Alícia Molina es narradora oral, actriz y filóloga catalana. Profesora de la especialidad de Artes Escénicas de la Escola Ginebró, y entre otras tantas andanzas, creadora del Festival de Narración oral Cardemots.
Para mí, Alícia es, sobre todo, una activista de la cultura, que allí donde siembra su entusiasmo, podremos estar seguros de que cultivará un espacio dedicado a las palabras y a las artes escénicas. Detrás de ella, encontraremos un montón de personas sedientas de asombro, que la seguirán donde haga falta, para acabar plenos de ese alimento indispensable para el alma: el arte.
¿Alícia, cómo nace en ti esa semilla creativa que te ha hecho explorar las artes escénicas?
Lo primero que me viene, es mi imagen, de pequeña, delante de un mueble que había en el comedor, que tenía un espejo enorme, allí empezaba a explicarme historias. Otro lugar al que me gustaba ir mucho, a pesar de que le tenía mucho miedo, era la habitación de mi abuela; que tenía un armario con espejos en forma de dos lunas. En ese espejo yo me podía ver por delante y por detrás. Entonces yo allí comenzaba a ponerme ropas. Pasaba horas y horas allí con mis personajes. Escribir también siempre me ha gustado. Y recuerdo a los 11 años empezar a escribir, como queriendo dejar constancia de mi vida. Mi hermana que trabajaba en una oficina, me regalaba un montón de papeles, y eso era como mi diario. Desde entonces no he parado de escribir.
¿Cómo fue germinando esa semilla?
En el colegio comenzábamos hacer cositas de teatro y eso siempre fue un momento de diversión y de creatividad. Salir de mi misma y explorar, eso fue un placer. En Sant Adrià donde yo vivía a los trece años, entré en un centro de excursionistas y no paré de hacer cosas, entre otras cosas, tuvimos un grupo de teatro.
Después la vida me llevó a una granja escuela, y todas las historias que yo iba escribiendo me encontré que las podía explicar a los niños y niñas. Yo era como un duende que salía en la noche, detrás de un alcornoque milenario enorme, que había; yo esperaba a los niños allí, muerta de miedo (risas), y luego aparecía ese duende que les explicaba historias.
Con mi primer hijo, el bosque era una fuente de inspiración: los recovecos que nos íbamos encontrando, los túneles naturales… Yo le explicaba historias sobre los guardianes del lugar, creaba personajes e historias.
Un día en el año 1997, se da la oportunidad de la primera "Hora del Cuento", y es cuando ya comienzo a explicar cuentos de forma profesional. Más adelante en el 2001, algunos padres de la escuela de mi hija, la escuela Dolors Graners, iniciamos lo que sería un grupo de teatro abierto a cualquier persona y esto es 10 de deu teatre, que aún seguimos. Yo siempre he estado al lado de la palabra y el juego.
¿Cuáles han sido los abonos que te han ayudado a hacer crecer esa creatividad que hay en ti?
La soledad. En las tardes de siesta, mientras todo el mundo estaba durmiendo, yo leía. El aburrimiento, la curiosidad. Las excursiones con mi padre al bosque. A los 11 años tuve una maestra, Anna Vicent, que también fue como un ventanal de luz en mi vida. Ella nos abrió su corazón y toda su manera de entender la vida y nos preparó para ella.
¿Cuáles son los frutos o las flores has recogido con tu trabajo?
La oralidad estaba muy ligada a mi día a día, sin embargo, cuando tuve consciencia de la profesionalidad de la narración, sentí cierto vértigo. La narración oral y las artes escénicas me han ayudado a vencer esos miedos, esas inseguridades. El arte me ha ayudado a tomar confianza en mí misma, ha sido como una necesidad, pero al mismo tiempo he tenido que romper vestiduras de miedo que llevaba puestas. A través de la narración he conectado con el juego y el placer. Es como sentirse envuelto por algo divino.
¿Qué valores siembras con lo que haces?
Conexión, juego y bondad.
¿Cuáles son tu pico y tu pala? ¿Qué herramientas usas para cultivar esos valores?
El otro y la curiosidad. Con el Teatro de los Sentidos pude evidenciarlo, en ese trabajo íntimo que se hace de tú a tú.
