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viernes, 14 de diciembre de 2018

Sótanos que se resisten al silencio: El Chichón cumple 40 años*



Para Alejandra Gugliotta, Adimar Charles, María Fernanda Romero, Rubén Martínez Santana y todos los ex-chichones y chichones que pusieron su “granito de arena” para celebrar los 40 años de nuestro grupo.

A Dewis, GRACIAS, por seguir...




Cuando empecé a estudiar Artes en la Universidad Central de Venezuela, vi unos carteles pegados en los pasillos, donde se anunciaba que se abrían audiciones, para participar en el Teatro Universitario para Niños El Chichón. Decidí hacer la audición con un texto de El Día que me Quieras de José Ignacio Cabrujas. Fue tan bonito, aún recuerdo parte del monólogo de Elvira: “¿Vieron las banderas? Dios mío uno podría morirse viendo las banderas. Él no….” Qué curioso, justamente una obra cuyos personajes se debaten entre una dictadura y el sueño socialista… ¡Qué grande Cabrujas! Pero este no es el tema… el tema es El Chichón.

Sin duda, mi paso por la UCV no hubiese sido tan entrañable de no haber pasado esa audición; de no haber participado activamente en El Chichón, de no haber respirado el ambiente de aquel sótano del Aula Magna donde ensayábamos, rebuscábamos entre vestuarios y escenografías, archivábamos documentos y obras de teatro, escribíamos la revista El Chichón de Papel, preparábamos gacetillas de prensa… Porque El Chichón era (ojalá sea aún) más que un grupo de teatro. Era un espacio que te hacía participar en todos los procesos de creación de una obra teatral, y aunque era y es “amateur” la verdad es que quienes nos implicábamos, pasábamos allí más horas que las que dedicábamos a nuestras carreras universitarias.

Este año, El Chichón cumplió 40 años, y yo desde ésta distancia siento una tremenda deuda por todo lo que recibí. 

Justo en la época de navidad, preparábamos cuentos para La Patinata, actividades para La Carta al Niño Jesús que escribían los niños y niñas en la Plaza del Rectorado... Y en los ratos de ocio con mis compañeros, imitábamos los anuncios de los canales de televisión; hacíamos el divertido "amigo secreto" y las bromas típicas entre magallaneros y aficionados a Los Leones del Caracas, equipos de béisbol venezolano. Hasta nos quedábamos a dormir en el local, para ser los primeros en tomar chocolate caliente en la mañana, el día de la tradicional Patinata. Era una época de bonanza, de celebración, de dar.


Chao, Sr. Miedo (1996, obra con la que gané el Premio mejor actriz del TIN)


Cuando Dewis Durán, actor y director en El Chichón, me escribió para pedirme un vídeo en conmemoración a los 40 años del grupo, fue una alegría.  Los recuerdos llegaron a borbotones y el entusiasmo de aquella época regresó intacto.

Recordé aquella rampa por la que bajé deslizándome incontables veces al sótano del Aula Magna para ensayar; el olor a humedad, que al principio costaba de respirar y luego se hacía tan familiar. Recordé los pasillos donde pintamos los logos de los grupos artísticos que dependen de la Dirección de Cultura de la UCV, las puertas de nuestros vecinos: Cantalicio, La Trapatiesta, Pisorrojo, Teatro Universitario. Recordé los viajes a otros lugares de Venezuela en los incómodos autobuses estudiantiles, y los viajes fuera del país para participar en festivales. Los Premios TIN...

Recordé personas: amigos, dramaturgos, directores, coreógrafos, vestuaristas, utileros,  escenógrafos, músicos, actores y actrices con quienes compartí un tiempo de mucha calidad. Recordé los estrenos en el Auditorio, el olor a madera, los asientos, las nubes de Calder; las noches de ensayo general hasta las tantas y el misterio del desaparecido Orfeón que se escuchaba después de las doce de la noche tocando en el Aula Magna.

Recordé una época en la que hice acopio de experiencias que me han servido durante toda mi carrera. Para mí, la estancia en El Chichón, fue la semilla que hizo crecer un frondoso árbol creativo que me da sombra, frutos y flores cuando lo necesito.


