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jueves, 1 de julio de 2021

Alícia en el bosque de las maravillas

 

Hi va haver un temps

Caminàvem tu i jo sols.

El bosc era casa.


Alícia Molina




Alícia Molina es narradora oral, actriz y filóloga catalana. Profesora de la especialidad de Artes Escénicas de la Escola Ginebró, y entre otras tantas andanzas,  creadora del Festival de Narración oral Cardemots. 

Para mí, Alícia es, sobre todo, una activista de la cultura, que allí donde siembra su entusiasmo, podremos estar seguros de que cultivará un espacio dedicado a las palabras y a las artes escénicas. Detrás de ella, encontraremos un montón de personas sedientas de asombro, que la seguirán donde haga falta, para acabar plenos de ese alimento indispensable para el alma: el arte.




¿Alícia, cómo nace en ti esa semilla creativa que te ha hecho explorar las artes escénicas? 


Lo primero que me viene, es mi imagen, de pequeña, delante de un mueble que había en el comedor, que tenía un espejo enorme, allí empezaba a explicarme historias. Otro lugar al que me gustaba ir mucho, a pesar de que le tenía mucho miedo, era la habitación de mi abuela; que tenía un armario con espejos en forma de dos lunas. En ese espejo yo me podía ver por delante y por detrás. Entonces yo allí comenzaba a ponerme ropas. Pasaba horas y horas allí con mis personajes. Escribir también siempre me ha gustado. Y recuerdo a los 11 años empezar a escribir, como queriendo dejar constancia de mi vida. Mi hermana que trabajaba en una oficina, me regalaba un montón de papeles, y eso era como mi diario. Desde entonces no he parado de escribir. 



¿Cómo fue germinando esa semilla? 


En el colegio comenzábamos hacer cositas de teatro y eso siempre fue un momento de diversión y de creatividad. Salir de mi misma y explorar, eso fue un placer. En Sant Adrià donde yo vivía a los trece años, entré en un centro de excursionistas y no paré de hacer cosas, entre otras cosas, tuvimos un grupo de teatro. 

Después la vida me llevó a una granja escuela, y todas las historias que yo iba escribiendo me encontré que las podía explicar a los niños y niñas. Yo era como un duende que salía en la noche, detrás de un alcornoque milenario enorme, que había; yo esperaba a los niños allí, muerta de miedo (risas), y luego aparecía ese duende que les explicaba historias.   

Con mi primer hijo, el bosque era una fuente de inspiración: los recovecos que nos íbamos encontrando, los túneles naturales… Yo le explicaba historias sobre los guardianes del lugar, creaba personajes e historias. 

Un día en el año 1997, se da la oportunidad de la primera "Hora del Cuento", y es cuando ya comienzo a explicar cuentos de forma profesional. Más adelante en el 2001, algunos padres de la escuela de mi hija, la escuela Dolors Graners, iniciamos lo que sería un grupo de teatro abierto a cualquier persona y esto es 10 de deu teatre, que aún seguimos. Yo siempre he estado al lado de la palabra y el juego. 






¿Cuáles han sido los abonos que te han ayudado a hacer crecer esa creatividad que hay en ti? 


La soledad. En las tardes de siesta, mientras todo el mundo estaba durmiendo, yo leía. El aburrimiento, la curiosidad. Las excursiones con mi padre al bosque. A los 11 años tuve una maestra, Anna Vicent, que también fue como un ventanal de luz en mi vida. Ella nos abrió su corazón y toda su manera de entender la vida y nos preparó para ella. 


¿Cuáles son los  frutos o las flores has recogido con tu trabajo? 

La oralidad estaba muy ligada a mi día a día, sin embargo, cuando tuve consciencia de la profesionalidad de la narración, sentí cierto vértigo. La narración oral y las artes escénicas me han ayudado a vencer esos miedos, esas inseguridades. El arte me ha ayudado a tomar confianza en mí misma, ha sido como una necesidad, pero al mismo tiempo he tenido que romper vestiduras de miedo que llevaba puestas. A través de la narración he conectado con el juego y el placer. Es como sentirse envuelto por algo divino. 


¿Qué valores siembras con lo que haces? 

Conexión, juego y bondad.


¿Cuáles son tu pico y tu pala? ¿Qué herramientas usas para cultivar esos valores?
 
El otro y la curiosidad. Con el Teatro de los Sentidos pude evidenciarlo, en ese trabajo íntimo que se hace de tú a tú. 


Imaginemos que Alícia no es artista escénica, en el imaginario natural, ¿qué serías? ¿Qué tendrías? 

Un bosque. El bosque es mágico, misterioso, salvaje…

Y da miedo…

Tiene sus luces y sus sombras. El bosque te provee de muchos alimentos salvajes: piñones, moras, madroños, bellotas. Me gusta el alimento salvaje. 






viernes, 4 de diciembre de 2020

Un fin de semana liberador


"No vivo en las sombras. Vivo en las formas, las recorro con la vida, las recorro con la herida. Esa, que abre brecha entre tu mirada y la mía." 

(Fragmento del texto de A Tientas) 


Cuando empecé a estudiar artes en la Universidad Central de Venezuela, una de las palabras que me cautivó, y que desde entonces me acompaña, es la palabra catarsis. Es curiosa su definición, y aquí la comparto: 


f. Efecto purificador que causa cualquier obra de arte en el espectador:

las tragedias griegas llevaban a la catarsis a los espectadores.