Imaginemos que Alícia no es artista escénica, en el imaginario natural, ¿qué serías? ¿Qué tendrías?
Un bosque. El bosque es mágico, misterioso, salvaje…
Y da miedo…
Tiene sus luces y sus sombras. El bosque te provee de muchos alimentos salvajes: piñones, moras, madroños, bellotas. Me gusta el alimento salvaje.
Yelitza González se define como titiritera y docente. Yo que trabajé con ella en Teatro Naku puedo dar fe de su disciplina. Es una persona metódica y creativa, una combinación que se ve reflejada en sus creaciones.
"Viajar es un abono importante
para cualquier ser humano porque permite conocer otras culturas y confrontarte
con personas diferentes a ti, eso amplía la visión del mundo y de tu oficio." Yelitza González
¿De dónde viene la semilla de la creación en ti?
Yo en estos últimos dos años he estado pensando de dónde viene mi interés por las artes, porque en mi familia no hay artistas. Creo que tiene que ver un poco por esa pasión que siente mi mamá por las letras. Mi mamá estudió letras, pero no terminó. Y a partir de allí, ella nos inculcó mucho la lectura. Yo creo que la lectura alimenta la imaginación. Soy muy visual, y todo lo que escucho se convierte en imagen. También viene del corazón. Siento que cuando creo no me guío por un método específico, sino, por algo que me nace de la intuición y por la energía que me dan los objetos, las telas… el material con el que esté trabajando.
¿Cómo germina esa semilla?
En el IUDET (Instituto Universitario de Teatro de Caracas) antes de empezar mis estudios no lo tenía concientizado. Toda mi creatividad germinó a partir de mis estudios allí.
¿Cuáles son los abonos que usas en la creación?
Lo tropical, el mar. La sonoridad del mar. La risa. La observación, me apasiona descubrir que todo tiene un ritmo. Al observar te das cuenta de que cada persona tiene un ritmo, un color, una cadencia. La observación es uno de los abonos más importantes que yo tengo. Y otro abono es la perseverancia. No sólo la disciplina, sino la perseverancia que es la que va más allá de los obstáculos.
El hecho de poder viajar es otro abono importante, tanto cuando trabajaba en Teatro Naku, como en mis viajes personales. Viajar es un abono importante para cualquier ser humano porque permite conocer otras culturas y confrontarte con personas diferentes a ti, eso amplía la visión del mundo y de tu oficio.
Para el agricultor, su herramienta puede ser su pala, su pico, fumiga su huerto… ¿Cuáles son tus herramientas de trabajo?
Una de las herramientas más importante es el barro, el papel, la cola. También hay que fumigar nuestro huerto, de personas que no tienen los mismos valores que nosotros. La gente que se queja, que critica el trabajo del otro, sin ser constructivo. Hay personas que a veces no tienen el conocimiento, pero si la motivación, el interés, la responsabilidad. Allí hay que utilizar una especie de cincel para moldear esa motivación, esa creatividad.
¿Qué frutos sientes que has cosechado con tu trabajo?
Muchas satisfacciones a nivel personal. Uno crece mucho cuando tienes tantos años dedicado al teatro, al teatro de títeres. No es fácil aceptar las críticas, pero si sabes verlas de forma positiva puedes fortalecer y mejorar tu trabajo. Puedes usarlas para tu crecimiento personal. Los frutos son los años de experiencia, los aplausos, la sonrisa del público, la sorpresa de la gente cuando ve una propuesta diferente y alguien te dice: “¡Guao, no sabía que se podía hacer eso con títeres!”.
En este momento siento que un posible fruto sería crear una metodología de trabajo a nivel educativo. Yo soy docente de títeres. De unos años para acá tengo mucha consciencia de la importancia de los títeres en el aula. Cómo los estudiantes de pedagogía pueden generar contenido a partir del títere. Pueden trabajar matemáticas, ciencias, castellano. Eso es uno de los frutos más importantes, ver a mis alumnos dando clases, viendo el títere como una herramienta pedagógica, respetando al títere.
¿Qué metáfora de la naturaleza usarías para identificar tu espacio de trabajo?
Mi espacio sería muy fértil, el patio de mi casa en Margarita. No era muy grande pero era muy fértil: teníamos ciruela de huesito, jobo, patilla, limón, auyama, maíz. Había mucha diversidad porque la tierra era muy fértil. Allí todo lo que sembrabas de daba.
