carnet de un partido, derecho a los artículos de primera necesidad sin un carnet de un partido, derecho a la gasolina sin tener carnet de un partido, derecho al voto sin tener carnet de un partido... Otros, simplemente quieren comer.



Resulta que esos ríos de gente no vamos hacia un baño de sangre, esos ríos de gente vamos hacia un cambio y tenemos una oportunidad que no vamos a dejar pasar. En criollo: no vamos a pelar ese boche.

Se acabó el carnaval y aunque los políticos no se quitarán las máscaras, nosotros, los ciudadanos de a pie, sí. ¿Guerra fría, guerra civil? La hipocresía y la ironía pasa de ser maquiavélica a macabra, porque la verdad es que a nadie de los que está en el poder mostrará los intereses reales que tiene sobre ese riquísimo espacio territorial llamado Venezuela. Nosotros sí.


Dentro de toda esta incertidumbre, hay que aferrarse a las certezas. Mi mayor temor es que no pase nada. Mi mayor deseo que Venezuela recupere su dignidad. Ya sé que nunca volveré al país que dejé, pero quiero pensar que habrá un proceso de reconstrucción donde todos podremos participar para sacarle una sonrisa de resiliencia a un lugar que puede volver a florecer. Quiero pensar que aprenderemos, que dentro de cuarenta años no se repetirá  la historia.

La clave no está en la ONU, no está en EE.UU, no está en Cuba, ni en Rusia, ni en China. Está en cada uno de los venezolanos que queremos el cambio. Como decía mi padre: “el mejor candidato eres tú”.

¡Cuánto hemos andado!
Nuestros sentidos se enriquecieron con extrañas donaciones.
Allí la tierra nos permitía ser. 
Nuestra memoria, antes adueñada, dejó de escoltarnos.


*Fragmentos de poemas de Rafael Cadenas de los textos Una isla, escritos a su regreso de Trinidad en 1958 donde estuvo exiliado por la dictadura de Perez Jiménez. 

*Fotos de Andrea Figueira

viernes, 29 de diciembre de 2017

Tierra adentro...


El día 22 de diciembre recibí un bello regalo pre-navideño. Esa noche, después de un largo día de trabajo en Barcelona, hice una sesión de cuentos en el Pla de la Calma, un lugar en Cardedeu donde la narración oral ha encontrado regocijo y bienestar. Alicia Molina, narradora oral y activista cultural, es la artífice de esta programación que tiene fieles y amables espectadores.

Digo que esta sesión fue un regalo porque pude contar muchos de los cuentos que me han acompañado durante años. Pude contar con ese deje venezolano que tanto añoro y pude compartirlo con un público sensible y respetuoso. Personas que abrieron sus sentidos para entrar en cada historia por lejos que ocurriera de su entorno o de su cultura. Fueron ellos quienes hicieron de Tierra adentro una de las sesiones más especiales que he entramado. Fueron ellos los que me hicieron sentir en casa: en el Ávila donde crecí y en Cardedeu, donde vivo ahora. 



Entre los cuentos del repertorio, incluí uno de José Rafael Pocaterra que estoy segura viene a la memoria de los venezolanos por esta época del año. Es un cuento lleno de ternura y de crueldad. De cálida inocencia y vil sarcasmo social. Es un cuento con el que puedes reír y también inundarte de tristeza. Su protagonista es invisible para muchos y un estorbo para otros, es de esos que reciben el año en la calle, porque sobre sus cabezas soñadoras no existe otro techo que las estrellas. A ellos, les dedico mi versión de Panchito Mandefuá deseando que el 2018 nos regale la utopía de un mundo más justo, más humano, como diría Panchito: ¡Próspero 2018 Archipetaquiremandefuá!


Panchito Mandefuá

Panchito Mandefuá era un granuja billetero, nacido de fulanito con menganita. Como una flor de callejón. Chiquito andrajoso con una desvergüenza de nueve años, que creció haciendo mandados para llevarse algo de comer a la boca.

Como no tenía apellido muchachito inventor, quiso llamarse Mandefuá, porque le sonaba importante y refinado, así la gente creería que él era hijo de un musiú (monsieur) y no de cualquiera.

Se la pasaba con un fajo de billetes aceitosos y un paltó de cachemir cuatro tallas más grande que su delgado cuerpo. Pero con grandes bolsillos donde Panchito podía guardar infinidad de tesoros y un pequeño bolsillo interior que no tenía ni un agujero, orgullo para Panchito, donde escondía sus cigarrillos.  Sin embargo, lo que más preciaba Panchito de su paltó era que lo abrigaba en las frías noches callejeras de enero.