1. Expulsión espontánea o provocada de sustancias nocivas al organismo.

2. P. ext., eliminación de recuerdos que perturban el equilibrio nervioso.

La catarsis es una experiencia purificadora de las emociones humanas. La palabra proviene del griego κάθαρσις (kátharsis), que significa 'purga', 'purificación'.


Catarsis, para mí implica definitivamente quedarse liberado, pero esa liberación transita por el dolor. Esa expulsión que purifica, pasa por lo nocivo, por el recuerdo insondable, por la oscuridad.


Cuando voy de espectadora al teatro busco experimentar una catarsis, cuando eso no pasa, es decepcionante. Me gusta ver un espectáculo y salir “tocada”, que mi alma se resista, que mi alma se alegre, que mi alma llore, que mi alma se transforme. 



Este fin de semana tuve dos experiencias teatrales, y estoy muy feliz, primero porque al fin pude volver al teatro, por fin las actividades culturales vuelven a estar en el catálogo de posibilidades para el fin de semana. Eso sí, no pude ir muy lejos y tampoco hizo falta. Mi suerte es que vivo en Cardedeu, y aquí tenemos el TAC, que no es un examen médico precisamente, sino el Teatre Auditori de Cardedeu, un espacio que tiene una programación tan diversa como de calidad.  


La segunda razón por la que estoy feliz es porque una de esas experiencias Suite TOC núm 6 de la compañía Les Impuxibles, tocó mi alma. Primero hubo una batalla por no entrar, mi corazón se resistía a escuchar lo que me estaban contando. La obra que narra la experiencia de una persona con diagnóstico TOC.  Como he trabajado con personas con diagnóstico de trastorno mental, mi psique estaba allí mirando al milímetro cada palabra, cada acción. Sin embargo, poco a poco el reclamo de Ariadna y Clara Peya llegaron a mí, y pude desmoronarme, pude sollozar, también reírme.  


Salí en silencio, sin ganas de hablar, quería tan sólo escucharme, y recordar las palabras de ellas, vistiendo sus propios personajes, representándose a sí mismas.  Acompañadas de un equipo de artistas excepcionales, esta pieza teatral desborda música, danza y dramaturgia de excelencia. Un trabajo duro como una piedra (y al mismo tiempo lleno de ternura), que me sacó de mi sitio. Por eso salí con ganas de ver y escuchar todas sus obras, las de Ariadna Peya y las de Clara Peya, de seguirlas, de contemplarme en sus creaciones. No quiero hacer una reseña sobre su espectáculo, ya las hay, tan sólo quiero decir que tenía tiempo sin que un espectáculo me conmoviera tanto, y por supuesto me pareciera tan redondo, tan inclusivo, tan vivo, tan sincero. 


La tercera razón, fue acompañar una vez más, a mi querida amiga Isabela Méndez en su monólogo A Tientas. Espectáculo que gracias a la amplia mirada que tiene el equipo de programación del Departamento de Cultura del Ayuntamiento de Cardedeu, pudo estar este año en el TAC como una de las opciones para GPS (Girem Propostes Singulars). ¿Curioso el nombre verdad? Un GPS te ayuda a ubicarte, a llegar a los lugares; estoy convencida que las obras de Girem Propostes Singulars, también.  




"Para llegar hasta aquí se atraviesan muchos semáforos. Cualquiera puede hacer eso. Todos ustedes lo han hecho con facilidad. Yo en cambio, para llegar hasta aquí atravesé mares."

(Fragmento del texto de A Tientas) 


Tuve la oportunidad de compartir con Isabela la construcción del texto de A Tientas, y excepcionalmente, esta vez, en una charla sobre el proceso creativo. Otro regalo del TAC. 


La obra de Isabela está hecha a medida de sus necesidades. Hablamos de un formato pequeño, que navega entre la narración oral y el monólogo.  Pocos elementos y la palabra. Desde un escenario desnudo Isa nos cuenta sus tránsitos por la incertidumbre, por su proceso de aceptación. Ya que su diagnóstico de baja visión, le ha requerido, por largos años, un esfuerzo enorme dentro de su carrera como actriz. Cuando Isabela cuenta su recorrido por esa aceptación en escena, también nos ayuda a comprender las emociones de todas las personas que pasan por un proceso singular.  Sus luces y sus sombras. ¿Quién no necesita aceptar sus límites para poder seguir creciendo? 


Durante la charla en el Teatre Auditori de Cardedeu 


Tal vez, ellas, las creadoras de A Tientas y Suite TOC núm 6 también llegan a la catarsis cuando interpretan sus experiencias en escena.  Ambas obras hablan de salud, ambas obras nos interpelan para celebrar la empatía con el otro, ambos espectáculos son una muestra de generosidad por parte de sus intérpretes, quienes no sólo muestran en escena sus talentos, sino que dignifican su humanidad por encima de todo. 