Si fuese un árbol sería un bambú, porque es muy flexible y es muy limpio, muy suave, no te lastima al tacto. O me imagino un bonsái porque en este momento trabajo sola y obras minimalistas. Por eso ahora disfruto mucho con el Teatro Lambe-Lambe, porque aunque puede ser un trabajo colectivo, puedes crear desde tu propia acequia.
¿Qué valores siembras?
El trabajo en equipo, el respeto hacia la diversidad. En los últimos años he intentado trabajar temas ambientales. La responsabilidad que tenemos como artistas y docentes en la construcción o trasformación de un planeta más sano del que tenemos actualmente.
El amor al títere, a ese elemento que vas construyendo poco a poco a partir del barro, del papel. Es como si fuese un hijo, que lleva un proceso. Me pasa que los estudiantes quieren construir los personajes de forma inmediata. Creo que hay que cultivar la paciencia. Cuando te dedicas a la construcción en el Teatro de Títeres, después de la construcción de los personajes es que viene el proceso de creación de la puesta en escena, el diseño de luces, la producción. Muchas veces esto puede ser paralelo, pero en otros casos no. Para eso hay que tener mucha paciencia.
¿Qué frutos recoges con esos valores?
La gratitud, el amor, la amistad. La felicidad de ver esos “arbolitos” por allí generando sus propios frutos. Cuando ves que las personas que has ido formando siguen trabajando con los títeres, y respetando el títere, eso es una forma de sentirme que he hecho bien mi trabajo. Eso me da mucha satisfacción y alegría.
Yela y yo en Barcelona, un encuentro lleno de recuerdos
Absoluta
actriz, absoluta narradora y poeta. Ver a Isabela es ver
personificada la creatividad. Con gran talento y un educado gusto estético
Isabela se mueve por el mundo entre sombras, y desde allí es capaz de observar
lo que a otros nos pasa inadvertido.
“Cuando
acabo una sesión y la gente se mira de otra manera y se abraza es que hemos
hecho algo entre todos. El cuento no sucedería si el otro no está allí para
respirarlo.” Isabela Méndez
¿De dónde viene la semilla del teatro en
ti?
De
la necesidad de comunicar y de reproducir lo que veía de cerca. Yo recuerdo que
a los ocho añitos, es un recuerdo clarísimo, me dormía rezando un mantra, que
yo no sabía que existían, que decía: “quiero ser actriz, cantante y escritora”.
Supe que iba a ser actriz desde que tenía ocho años, tenía una absoluta certeza
de eso, los miedos han venido de grande, en aquel tiempo tenía una convicción
clarísima porque mi amor por el teatro, el canto y la poesía yo no me lo
cuestionaba. Era solo algo que estaba, y era solo cuestión de tiempo que yo me
vistiera con todo eso, que yo lo habitara. Dentro de mí eso estaba latente.
¿Cómo empezó a germinar ese deseo, ese
mantra?
Yo
comenzaba en casa a disfrazarme. Me encantaba escuchar los acentos y
reproducirlos. No sólo imitar, sino crearle una vida a ese acento. Me encantaba.
Tuve
la bendición enorme de que mi madre es artista y estaba dentro del círculo de
artistas de Caracas, tanto ella como los demás vieron que había posibilidades.
Y
otra cosa que hacía yo era grabar, yo grababa mis programas de radio. Yo
inventaba canciones y escribía poesía. Me encantaba la rima. Estaba todo junto
y sigue estando junto. El teatro está cerca o al lado de la canción, de la
poesía y de las artes plásticas. Como mi madre es pintora, pues también todo el
tema manual siempre estuvo muy presente.
¿Cuál fue el abono que llegó para que
esa semilla creciera y no se quedara en un retoño?