Cajita de Arrayanes (1988) 


Por eso, GRACIAS CHICHÓN. Gracias Armando Carías, Morelba Domínguez, Juanacho y a todos los que iniciaron esa aventura, por haber plantado la semilla de ese árbol que nos acobijó a tantos estudiantes de la UCV. Gracias por darnos la posibilidad de ser reproductores de esa semilla en otros lugares del mundo. 

El Chichón fue mi casa durante más de cinco años, celebro que esa casa siga existiendo pese a los vendavales políticos que atraviesa nuestro país. Celebro que haya personas que aún se deslicen por la rampa que baja hasta los sótanos del Aula Magna para ensayar y seguir creando, aún en la más absoluta austeridad, teatro para niños y niñas de calidad. Celebro que haya jóvenes en Venezuela que permita que El Chichón siga golpeando ¡Duro y a la cabeza!




Este vídeo lo hicimos Rubén Martínez Santana y yo con mucho cariño para El Chichón en sus 40 años


*Había publicado este artículo sin título porque no me venía nada poético que valiera la pena, hasta que recibí un mail de Dewis Durán agradeciendo el texto con una frase bella: "...me hiciste recordar tantos buenos momentos pasados en esos sótanos ahora no tan bulliciosos pero que se resisten al silencio." Es de Dewis pues, este título. Quedan abiertos los comentarios para quien quiera seguir recordando y alimentando este escrito. 

martes, 1 de mayo de 2018

Había una única vez, Cuentos bajo la Sombra


En sábado pasado fui a La Casa de los Cuentos en Barcelona a ver una actuación única, especial. Allí se encontraron, después de 31 años Gilda Beraha, Cheo Carvajal y Rubén Martínez, integrantes del mítico grupo de narradores Cuentos bajo la Sombra

En la década de los años 80, cada martes, sin falta, estos tres juglares se juntaban en Tierra de Nadie, lugar que todos los ucevistas conocemos de sobra. Contar, recitar y cantar era su quehacer; bajo la sombra de un hermoso árbol daban refugio y abrigo a la palabra. 

Cuando yo entré a la universidad ya ellos no estaban, pero su recuerdo perduraba entre anécdotas y ficciones de muchas personas. Era como si el aliento de sus cuentos, tantas veces narrados, se había quedado allí en la memoria de aquel espacio para siempre. Ahora ellos, también, eran un cuento.

Han pasado más de treinta años desde que el grupo abrió un espacio para la palabra en la Universidad Central de Venezuela, creando, tal vez inconscientemente, un espacio cultural que quedaría de forma tácita allí para los nuevos estudiantes, quienes añorábamos haber vivido aquella época.

El sábado, lo conseguí, porque las circunstancias lo permitieron, porque la solidaridad lo hizo posible. Ellos, volvieron. Hicieron una única actuación cuya taquilla fue destinada a la Asociación Ven Da Tu Mano, quienes, entre otras labores, suministran medicamentos a pacientes en Venezuela.


No estaban bajo un frondoso árbol, no estaban en Venezuela, no estaban en la UCV, pero si consiguieron crear una Tierra de Nadie.

Ese día, que yo estaba vacía de tanta nostalgia, que necesitaba con urgencia de mi palabra, esa que se pronuncia sin zeta y sin c; llegué  hasta allí con el corazón abierto, dispuesta a dejarme querer por mi acento y, a por fin, escuchar aquellos cuentos.

Escuché atenta, escuché precisa, escuché sin prisa. El regalo de cada narración iluminaba los rostros de nativos y extranjeros, porque esta vez, y solo por aquel breve espacio de tiempo, eran otros los que venían de fuera, los que no entendían referencias o el lenguaje coloquial.



Sentirme en mi tierra, en aquella Tierra de Nadie; eso consiguieron estos tres narradores con su tono y su estilo. Con sus canciones, su ritmo, su andar, su son, su voz.  

Para muchos de los presentes, Cuentos bajo la Sombra fue sentirnos en esa Venezuela que perdimos, en esa Venezuela que sólo podemos recuperar por instantes, en esa Venezuela que añoramos todos, los de fuera y los de dentro, los que estamos arriba o abajo, los que desperdigados por el mundo nos aferramos a la palabra para volver.

Gracias Rubén, gracias Cheo, gracias Gilda, por lo que crearon ayer bajo ese árbol y por los que aún sigue dando sombra, y a su vez, calor a tantos. Gracias, pues, por hacerme sentir que yo soy la de siempre.