¡Fue un fin de semana de catarsis! ¡De liberación! Y es que volar implica soltar, ir ligero de equipaje.  Ya llega otro fin de semana. ¿Qué estás esperando para ir al teatro? No se sabe dónde, ni cuándo, puede estar esperándote una catarsis. 





viernes, 14 de diciembre de 2018

Sótanos que se resisten al silencio: El Chichón cumple 40 años*



Para Alejandra Gugliotta, Adimar Charles, María Fernanda Romero, Rubén Martínez Santana y todos los ex-chichones y chichones que pusieron su “granito de arena” para celebrar los 40 años de nuestro grupo.

A Dewis, GRACIAS, por seguir...




Cuando empecé a estudiar Artes en la Universidad Central de Venezuela, vi unos carteles pegados en los pasillos, donde se anunciaba que se abrían audiciones, para participar en el Teatro Universitario para Niños El Chichón. Decidí hacer la audición con un texto de El Día que me Quieras de José Ignacio Cabrujas. Fue tan bonito, aún recuerdo parte del monólogo de Elvira: “¿Vieron las banderas? Dios mío uno podría morirse viendo las banderas. Él no….” Qué curioso, justamente una obra cuyos personajes se debaten entre una dictadura y el sueño socialista… ¡Qué grande Cabrujas! Pero este no es el tema… el tema es El Chichón.

Sin duda, mi paso por la UCV no hubiese sido tan entrañable de no haber pasado esa audición; de no haber participado activamente en El Chichón, de no haber respirado el ambiente de aquel sótano del Aula Magna donde ensayábamos, rebuscábamos entre vestuarios y escenografías, archivábamos documentos y obras de teatro, escribíamos la revista El Chichón de Papel, preparábamos gacetillas de prensa… Porque El Chichón era (ojalá sea aún) más que un grupo de teatro. Era un espacio que te hacía participar en todos los procesos de creación de una obra teatral, y aunque era y es “amateur” la verdad es que quienes nos implicábamos, pasábamos allí más horas que las que dedicábamos a nuestras carreras universitarias.

Este año, El Chichón cumplió 40 años, y yo desde ésta distancia siento una tremenda deuda por todo lo que recibí. 

Justo en la época de navidad, preparábamos cuentos para La Patinata, actividades para La Carta al Niño Jesús que escribían los niños y niñas en la Plaza del Rectorado... Y en los ratos de ocio con mis compañeros, imitábamos los anuncios de los canales de televisión; hacíamos el divertido "amigo secreto" y las bromas típicas entre magallaneros y aficionados a Los Leones del Caracas, equipos de béisbol venezolano. Hasta nos quedábamos a dormir en el local, para ser los primeros en tomar chocolate caliente en la mañana, el día de la tradicional Patinata. Era una época de bonanza, de celebración, de dar.


Chao, Sr. Miedo (1996, obra con la que gané el Premio mejor actriz del TIN)


Cuando Dewis Durán, actor y director en El Chichón, me escribió para pedirme un vídeo en conmemoración a los 40 años del grupo, fue una alegría.  Los recuerdos llegaron a borbotones y el entusiasmo de aquella época regresó intacto.

Recordé aquella rampa por la que bajé deslizándome incontables veces al sótano del Aula Magna para ensayar; el olor a humedad, que al principio costaba de respirar y luego se hacía tan familiar. Recordé los pasillos donde pintamos los logos de los grupos artísticos que dependen de la Dirección de Cultura de la UCV, las puertas de nuestros vecinos: Cantalicio, La Trapatiesta, Pisorrojo, Teatro Universitario. Recordé los viajes a otros lugares de Venezuela en los incómodos autobuses estudiantiles, y los viajes fuera del país para participar en festivales. Los Premios TIN...

Recordé personas: amigos, dramaturgos, directores, coreógrafos, vestuaristas, utileros,  escenógrafos, músicos, actores y actrices con quienes compartí un tiempo de mucha calidad. Recordé los estrenos en el Auditorio, el olor a madera, los asientos, las nubes de Calder; las noches de ensayo general hasta las tantas y el misterio del desaparecido Orfeón que se escuchaba después de las doce de la noche tocando en el Aula Magna.

Recordé una época en la que hice acopio de experiencias que me han servido durante toda mi carrera. Para mí, la estancia en El Chichón, fue la semilla que hizo crecer un frondoso árbol creativo que me da sombra, frutos y flores cuando lo necesito.


Cajita de Arrayanes (1988) 


Por eso, GRACIAS CHICHÓN. Gracias Armando Carías, Morelba Domínguez, Juanacho y a todos los que iniciaron esa aventura, por haber plantado la semilla de ese árbol que nos acobijó a tantos estudiantes de la UCV. Gracias por darnos la posibilidad de ser reproductores de esa semilla en otros lugares del mundo. 

El Chichón fue mi casa durante más de cinco años, celebro que esa casa siga existiendo pese a los vendavales políticos que atraviesa nuestro país. Celebro que haya personas que aún se deslicen por la rampa que baja hasta los sótanos del Aula Magna para ensayar y seguir creando, aún en la más absoluta austeridad, teatro para niños y niñas de calidad. Celebro que haya jóvenes en Venezuela que permita que El Chichón siga golpeando ¡Duro y a la cabeza!