Yo
creo que parte del abono tuvo que ver con los sitios a los que me llevaba mi
madre, por ejemplo, íbamos incansablemente a exposiciones, cosa que a mí, honestamente,
entonces, me hostinaba*. Yo crecí en la Cristóbal Rojas, en el Museo de Arte
Contemporáneo, Bellas Artes, la Galería Viva México… Mi hermana y yo éramos dos
cominos y estábamos todo el tiempo de exposición en exposición. Y a mí me hostinaba*, asumo ahora que también en parte me
fastidiaba porque yo veía poco, pero yo no lo sabía. En cambio me moría de
amor por sentarme y ver a la gente que pasaba, yo me fijaba en las escenas: La
niña que quería que le compraran el helado y no dejaba de fastidiar. Las
estrategias que usaba para que finalmente la mamá dijera que sí… O el tema del
cortejo, y como en el Caribe eso está tan a flor de piel, si aparecía una mujer
guapa, por ejemplo, cómo se ponían los hombres… Las técnicas que utilizaban
para abordarla o cómo la veían, cómo se acercaban. Yo creo que eso fue un abono
que yo recibí del ambiente.
Otra
cosa que también sucedió, es que como mi madre estaba en ese universo creativo,
en las colas inmensas del tráfico de Caracas, de la casa al colegio o del
colegio a la casa mi madre nos hacía crear historias. Entonces habían como tres
técnicas: una de ellas era elegir tres personas por el camino arbitrariamente,
y tú imaginabas qué iba a hacer esa persona o qué venía de hacer. Esa era una
manera de incentivar en mí las historias. Y eso es lo que yo siempre he querido
hacer como actriz, contar historias en primera persona. Mi principal abono tuvo
que ver con mi madre y con la observación.
También
empecé a formarme con el grupo de teatro del colegio. Yo me lo tomé con la
intensidad y el rigor como si yo estuviera en el Actors Studio.
Sí exacto, y Lee Strasberg salió del Actors
Studio.
En tu trabajo profesional, ¿cuáles son
tu pico y tu pala?
La
palabra y el silencio. Luego lo gestual. Yo soy muy histriónica. A veces tengo
la sensación (por ventaja o desgracia) de que no tengo filtro. Es como si
estuviese en carne viva. Es tremendo porque los estímulos también los siento
así de inmediato en el cuerpo. Lo cual me favorece mucho como actriz y como
artista en general y por otro lado, me genera padecimiento.
Cuando
digo palabra y silencio, no sólo hablo de la palabra hablada y del silencio que
se genera cuando hay ese vacío, sino, del silencio en el papel. Cómo colocas la
palabra en el papel y el vértigo que produce ese papel.
Frutos y flores que has recogido con tu
trabajo profesional…
Hubo
un montaje que me tocó muchísimo y que trajo muchas recompensas: visibles y
tangibles. Cuando me dirigió Javier
Vidal en Amor que mata en la Compañía Nacional de Teatro (Venezuela)
fue un momento extraordinario porque además había una gente en el escenario muy
potente. Estaba Rafael Briceño, hacía la música Aquiles Báez, dirigía la
compañía Isaac Chocrón. Fue como una confluencia de gente impresionante. Eso
produjo que me dieran premios (Actriz revelación del año de la Casa del Artista
y del Marco Antonio Ettedgui). Ese montaje fue hermoso porque además yo podía
cantar allí y esa es otra herramienta que disfruto mucho.
Quizás otro de los proyectos que más satisfacciones me ha dado, fue Señor Pablo, dirigido por Santiago
Sánchez. Tú lo viste… Anita tenía dos parlamentos en la obra y sin
embargo, para mí fue un universo impresionante. Yo inventé que ella tenía una
cajita de tesoros y cada tesoro tenía algo que contar. Era un personaje con
parálisis cerebral y retraso profundo. Yo estuve un tiempo yendo a AVEPANE (Asociación Venezolana de Padres y Amigos
de Niños Excepcionales) a observar y me produjo una conmoción
tremenda ver cómo aquella gente que estaba pintando consideraba una victoria
absoluta llevar el pincel, mojarlo en el pigmento y conseguir plasmar una raya
en el lienzo. Era la vida. Era un momento de fascinación absoluta. Eso me
enseñó mucho de la vida porque celebramos tan poco tantas cosas enormes que
tenemos a diario, y ellos celebran lo que para nosotros puede ser nimio. Ese
personaje tuvo una gran vida interior, yo aún me conmuevo de pensarlo. El
trabajo corporal fue tan bestia que yo todavía puedo reproducirlo. Ella estaba
toda contrahecha. ¿Lo recuerdas?