-¡Aquí lo llevo! ¡El número ganador, el que nunca falla ni fallando! ¡Archipetaquiremandefuá!!!

Archipetaquiremandefuá era la palabra que usaba panchito para pregonar los billetes de la lotería, y también para decir todo aquello que le gustaba, que le sorprendía, que le emocionara, que lo asustaba... O cuando necesitaba gritar a los cuatro vientos alguna palabrota… Entonces, archipetaquiremandefuá, encerraba una fórmula anarquista que resumía todas las protestas de su inventor.

Panchito iba una tarde calle arriba, calle abajo pregonando el número ganador como si estuviera viendo la bolita. Era la víspera de la noche buena y ese día estaba de buen humor porque había vendido cinco números enteros y seis décimos, se sentía millonario y pensaba irse esa tarde al circo o al cine para celebrar su triunfo. También quería comer hallacas, ensalada de gallina, pan de jamón y hasta podría alcanzarle para fumarse una cajetilla nueva de marlboros.

De repente se detuvo en una esquina y vio a unos cuantos bribones haciendo círculo alrededor de una niña. Como un héroe sonó: ¡Archipetaquiremandefuá!!!!!

Pero nadie pareció escucharlo. La niña lloraba mientras contemplaba cómo los granujas se comían una bandeja de dulces que se le había caído. Estaban tan buenos que lamían el suelo.

En eso llegó un agente y todos salieron corriendo, menos Panchito y la niña que se quedaron embobados mirándose hasta que el policía los mandó a desalojar la acera por donde pasaban con prisa los transeúntes.

-¿Qué te pasó?-Preguntó Panchito a la niña.-
-Que me tropecé y me caí, y se me cayeron todos los dulces…
-¿Cómo te llamas?
-¿Yo? Margarita.
-¿Y esos dulces eran para tu mamá?
-Yo no tengo mamá. 
-¿Y papá?
-Tampoco.
-¿Y con quién vives?
-Vivo en la casa de una señora que me recogió, trabajo para ellos.
-¿Y te pagan?
-¿Me pagan qué?

Panchito suspiró con ironía, otra cosa no, pero de derechos laborales él sí que sabía.

-¡Guá! ¡Archipetaquiremandefuá! Al que trabaja se le paga.

La niña respondió ofendida:

-Me dan la comida y la ropa. Y me enseñan a leer ¿Tú sabes leer?
-¡Archipetaquiremandefuá! ¡Claroooo!- Gritó Panchito mintiendo sin disimulo- Y además se de números.-Mostrando los billetes- Yo gano para ir al cine, comprar mi comida y fumar.

Dicho esto encendió un cigarrillo, por las dudas.
-Más que pagarme… lo que van a hacer es pegarme.-Rompió a llorar la niña otra vez.-

Panchito se llenó el pecho de generosidad y le preguntó:

-¿Cómo cuántos se te cayeron?
-Aquí tengo la lista-Sacó la niña un papelito arrugao y sucio del bolsillo de su delantal.
-¡Espérame aquí!

Archipetaquiremandefuá, salió Panchito con la bandeja en la mano, corrió calle abajo, calle arriba y un cuarto de hora más tarde estaba al lado de niña con el mandao hecho.           

-¡Mira! ¿Esto jué lo que se te cayó no es gerdá?
           
La niña se le abrazó al cuello y se le iluminó la carita sucia.
           
Panchito acompañó a Margarita hasta su casa, por si acaso se le volvían  a caer los dulces. Por el camino él aprovechó y le contó que tampoco tenía familia, pero que sabía ganarse la vida, que le sobraba la plata.
           
-Aquí es.- Dijo la niña llegando a una casa grande con portón.-
           
Se miraron como quienes se miran en un espejo limpio. Sin saber cómo despedirse.
           
-¿Cómo te pago yo?-Le preguntó la niña con tristeza.-
-Si me das un beso.
-No, no. Eso es malo.
-Archipetaquiremandefuá. ¿Por qué?
-Guá porque sí.

Pero no era Pancho Mandefuá a quién se convencía con un porque sí. Así pues que sujetó los hombros de la niña y le pegó un par de besos llenos de dulce travesura, y tal vez de todo lo que había robado en su vida, eso era lo que más necesitaba.