Este vídeo lo hicimos Rubén Martínez Santana y yo con mucho cariño para El Chichón en sus 40 años


*Había publicado este artículo sin título porque no me venía nada poético que valiera la pena, hasta que recibí un mail de Dewis Durán agradeciendo el texto con una frase bella: "...me hiciste recordar tantos buenos momentos pasados en esos sótanos ahora no tan bulliciosos pero que se resisten al silencio." Es de Dewis pues, este título. Quedan abiertos los comentarios para quien quiera seguir recordando y alimentando este escrito. 

miércoles, 18 de julio de 2018

Le (doux) Supplice de la Planche ¿Para qué sirve un buen espectáculo?


Ayer mientras veía el espectáculo Le (doux) Supplice de la Planche recordé para qué sirve un buen espectáculo.

Cuando estudiaba Artes en la Universidad Central de Venezuela la pregunta: ¿Para qué sirve el arte? Era como un fantasma que nos acechaba a los incautos estudiantes a la salida del aula, en los pasillos, en la biblioteca. Supongo que los estudiantes de estadística (nuestros vecinos de edificio) ni siquiera asomaron la idea de reflexionar sobre su valor en el mundo, o tal vez sí. Nosotros, los estudiantes de artes, lo hacíamos constantemente. Hasta el cansancio.

Me harté de la pregunta, me harté de la reflexión y de la búsqueda de justificación. El arte es como un perseguidor, quien tiene la sensibilidad hacia la producción estética aunque intente huir no lo consigue; la necesidad y el hambre de creación, lo sigue, no es tan racional como parece.




Ayer, mientras veía ese espectáculo maravilloso Le (doux) Supplice de la Planche, estéticamente cuidado, sencillo, bien dirigido, con una excelente técnica. Ayer mientras veía los cuerpos de los tres actores arriesgando en escena, volando, traspasando límites, manteniendo sus caracteres; creando tensión y diversión. Entendí una vez más, que por más teoría que leamos, por más que justifiquemos, la verdad de para qué sirve el arte se siente cuando crees que no puedes con el mundo y de pronto un espectáculo te saca de tus pensamientos, te reanima y te devuelve una mirada más verdadera. Sirve cuando después de aquel tiempo de evasión tan saludable e indispensable, consigues sobrevivir a cualquier batalla por más que la des por perdida.

Hace poco una amiga me preguntaba cómo podía saber si un espectáculo era bueno o malo. Los que intentamos hacer crítica y los creadores nos valemos de parámetros, del conocimiento de algunas disciplinas, de la técnica y de la valoración de los procesos de producción del arte. Sin embargo, si un espectáculo consigue que un colectivo siga su propuesta con la mirada perdida en ese otro mundo que se sugiere, ya es mucho. Ha conseguido comunicar. Comunicar como lo ha hecho esta compañía francesa, hablar de encuentro, de desencuentro, de intimidad, de complicidad, de riesgo, de amistad, de rivalidad, de conexión, de fuerza y fragilidad,  todo esto sin decir una sola palabra. Saber si es un "buen espectáculo" va más allá del “me gustó” o “no me gustó” cuando un espectáculo es "bueno" no se discute, es como una emoción, no hay equívoco.




Volviendo al ejemplo de esta compañía francesa intentaré reflexionar sobre una posible respuesta para mi amiga: estás sentado en tu silla, incómoda y rodeada de personas que hablan, aún así consigues concentrarte, ves cómo tres artistas arriesgan, re-interpretan y modelan sus cuerpos en función de una técnica (circo) y el tuyo (tu cuerpo) se deja llevar y se olvida de la realidad que aprisiona su pensamiento, entonces dulcemente, aparece la catarsis como única contestación.

La catarsis es sutil como un pájaro que se posa en tu hombro. Se siente levemente y cuando bate sus alas se despliega emocionada.  Es ese tránsito entre una emoción y otra. Es un masaje para el alma.

¿Para qué sirve un buen espectáculo? Para sentir. ¿Cómo puedes saber si es bueno o malo? Si te ha cautivado, has viajado y has vuelto diferente, probablemente sea un buen espectáculo.

Gracias, Le (doux) Supplice de la Planche por conseguir una vez más que me emocione una puesta en escena.


martes, 1 de mayo de 2018

Había una única vez, Cuentos bajo la Sombra


En sábado pasado fui a La Casa de los Cuentos en Barcelona a ver una actuación única, especial. Allí se encontraron, después de 31 años Gilda Beraha, Cheo Carvajal y Rubén Martínez, integrantes del mítico grupo de narradores Cuentos bajo la Sombra

En la década de los años 80, cada martes, sin falta, estos tres juglares se juntaban en Tierra de Nadie, lugar que todos los ucevistas conocemos de sobra. Contar, recitar y cantar era su quehacer; bajo la sombra de un hermoso árbol daban refugio y abrigo a la palabra. 

Cuando yo entré a la universidad ya ellos no estaban, pero su recuerdo perduraba entre anécdotas y ficciones de muchas personas. Era como si el aliento de sus cuentos, tantas veces narrados, se había quedado allí en la memoria de aquel espacio para siempre. Ahora ellos, también, eran un cuento.

Han pasado más de treinta años desde que el grupo abrió un espacio para la palabra en la Universidad Central de Venezuela, creando, tal vez inconscientemente, un espacio cultural que quedaría de forma tácita allí para los nuevos estudiantes, quienes añorábamos haber vivido aquella época.