Sí, yo fui a ver la obra y sabía que tu actuabas. Estaba en el programa. Pero la obra avanzaba y no te veía en
escena, y Anita ya tenía mucho tiempo dando vueltas por ahí… y yo pensaba:
“Isabela no está”. Hasta el final cuando te vi en el saludo. Llegué a pensar
que Anita era una niña que habían incorporado al montaje...
Pasó
de todo con Anita, en uno de los pases fue una chica que se dedicaba a la
educación especial, y estuvo a punto de levantarse de la silla enfurecida
porque pensó que le estaban sacando provecho económico y hasta el final no supo
que era una actriz.
¿Qué cultivas con tu trabajo?
Siento
que cultivo la imaginación. La mía y la del otro. Y creo que es vital en la
cultura actual, del ser humano urbanita que está absolutamente dependiente y
pendiente de pantallas, donde todo te lo dan digerido. Tal vez por eso me he
enamorado de un modo sin retorno de los cuentos orales… porque los cuentos me ofrecen algo que el teatro no me
ofrecía, que tiene que ver con que entre todos creamos un imaginario y donde yo
puedo contactar directamente con el público sin que aparezca la cuarta pared.
¿Qué valores siembras?
La
empatía, la solidaridad. Para mí el humor es un valor también. Un humor
respetuoso.
Si tu trabajo estuviese vinculado a la
tierra, ¿Qué tendrías? Un huerto, un jardín…
Yo
sería alfarera, yo necesito la tierra para crear. Yo con la tierra haría macetas.
Frutos que recoges con tu trabajo
Risas
y sonrisas. A veces lágrimas. Recojo algo que es intangible y que es un aire
que tejemos entre todos. Cuando acabo una sesión y la gente se mira de
otra manera y se abraza es que hemos hecho algo entre todos. El cuento no
sucedería si el otro no está allí para respirarlo.
*Hostinar: modismo venezolano que quiere decir fastidiar, disgustar. También puede encontrarse como "ostinar" Las ilustraciones de este artículo son de la autoría de Isabela Méndez. Otras webs de Isabela Méndez: Del vientre de un tintero Chamanicabcn
“En el mundo estamos para
hacer lo que nos gusta y para vivirlo bien.
Luchar por lo que quieres y conseguirlo”
Adrián Schvarzstein
Adrián Schvarzstein es actor
y director de teatro de calle, circo y ópera. Los que hemos compartido parte
de su trayectoria artística sabemos que es imparable, incansable y constante.
Cuando le escribo no le pregunto
cómo está, sino, dónde. Su respuesta es siempre diferente. Hoy en su cincuenta
aniversario mientras algunos leéis esta entrevista, él, como no, está subido en
un avión rumbo al continente que lo vio nacer.
¡Felicidades Adrián! ¡Salud
y vida!
¿De
dónde viene la semilla de hacer teatro en ti?
Yo tengo una imagen: De
niño en Italia, voy a un centro lúdico para niños que hacen actividades donde te vistes, haces personajes, te conviertes en otro. Y mí me encanta este lugar.
Me queda el trauma de que mis padres no tenían dinero para pagarme ese centro
lúdico, por lo tanto, no pude participar. Yo tengo esa imagen muy metida, aún
ahora, son de esas cosas que te quedan. Y dije: “Algún día tendré que hacer eso”.
Después hay otra cosa: en el
teatro trabajas sobre la observación de los otros. Nosotros siempre hemos sido
una minoría. Quiero decir: emigrantes argentinos que llegan a Italia; judíos que
llegan a una sociedad totalmente católica... Mis amigos y yo jugábamos fútbol en
el patio del seminario y luego tocaba catequesis para prepararse y hacer la
comunión. Yo entraba con ellos. Entonces, venía el cura y me decía: “No, tu sal.
Esto es sólo para los cristianos”. Y yo no entendía porque era un niño que quería
estar con sus amigos… Allí te vas dando cuenta. Yo le llamo marginación
positiva porque nunca lo he sufrido. Eso te crea una necesidad y el teatro puede
ser una muy buena solución.
¿Dónde
germinó esa semilla?
Luego, en Barcelona. En la
Escuela Italiana de Barcelona llega un profesor sustituto: Josep Cervelló. Una persona
innovadora, joven, y decide hacer teatro.