-¡Archipetaquiremandefuá!-Gritó la niña.-

Estaba como una amapola recién brotada. Cuando de repente de abrió el portón de la casa y la mandaron a entrar entre gritos e insultos.

Panchito se la quedó mirando… Y cuando al fin volvieron sus pies a la tierra, se dio cuenta que era un botarate. No le quedaba ni pa’ la hallaca de noche buena. ¡Quién lo mandaba! Archipetaquiremandefuá.

Sentía desconsuelo y al mismo tiempo loca alegría interior. No olvidaba en medio de su desastre financiero los ojos de Margarita.

-¡Qué carajo! El día de gastar, se gasta. ¡Archipetaquiremandefuá!

Con lo que le sobraba se fue al circo. Cuando salió del espectáculo iba distraído pensando en su menú: “un bollito, un café con leche… como mucho si me alcanza…” Y en medio de sus pensamientos se cruzó un cornetazo brusco. Después, un sonido sordo de esos que nadie quiere escuchar.

Y allí quedó, un cuerpecito frío cubierto con un paltó de hombre.

Cuentan que así fue como esa noche buena Panchito fue invitado por el Niño Jesús a cenar en el mismísimo Cielo.  ¡Archipetaquiremandefuá!

Cuento original de Jose Rafael Pocaterra. Versión de Irma Borges


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Imagen de la película The kid. Chaplin

jueves, 27 de abril de 2017

Una tarde con campanas o el sonido de la inmigración venezolana


"No digas coche, se dice carro.
No digas sandía, se dice patilla.
No digas gafas, se dice lentes.
No digas polla, se dice güevo.
No digas cortado, se dice marrón.
No digas cacahuete, se dice maní.
Carajo, que no digas, no digas, que no hables así carajo.
 
(Mi padre los domingos. Tercera cerveza)"
 
Juan Carlos Méndez Guédez: Una tarde con campanas
 

Ahora que mi Venezuela está jodida y radiante, quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa. Ahora que como dice el magnífico humorista Emilio Lovera somos el primer país del mundo exportador de venezolanos. Ahora que el juego está “trancao” y toca contar los tantos a ver que quién gana la partida. Ahora que es primavera, momento de siembra, y que por este lado del mundo acaba de pasar el hermoso día de Sant Jordi donde nos regalamos flores y libros, quiero hacer una breve reseña sobre una novela que me fascinó y me conmovió por dos cosas a la vez: por ser de un autor contemporáneo con una narrativa diáfana, que narra aspectos imprescindibles para nosotros los latinoamericanos y por estar escrito por un venezolano inmigrante. 
 
Una tarde con campanas,  novela finalista del V Premio de Novela Fernando Quiñones en 2009,  nos narra las emociones de un niño, José Luis, quien sin decidirlo emigra a España desde Venezuela. El autor no habla de aventuras, ni de encuentros, sino de realidades  y penurias en las que se sobrevive al maltrato y la depresión porque se hacen cotidianos e inofensivos. 

 
A través de José Luis los que añoramos la infancia volvemos recuperados de una pesadilla amada. Respiramos, y aliviados encontramos en la distancia un oasis donde limpiar las heridas .

 
La fuerza narrativa  de Juan carlos Méndez Guédez entra por nuestra psique despertando el universo cultural dormido: esa Venezuela con sus palabras, sus sabores, sus costumbres, su rabia y su ternura.

 
Mientras leía Una tarde con campanas el entusiasmo se fue apoderando de mí, es una novela que seduce, como los rumores. Sus personajes están allí con sus múltiples voces explicándote lo que pasa en ese recoveco que es el nuevo hogar de José Luis. La historia de ese niño sin edad, sus narraciones, sus sueños, se parecen a los nuestros, a esas versiones fantaseadas que nos hacemos cuando buscamos el recuerdo de lo que perdimos.
 
El humor también está presente y es otro componente que conquista la lectura. Ríes, lloras, te asombras, convives con la crueldad y el amor en un mismo plano. Como si ese escenario que te ha tocado vivir (si sientes empatía con el protagonista) no puede separarse, es uno solo. Como si en una esquina se encontraran de frente la fortaleza y la fragilidad de la infancia.
 
Resultado de imagen de yo seré tres mil millones de niñosFotografía de niños de un barrio en Caracas de Jonas Bendiksen publicada en el libro Yo seré tres mil millones de niños