El sábado, lo conseguí, porque las circunstancias lo permitieron, porque la solidaridad lo hizo posible. Ellos, volvieron. Hicieron una única actuación cuya taquilla fue destinada a la Asociación Ven Da Tu Mano, quienes, entre otras labores, suministran medicamentos a pacientes en Venezuela.


No estaban bajo un frondoso árbol, no estaban en Venezuela, no estaban en la UCV, pero si consiguieron crear una Tierra de Nadie.

Ese día, que yo estaba vacía de tanta nostalgia, que necesitaba con urgencia de mi palabra, esa que se pronuncia sin zeta y sin c; llegué  hasta allí con el corazón abierto, dispuesta a dejarme querer por mi acento y, a por fin, escuchar aquellos cuentos.

Escuché atenta, escuché precisa, escuché sin prisa. El regalo de cada narración iluminaba los rostros de nativos y extranjeros, porque esta vez, y solo por aquel breve espacio de tiempo, eran otros los que venían de fuera, los que no entendían referencias o el lenguaje coloquial.



Sentirme en mi tierra, en aquella Tierra de Nadie; eso consiguieron estos tres narradores con su tono y su estilo. Con sus canciones, su ritmo, su andar, su son, su voz.  

Para muchos de los presentes, Cuentos bajo la Sombra fue sentirnos en esa Venezuela que perdimos, en esa Venezuela que sólo podemos recuperar por instantes, en esa Venezuela que añoramos todos, los de fuera y los de dentro, los que estamos arriba o abajo, los que desperdigados por el mundo nos aferramos a la palabra para volver.

Gracias Rubén, gracias Cheo, gracias Gilda, por lo que crearon ayer bajo ese árbol y por los que aún sigue dando sombra, y a su vez, calor a tantos. Gracias, pues, por hacerme sentir que yo soy la de siempre.




viernes, 30 de marzo de 2018

Gnoma, un paseo por el valor de la amistad

Es maravilloso entrar en una sala de teatro y que poco a poco desaparezca todo: público, sillas, paredes, puertas; y de pronto, te encuentres en el bosque. Ese efecto lo logra la compañía Pea Green Boat en su espectáculo Gnoma. Cuidado, no penséis que estoy hablando de una enorme escenografía, todo lo contrario. Os hablo de un formato mínimo y sencillo que potencia la imaginación de los espectadores. Ésa es la riqueza y fuerza de este espectáculo.

Con sutileza y agilidad Emilia Esteban Langstaff interpreta todos los personajes dotándolos de carácter y matices. La estética es sublime. Cada detalle está hecho con calidad y esmero. El modelado de los personajes deja entrever su carácter y anima a imaginar su mundo interior.



Una vez que estamos metidos en la historia nos dejamos llevar por ella hasta el final. Aquí me quiero detener, porque da gusto ver un espectáculo que elige una sencilla anécdota para hablar de la amistad. He visto muchos espectáculos de títeres con estéticas hermosas que fallan en la dramaturgia. No es el caso de Gnoma. Al contrario, el drama está muy bien hilado, provoca curiosidad, encanto, y para los más pequeños es fácil seguirlo porque está escrito desde su punto de vista. Las diferencias entre los dos personajes principales es el motivo de conflicto. El entendimiento y la aceptación, el desenlace. A veces no es tan fácil hablar de emociones tan potentes en un lenguaje adecuado a la primera infancia. Pea Green Boat lo aborda con sutileza y claridad.


En lo personal, ver este espectáculo ha sido viajar a un lugar guiada por la autenticidad, por la sinceridad, por la gracia y regresar cargada de emociones, eso que  tanto buscamos cuando vamos al teatro.

Para los que amamos las historias poéticas podemos, además, tener en casa el álbum ilustrado del espectáculo editado por Kireei.

¡Enhorabuena Pea Green Boat! Que vuestras fantásticas historias sigan viajando y llegando a buen puerto.



lunes, 29 de enero de 2018

Isabela Méndez: la tierra para crear


Absoluta actriz, absoluta narradora y poeta. Ver a Isabela es ver personificada la creatividad. Con gran talento y un educado gusto estético Isabela se mueve por el mundo entre sombras, y desde allí es capaz de observar lo que a otros nos pasa inadvertido.



Cuando acabo una sesión y la gente se mira de otra manera y se abraza es que hemos hecho algo entre todos. El cuento no sucedería si el otro no está allí para respirarlo.”
Isabela Méndez

¿De dónde viene la semilla del teatro en ti?
De la necesidad de comunicar y de reproducir lo que veía de cerca. Yo recuerdo que a los ocho añitos, es un recuerdo clarísimo, me dormía rezando un mantra, que yo no sabía que existían, que decía: “quiero ser actriz, cantante y escritora”. Supe que iba a ser actriz desde que tenía ocho años, tenía una absoluta certeza de eso, los miedos han venido de grande, en aquel tiempo tenía una convicción clarísima porque mi amor por el teatro, el canto y la poesía yo no me lo cuestionaba. Era solo algo que estaba, y era solo cuestión de tiempo que yo me vistiera con todo eso, que yo lo habitara. Dentro de mí eso estaba latente.