Yo era muy rebelde, yo era
muy tremendo en la escuela. Tenía problemas de disciplina. No porque era un
gamberro. Simplemente, mi gamberrismo venía de no aceptar las reglas que yo
veía absurdas: “¿Por qué no puedo tomar un té durante una clase? ¿En qué
molesta?” Entonces yo sacaba mi termo y tomaba té. A éste hombre eso le
gustaba. Todos me castigaban y éste no.
Cuando propone hacer teatro,
a mí me pareció fabuloso. Pasó que uno de los que tenía un papel se enfermó y
me dijo: “¿Por qué no lo haces tú?” Tuve que improvisar el papel, porque yo más
o menos me lo sabía. Tengo una imagen: Eran Los reyes malditos de Maurice Druon, y había una escena en la que
el rey le decía a uno de sus ministros, que era yo: “Por favor, siéntese” Y no
había silla. Se habían olvidado de poner las sillas, y me acuerdo que mi
reacción fue: “No hay silla”, pasó de ser una escena dramática a cómica. Eso me encantó, me encantó eso de la
improvisación. Hay que incorporar el accidente, eso para mí ahora es básico.
Ésta digamos fue la segunda
etapa. La tercera etapa es el momento en el que yo estudio en Israel
arqueología. Busco un trabajo y me
ofrecen ir a trabajar en un teatro, de lo que se llama: “factótum”, que era: descargar
el camión, montar escenografía, pintar el teatro, cablear luces… y allí aprendo
lo que es el oficio. Todo lo que hay detrás.
Un día me doy cuenta que
esto me gusta más que lo que estoy haciendo, que era estudiar arqueología, y me
pongo a estudiar teatro en la universidad, haciendo carrera simultánea con
arqueología. Todo se interrumpe con mi famosa operación (cirugía de una válvula
cardíaca). Después, decido: No. Ahora que he vuelto a revivir, ahora que sé lo
frágiles que somos, voy hacer lo que más me gusta. En el mundo estamos para
hacer lo que nos gusta y para vivirlo bien. Luchar por lo que quieres y conseguirlo.
¿Cuáles
son los abonos que usas para que la planta, del teatro, siga creciendo?
Hay una cosa fundamental:
arriesgar y experimentar. En el momento en que tú dejas de experimentar, la
planta deja de crecer. Hacer locuras: cuando digo locuras me refiero a
proyectos imposibles. Y luego, hacer algo contemporáneo, que es lo transversal,
mezclar. La mezcla de todas las artes para poder jugar. Creo que el éxito que
estamos teniendo, por ejemplo, con Música
Fugit, es una abertura innovadora dentro de la música antigua. Lo mismo en
el circo, cuando hicimos CircusKlezmer, no se hacía circo teatral en
España y ahora Cataluña exporta circo teatral a todos lados. Teatros que antes
ni se imaginaban que iban a programar circo se abrieron a programarlo. Se abren
puertas. Si otros miran esa planta, las semillas se esparcen.
Escenas de Circus Klezmer
¿Cómo
haces para abrir esas puertas?
Hay un argumento que
funciona mucho, por ejemplo, en la ópera: estuvimos en agosto en el Oude Musiek Festival en Utrecht, es el
festival más grande del mundo en música antigua, significa desde medieval hasta
1750… Final del barroco, hasta Motzar. Trescientos
conciertos hacen, todos los más grandes: Jordi Savall, Jaroussky, Christina
Pluhar… Cuando tú presentas un proyecto a este festival ya hay una pequeña
puerta que se abre. Cuando tu le dices cuál es el público que tienen… Entonces
argumentas: ése dinero público con el que se hace este tipo de festival, tiene
que volver al público que lo sostiene. Cuando les hablas de abrir a otros
públicos, usar espacios no convencionales, lo que les da es miedo. Después… lo
que ha pasado ahora, es que el director de este festival terminó llorando y
abrazándonos y diciendo: “Yo tenía mucho miedo de este proyecto, pero ahora veo
que es necesario”. Espero que el año que viene y el año después y el año más tarde se sigan haciendo proyectos con música antigua para todo tipo de público. Allí es cuando la
puerta se abre.