¿Cómo empezó a germinar ese deseo, ese mantra?
Yo comenzaba en casa a disfrazarme. Me encantaba escuchar los acentos y reproducirlos. No sólo imitar, sino crearle una vida a ese acento. Me encantaba.
Tuve la bendición enorme de que mi madre es artista y estaba dentro del círculo de artistas de Caracas, tanto ella como los demás vieron que había posibilidades.
Y otra cosa que hacía yo era grabar, yo grababa mis programas de radio. Yo inventaba canciones y escribía poesía. Me encantaba la rima. Estaba todo junto y sigue estando junto. El teatro está cerca o al lado de la canción, de la poesía y de las artes plásticas. Como mi madre es pintora, pues también todo el tema manual siempre estuvo muy presente.



¿Cuál fue el abono que llegó para que esa semilla creciera y no se quedara en un retoño?
Yo creo que parte del abono tuvo que ver con los sitios a los que me llevaba mi madre, por ejemplo, íbamos incansablemente a exposiciones, cosa que a mí, honestamente, entonces, me hostinaba*. Yo crecí en la Cristóbal Rojas, en el Museo de Arte Contemporáneo, Bellas Artes, la Galería Viva México… Mi hermana y yo éramos dos cominos y estábamos todo el tiempo de exposición en exposición.  Y a mí me hostinaba*,  asumo ahora que también en parte me fastidiaba porque yo veía poco, pero yo no lo sabía.  En cambio me moría de amor por sentarme y ver a la gente que pasaba, yo me fijaba en las escenas: La niña que quería que le compraran el helado y no dejaba de fastidiar. Las estrategias que usaba para que finalmente la mamá dijera que sí… O el tema del cortejo, y como en el Caribe eso está tan a flor de piel, si aparecía una mujer guapa, por ejemplo, cómo se ponían los hombres… Las técnicas que utilizaban para abordarla o cómo la veían, cómo se acercaban. Yo creo que eso fue un abono que yo recibí del ambiente.
Otra cosa que también sucedió, es que como mi madre estaba en ese universo creativo, en las colas inmensas del tráfico de Caracas, de la casa al colegio o del colegio a la casa mi madre nos hacía crear historias. Entonces habían como tres técnicas: una de ellas era elegir tres personas por el camino arbitrariamente, y tú imaginabas qué iba a hacer esa persona o qué venía de hacer. Esa era una manera de incentivar en mí las historias. Y eso es lo que yo siempre he querido hacer como actriz, contar historias en primera persona. Mi principal abono tuvo que ver con mi madre y con la observación.
También empecé a formarme con el grupo de teatro del colegio. Yo me lo tomé con la intensidad y el rigor como si yo estuviera en el Actors Studio.

¿Aunque luego estuviste en el The Lee Strasberg Theatre & Film Institute?

Sí exacto, y Lee Strasberg salió del Actors Studio.



En tu trabajo profesional, ¿cuáles son tu pico y tu pala?
La palabra y el silencio. Luego lo gestual. Yo soy muy histriónica. A veces tengo la sensación (por ventaja o desgracia) de que no tengo filtro. Es como si estuviese en carne viva. Es tremendo porque los estímulos también los siento así de inmediato en el cuerpo. Lo cual me favorece mucho como actriz y como artista en general y por otro lado, me genera padecimiento.
Cuando digo palabra y silencio, no sólo hablo de la palabra hablada y del silencio que se genera cuando hay ese vacío, sino, del silencio en el papel. Cómo colocas la palabra en el papel y el vértigo que produce ese papel.

Frutos y flores que has recogido con tu trabajo profesional…
Hubo un montaje que me tocó muchísimo y que trajo muchas recompensas: visibles y tangibles. Cuando me dirigió Javier Vidal en Amor que mata en la Compañía Nacional de Teatro (Venezuela) fue un momento extraordinario porque además había una gente en el escenario muy potente. Estaba Rafael Briceño, hacía la música Aquiles Báez, dirigía la compañía Isaac Chocrón. Fue como una confluencia de gente impresionante. Eso produjo que me dieran premios (Actriz revelación del año de la Casa del Artista y del Marco Antonio Ettedgui). Ese montaje fue hermoso porque además yo podía cantar allí y esa es otra herramienta que disfruto mucho.

Quizás otro de los proyectos que más satisfacciones me ha dado, fue Señor Pablo, dirigido por Santiago Sánchez. Tú lo viste… Anita tenía dos parlamentos en la obra y sin embargo, para mí fue un universo impresionante. Yo inventé que ella tenía una cajita de tesoros y cada tesoro tenía algo que contar. Era un personaje con parálisis cerebral y retraso profundo. Yo estuve un tiempo yendo a AVEPANE (Asociación Venezolana de Padres y Amigos de Niños Excepcionales) a observar y me produjo una conmoción tremenda ver cómo aquella gente que estaba pintando consideraba una victoria absoluta llevar el pincel, mojarlo en el pigmento y conseguir plasmar una raya en el lienzo. Era la vida. Era un momento de fascinación absoluta. Eso me enseñó mucho de la vida porque celebramos tan poco tantas cosas enormes que tenemos a diario, y ellos celebran lo que para nosotros puede ser nimio. Ese personaje tuvo una gran vida interior, yo aún me conmuevo de pensarlo. El trabajo corporal fue tan bestia que yo todavía puedo reproducirlo. Ella estaba toda contrahecha. ¿Lo recuerdas? 

Sí, yo fui a ver la obra y sabía que tu actuabas. Estaba en el programa. Pero la obra avanzaba y no te veía en escena, y Anita ya tenía mucho tiempo dando vueltas por ahí… y yo pensaba: “Isabela no está”. Hasta el final cuando te vi en el saludo. Llegué a pensar que Anita era una niña que habían incorporado al montaje...

Pasó de todo con Anita, en uno de los pases fue una chica que se dedicaba a la educación especial, y estuvo a punto de levantarse de la silla enfurecida porque pensó que le estaban sacando provecho económico y hasta el final no supo que era una actriz.




¿Qué cultivas con tu trabajo?
Siento que cultivo la imaginación. La mía y la del otro. Y creo que es vital en la cultura actual, del ser humano urbanita que está absolutamente dependiente y pendiente de pantallas, donde todo te lo dan digerido. Tal vez por eso me he enamorado de un modo sin retorno de los cuentos orales… porque los  cuentos me ofrecen algo que el teatro no me ofrecía, que tiene que ver con que entre todos creamos un imaginario y donde yo puedo contactar directamente con el público sin que aparezca la cuarta pared.

¿Qué valores siembras?
La empatía, la solidaridad. Para mí el humor es un valor también. Un humor respetuoso.

Si tu trabajo estuviese vinculado a la tierra, ¿Qué tendrías? Un huerto, un jardín…
Yo sería alfarera, yo necesito la tierra para crear. Yo con la tierra haría macetas.

Frutos que recoges con tu trabajo
Risas y sonrisas. A veces lágrimas. Recojo algo que es intangible y que es un aire que tejemos entre todos. Cuando acabo una sesión y la gente se mira de otra manera y se abraza es que hemos hecho algo entre todos. El cuento no sucedería si el otro no está allí para respirarlo. 





*Hostinar: modismo venezolano que quiere decir fastidiar, disgustar. También puede encontrarse como "ostinar"

Las ilustraciones de este artículo son de la autoría de Isabela Méndez. 

Otras webs de Isabela Méndez:
Del vientre de un tintero
Chamanicabcn

viernes, 29 de diciembre de 2017

Tierra adentro...


El día 22 de diciembre recibí un bello regalo pre-navideño. Esa noche, después de un largo día de trabajo en Barcelona, hice una sesión de cuentos en el Pla de la Calma, un lugar en Cardedeu donde la narración oral ha encontrado regocijo y bienestar. Alicia Molina, narradora oral y activista cultural, es la artífice de esta programación que tiene fieles y amables espectadores.

Digo que esta sesión fue un regalo porque pude contar muchos de los cuentos que me han acompañado durante años. Pude contar con ese deje venezolano que tanto añoro y pude compartirlo con un público sensible y respetuoso. Personas que abrieron sus sentidos para entrar en cada historia por lejos que ocurriera de su entorno o de su cultura. Fueron ellos quienes hicieron de Tierra adentro una de las sesiones más especiales que he entramado. Fueron ellos los que me hicieron sentir en casa: en el Ávila donde crecí y en Cardedeu, donde vivo ahora. 



Entre los cuentos del repertorio, incluí uno de José Rafael Pocaterra que estoy segura viene a la memoria de los venezolanos por esta época del año. Es un cuento lleno de ternura y de crueldad. De cálida inocencia y vil sarcasmo social. Es un cuento con el que puedes reír y también inundarte de tristeza. Su protagonista es invisible para muchos y un estorbo para otros, es de esos que reciben el año en la calle, porque sobre sus cabezas soñadoras no existe otro techo que las estrellas. A ellos, les dedico mi versión de Panchito Mandefuá deseando que el 2018 nos regale la utopía de un mundo más justo, más humano, como diría Panchito: ¡Próspero 2018 Archipetaquiremandefuá!


Panchito Mandefuá

Panchito Mandefuá era un granuja billetero, nacido de fulanito con menganita. Como una flor de callejón. Chiquito andrajoso con una desvergüenza de nueve años, que creció haciendo mandados para llevarse algo de comer a la boca.

Como no tenía apellido muchachito inventor, quiso llamarse Mandefuá, porque le sonaba importante y refinado, así la gente creería que él era hijo de un musiú (monsieur) y no de cualquiera.

Se la pasaba con un fajo de billetes aceitosos y un paltó de cachemir cuatro tallas más grande que su delgado cuerpo. Pero con grandes bolsillos donde Panchito podía guardar infinidad de tesoros y un pequeño bolsillo interior que no tenía ni un agujero, orgullo para Panchito, donde escondía sus cigarrillos.  Sin embargo, lo que más preciaba Panchito de su paltó era que lo abrigaba en las frías noches callejeras de enero.

-¡Aquí lo llevo! ¡El número ganador, el que nunca falla ni fallando! ¡Archipetaquiremandefuá!!!

Archipetaquiremandefuá era la palabra que usaba panchito para pregonar los billetes de la lotería, y también para decir todo aquello que le gustaba, que le sorprendía, que le emocionara, que lo asustaba... O cuando necesitaba gritar a los cuatro vientos alguna palabrota… Entonces, archipetaquiremandefuá, encerraba una fórmula anarquista que resumía todas las protestas de su inventor.