Hay una cosa muy divertida: desde el punto de vista físico yo soy muy bueno abriendo puertas. El otro día estabamos en la puerta de un teatro, estaba cerrada, la persona que tenía la llave no venía, teníamos que entrar para cambiarnos. Yo agarré una escalera, me subí al primer piso, abrí una ventana, entré y abrí la puerta. Cuando encontramos
una puerta cerrada hay que buscar la forma de abrirla.
Poder abrir puertas sabiendo que vas a tener éxito. Sino, las puertas se pueden cerrar también. Para eso cuando trabajas hay que pensar
en el público, no en qué va a querer el público, sino, qué vas a provocar en
él. Aquí entran todos esos elementos que funcionan: el ritmo, la estética... la historia. ¿Qué le vamos a contar? Y allí hay que hacer hincapié en dramaturgia. Algo
que empezó contigo. Yo lo tenía intuido con mi experiencia en Ronaldo; pero
Irma, famosa escena en el proceso creativo del Klezmer donde me dices: “No
hagas de Hitler” / “Pero se van a reír” / “Sí, pero ¿qué se van a llevar a
casa?” La imagen de Hitler, no la
del shtetl, la vida, la boda, la locura, la libertad. Eso es lo más
importante: el mensaje. Dramaturgia. Gracias.
¿Cuáles
son las herramientas básicas que usas en tu trabajo creativo?
Trabajo con la gente que me
gusta. El equipo que trabaje contigo es el encargado de hacer crecer la planta.
Esto es mucho más importante que las capacidades técnicas. A veces dices: “para
hacer crecer esta planta vamos a traer el mejor cantante” Y yo digo, okey. Pero el cantante se adapta, o si
no, puede ser un cáncer. El ejemplo, en el proyecto de Oude Musiek en Utrecht, al director musical se le ocurrió llamar a
Emma Kirkby, ella es como llamar a John Lennon de la música antigua. Le dije:
“Sí, pero ensayos como todo el mundo y no va a cobrar más que los demás”. Ella
respondió a las condiciones y es… impresionante. Ha sido impresionante trabajar
con ella.
¿Cuáles
son los frutos más importantes de tu trabajo?
Hay tres proyectos
fundamentales: Circo Ronaldo, porque
fue una gran oportunidad. Luego el Circus Klezmer, con todo lo que
conlleva: Irma en dramaturgia, Miri en escenografía, Marcel… amigos. Y después:
The Greenman porque es esa aventura loca
que empezó a tomar sentido y que después de veintidós años lo sigo haciendo con
la misma emoción, también con el mismo miedo. No sabes qué va pasar, y eso me
encanta porque me mantiene muy alerta. Y aparte me ha llevado a lugares
impresionantes. Nunca me hubiese imaginado que este tipo de personaje, este
tipo de locura, este tipo de anarquía me llevara a ganar un premio: Anarco-clown, en Alemania. O que me
llevara a Kuwait. Sociedades muy conservadoras. Yo he estado ahora y puedo decir: “Sí,
la gente es igual en todos lados”.
The Greenman
¿Con
qué árbol te identificas?
Con la quercia, en italiano; roble en español. Me gusta muchísimo este
árbol, las raíces, la fuerza. Es un árbol que me imagino que un huracán que no
se lleva. En mi jardín, yo pondría éste en el centro, además da una sombra muy
bonita, tiene esa fuerza. Y crece poco a poco.
¿Qué
valores siembras?
Me encanta la idea de la
apertura, de la libertad, de la tolerancia.
¿Frutos
que recoges?
Amistad. Yo vivo en la calle
Amistat. La parte más enriquecedora de nuestra profesión es la parte humana.
En algún aeropuerto en los tiempos de Dans ¡Gracias Adrián!
Cuando
Alekos se fue a vivir a Esparraguerale
pregunté:
“¿Qué echas de menos de Barcelona?”
Y
me respondió:
“Las basuras, brujita. Allí
uno encuentra tesoritos.”
Alekos, es de todo un poco: le pone color a las palabras, canta dibujos, escribe fotografías y narra sus andanzas por éste mundo y tantos otros.