Panchito iba una tarde calle arriba, calle abajo pregonando el número ganador como si estuviera viendo la bolita. Era la víspera de la noche buena y ese día estaba de buen humor porque había vendido cinco números enteros y seis décimos, se sentía millonario y pensaba irse esa tarde al circo o al cine para celebrar su triunfo. También quería comer hallacas, ensalada de gallina, pan de jamón y hasta podría alcanzarle para fumarse una cajetilla nueva de marlboros.

De repente se detuvo en una esquina y vio a unos cuantos bribones haciendo círculo alrededor de una niña. Como un héroe sonó: ¡Archipetaquiremandefuá!!!!!

Pero nadie pareció escucharlo. La niña lloraba mientras contemplaba cómo los granujas se comían una bandeja de dulces que se le había caído. Estaban tan buenos que lamían el suelo.

En eso llegó un agente y todos salieron corriendo, menos Panchito y la niña que se quedaron embobados mirándose hasta que el policía los mandó a desalojar la acera por donde pasaban con prisa los transeúntes.

-¿Qué te pasó?-Preguntó Panchito a la niña.-
-Que me tropecé y me caí, y se me cayeron todos los dulces…
-¿Cómo te llamas?
-¿Yo? Margarita.
-¿Y esos dulces eran para tu mamá?
-Yo no tengo mamá. 
-¿Y papá?
-Tampoco.
-¿Y con quién vives?
-Vivo en la casa de una señora que me recogió, trabajo para ellos.
-¿Y te pagan?
-¿Me pagan qué?

Panchito suspiró con ironía, otra cosa no, pero de derechos laborales él sí que sabía.

-¡Guá! ¡Archipetaquiremandefuá! Al que trabaja se le paga.

La niña respondió ofendida:

-Me dan la comida y la ropa. Y me enseñan a leer ¿Tú sabes leer?
-¡Archipetaquiremandefuá! ¡Claroooo!- Gritó Panchito mintiendo sin disimulo- Y además se de números.-Mostrando los billetes- Yo gano para ir al cine, comprar mi comida y fumar.

Dicho esto encendió un cigarrillo, por las dudas.
-Más que pagarme… lo que van a hacer es pegarme.-Rompió a llorar la niña otra vez.-

Panchito se llenó el pecho de generosidad y le preguntó:

-¿Cómo cuántos se te cayeron?
-Aquí tengo la lista-Sacó la niña un papelito arrugao y sucio del bolsillo de su delantal.
-¡Espérame aquí!

Archipetaquiremandefuá, salió Panchito con la bandeja en la mano, corrió calle abajo, calle arriba y un cuarto de hora más tarde estaba al lado de niña con el mandao hecho.           

-¡Mira! ¿Esto jué lo que se te cayó no es gerdá?
           
La niña se le abrazó al cuello y se le iluminó la carita sucia.
           
Panchito acompañó a Margarita hasta su casa, por si acaso se le volvían  a caer los dulces. Por el camino él aprovechó y le contó que tampoco tenía familia, pero que sabía ganarse la vida, que le sobraba la plata.
           
-Aquí es.- Dijo la niña llegando a una casa grande con portón.-
           
Se miraron como quienes se miran en un espejo limpio. Sin saber cómo despedirse.
           
-¿Cómo te pago yo?-Le preguntó la niña con tristeza.-
-Si me das un beso.
-No, no. Eso es malo.
-Archipetaquiremandefuá. ¿Por qué?
-Guá porque sí.

Pero no era Pancho Mandefuá a quién se convencía con un porque sí. Así pues que sujetó los hombros de la niña y le pegó un par de besos llenos de dulce travesura, y tal vez de todo lo que había robado en su vida, eso era lo que más necesitaba.

-¡Archipetaquiremandefuá!-Gritó la niña.-

Estaba como una amapola recién brotada. Cuando de repente de abrió el portón de la casa y la mandaron a entrar entre gritos e insultos.

Panchito se la quedó mirando… Y cuando al fin volvieron sus pies a la tierra, se dio cuenta que era un botarate. No le quedaba ni pa’ la hallaca de noche buena. ¡Quién lo mandaba! Archipetaquiremandefuá.

Sentía desconsuelo y al mismo tiempo loca alegría interior. No olvidaba en medio de su desastre financiero los ojos de Margarita.

-¡Qué carajo! El día de gastar, se gasta. ¡Archipetaquiremandefuá!

Con lo que le sobraba se fue al circo. Cuando salió del espectáculo iba distraído pensando en su menú: “un bollito, un café con leche… como mucho si me alcanza…” Y en medio de sus pensamientos se cruzó un cornetazo brusco. Después, un sonido sordo de esos que nadie quiere escuchar.

Y allí quedó, un cuerpecito frío cubierto con un paltó de hombre.

Cuentan que así fue como esa noche buena Panchito fue invitado por el Niño Jesús a cenar en el mismísimo Cielo.  ¡Archipetaquiremandefuá!

Cuento original de Jose Rafael Pocaterra. Versión de Irma Borges


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Imagen de la película The kid. Chaplin