Alekos es mi amigo desde hace muchos años. Desde que vi un cartel suyo en Venezuela y me quedé enamorada de sus dibujos. Unos diez años después lo conocí en persona, me dijeron: “Éste es Alekos”. Y yo dije: “¡Claro! Alekos”. Él me sonrió y nos reconocimos pa’ siempre.
Lo que más me gusta de
Alekos es que sobre todas las cosas que es y de las que trabaja, para mi él es un
auténtico poeta.
Alekos, después de vivir una quincena de años por este lado del mundo, volvió a Colombia. Antes de irse me regaló ésta entrevista, qué suerte tengo y qué suerte tienen
los colombianos de volver a tenerlo cultivando poesía por aquellas tierras tan
fértiles.
¿De
dónde viene la semilla de esa capacidad que tienes para ser músico, para ser
actor, para ser narrador, para ser ilustrador…?
Esa es una cosa muy difícil
de definir, pero, en estos días hablaba con alguien y cada uno decía: “la
época mejor de mi vida… tal… tal”…Yo creo que la época mejor de mi vida es ésta,
pero, esa base, esa semilla está en mi infancia. El haber nacido en una casa
con animales hecha por mi padre, de carpintería. Una casa campesina a las
afueras de Bogotá. Pasar bien esa época con una creatividad popular agregada, yo
creo que fue la base de todo porque la adolescencia me tocó muy peleada.
Me tocó pelear contra los
curas, que me cortaban el pelo, me quitaban las cosas… Eso también te forja,
pero allí no hay mucho espacio de creatividad. Aunque allí me encontré, por ejemplo,
el primer elemento: la pintura.
Lo que a mí me pasa es que
yo cojo algo, me gusta y se me queda conmigo. Hay gente que hace algo, lo hace
y luego lo olvida. A mí se me queda, lo primero que cogí fue el dibujo, la
pintura… Mi padre me ayudaba porque era calígrafo y medio pintor.
Entonces, resumiendo: la
infancia como un periodo de latencia allí, de algo que se prepara. Lo que allí
se prepara se queda. El bachillerato como de lucha… y luego en los años 80 se
me empezaron a cruzar las artes. Estaba ya metido en la pintura, el diseño,
pero se metió la música por allí, se me metió el teatro, los cuentos, se fueron
conjugando y ahí ya no hubo salvación.
¿Tu
padre también hacía muchas cosas?
Mi padre era un siete
oficios. Era carpintero. Trabajaba en una empresa litográfica, era traductor de
inglés y francés...aprendió leyendo pocketbook
en los autobuses…
¿Cómo
germinó la semilla?
El hecho de salir de un
colegio de curas y entrar a una universidad pública: ARTES. Un cambio tan
bestia, tan extraño, porque además yo estaba metido en política en esa época,
pero eso fue una diáspora.
Por ponerte un ejemplo chiquitico:
yo entré a estudiar primero sociología porque quería cambiar el mundo. Mi padre
me dijo: “usted estudie lo que quiera, pero yo creo que usted es artista”. Al
año me cambié, entré a artes, el diseño no me gustaba mucho, me gustaba
más el ambiente de los pintores, entonces tenía una amiga pintora y le dije:
“déjeme entrar y estudiar un poquito”. Me metí allí a fondo con los pintores,
terminé estudiando pintura mural, pintura de caballete grabado… y todo eso va
agregando, yo fui agregando, agregando, por ahí me metí con la música, me metí
con el folklore, trabajé con un viejo floklorologomaravilloso de Colombia que me llevó por los
pueblitos. Toda esa cultura popular también es un tesoro. Todo eso yo lo fui
acumulando adentro. Todo eso fue saliendo, con el tiempo.
Cuando yo me siento mejor es
ahora que puedo conjugar todo eso, que me encuentro con ese tejido, más lo que
viene ahora con la cosa digital… es un agregado que cojo por las uñas…
Otra cosa es que me gusta
trabajar con gente, con amigos, soy muy dúctil en eso. Sentir no competir con
el compañero sino hacer moñona, hacer piña, que dicen aquí… Entonces, esas
cosas también te enseñan mucho en la vida… Contigo hemos trabajado… por lo
menos un momento de la vida y todo eso se agrega…
"...y aguamarina para inundar de esperanza este bosque desolado"
(Fragmento de una de mis poesías ilustrada por ALEKOS)