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domingo, 5 de enero de 2020

Globos y bombas

En la víspera de la llegada de los Reyes Magos, os regalo un cuento para ilustrar eso que tantas familias venezolanas vivimos.
Irma Borges 


            Cada mes mi mamá y yo armamos la caja para enviar a mis primas que viven en Venezuela.  Esa palabra está llena de misterios. Venezuela. Sé que fui una vez, por las fotos que hay en mi álbum. Yo tenía un año y cinco meses.

            Ya han pasado cinco años, y como tengo memoria de elefante, cuando estoy tranquilo, en mi cabeza aparecen imágenes de cuando estuve allí: en el patio de la casa de mis abuelos había árboles y flores. Recuerdo las matas de mi abuela, sobretodo la que ella llama “monedita”. Ella me dejaba desgranar sus hojas entre mis manitas. Hace poco compramos una igual para nuestra casa. Cuando la toqué me vino el recuerdo y le dije a mi mamá:

            — ¡Esta la tiene la abuela Yola en su casa!—mi mamá me abrazó y se puso a llorar.

          También recuerdo a mi abuelo Emiliano diciéndome: “Come lentejas, come lentejas”.  Él se murió. Mi mamá lloró mucho. Llora mucho.

            Quiero ir a Venezuela, subirme en el árbol de mango del patio de mi abuela, recoger piedras y palos para hacer armas de primitivos y cabañas. Quiero jugar con mis primas. Todos los años las invito a mi fiesta de cumpleaños, pero no pueden venir. Entonces, después, cuando hacemos la caja, metemos dentro una bolsita para cada una con caramelos, jugueticos y globos.

            Este año he tenido una idea: quiero meter los globos inflados. Para mi cumpleaños compramos una bombona de helio, que es una substancia que hace que los globos vuelen, con lo que sobró, los podríamos inflar. Los globos saldrán volando cuando abran la caja. Mis primas se llevarán una sorpresa. ¡Una sorpresa bomba! porque ellas llaman a los globos: bombas.  

            Mi mamá me dice que eso no se puede hacer y comienza a meter todo dentro de la caja: jabones, cremas dentales, las camisetas que yo mismo elegí para mis primas en el centro comercial, bombones, las medicinas para la abuela y para el tío Oscar que tienen la tensión alta, desodorantes y los cotillones de mi cumpleaños. Me da rabia, yo me había imaginado una caja especial, llena de colores, que cuando mis primas la abrieran se pusieran bien contentas.

            —No se puede—repite mi madre.

            No se puede ir, no pueden venir, no me pueden enviar cartas ni dibujos, no caen las llamadas, no se puede esto, no se puede aquello. Estoy harto. Los globos desinflados no tienen gracia.

            Mi mamá me explica que no podemos mandar nada “inflado” que mejor dibujemos unos globos en la caja, que seguro nos quedará bien chévere, esa palabra le encanta. A mí también. Como estoy enfadado le digo que no. Me voy a mi habitación y me pongo a pensar.

            Yo quisiera ir a Venezuela en globo aerostático y llevar yo mismo la caja. Eso sí sería “la bomba”.  A veces cuando me pongo a imaginar me vienen ideas geniales.

            Vuelvo al salón y levanto la caja con todo el peso, la llevo a mi habitación y mi mamá empieza a perder la paciencia:

            —Alex, ¿qué haces?
            Como siempre cuando tengo una idea muy buena y no quiero que mi mamá la sepa, respondo:
            —Nada.
          
Ilustración de Nico para el cuento

            “Gota a gota se llena la… ¡Bomba!”. Desde la habitación grito:
            — ¡Mamá!

        Ella abre la puerta. Señalo hacia la ventana. Mi mamá abre los ojos y comienzan las lágrimas.

       —Mamá, no te preocupes, seguro llegará. ¡Las primas se pondrán tan contentas!

              Me abraza, nos sentamos en el suelo de mi habitación. Desde allí vemos alejarse la caja rodeada de globos y bombas de colores rumbo a Venezuela. 



Ese lugar donde queremos que llegue la caja rodeada de globos y bombas

sábado, 26 de enero de 2019

Venezuela, ríos de gente


“País mío, quisiera
llevarte
una flor sorprendente”

Rafael Cadenas


El viernes 25 de enero las primeras planas de los periódicos españoles mostraban, cada uno desde su pagador, la cara de Venezuela. Hartos del maniqueísmo político, leemos. También sus editoriales intentaban reflexionar sobre lo que pasa en Venezuela, pero esa otra realidad, la nuestra, les queda bastante lejos. 

Los políticos españoles buscan, una vez más, sacar provecho de la situación. La derecha, voraz, presiona en favor de la Asamblea Nacional, y la izquierda, que pena, sigue apoyando lo inaceptable.

Las redes sociales están facilitando que los discursos sean cada vez más vacíos y hasta ridículos. Los políticos se manifiestan por twitter y parece que en una pequeña pastillita quieren englobar toda la verdad de un país en crisis con una historia política compleja.

Se atreven a decir cosas como “A Trump y a sus aliados no les interesa la democracia y los derechos humanos en Venezuela, les interesa su petróleo...” Y yo me pregunto: ¿En qué cabeza cabe que no haya intereses políticos y económicos detrás de las palabras y las acciones de un ejecutivo como Donald Trump o cualquier otro que ocupe La Casa Blanca? O ¿Es que tú, Pablo Iglesias, no tienes o has tenido intereses en Venezuela?


Lentitud sagrada. Hemos dejado pasar los días desde un vasto olvido.
Nos anegó la indolencia. Entregamos las armas. El sitio duró poco.
Desheredados, el lugar se adueñó de nuestra historia.
La volvió espera.



Leo y las preguntas más simples se responden solas. Un guión, en el que sólo sorprende la actuación de la Asamblea Nacional y la del pueblo venezolano, quienes después de tantos meses de silencio, vuelven a salir a la calle con las pilas cargadas de asertividad.

El miércoles 23 de enero, mi sobrino me escribía emocionado: “Tía, por donde vayas son ríos de gente”. Ríos de gente, que hermoso.  Algo fluye en Venezuela.  Mi gran amiga que ha sufrido todos los improperios de este gobierno y más, me dice aún con una sonrisa enmarcada en una foto: “Todo ha sido pacífico amiga”. Y está feliz, porque esos ríos de gente buscan la paz.


La claridad rodea muestro letargo. 
Una calma nos encuentra. 
Las mareas tocan nuestras puertas
 para despertarnos.


Yo me pregunto: ¿Cómo se atreve a declarar el responsable de una confrontación bélica con Ucrania que teme “un baño de sangre” en Venezuela? ¿Un baño de sangre? ¿Sabe Putin los índices de homicidios que hay en la capital de Venezuela? ¿Sabe ese político que los venezolanos que salen a la calle no tiene nada que perder? Sabe que ya lo perdieron todo. Sí, claro que lo sabe. Claro que conoce de primera mano la realidad venezolana, pero nadie lo ha interpelado para preguntarle: ¿Qué interés tiene Rusia sobre Venezuela? 

La prudencia de Europa también entra en el juego. La disyuntiva de quién convoca elecciones añade un matiz a la paleta de colores que sólo crea confusión. ¿Es que la Unión Europea cree que los venezolanos confiamos en un Consejo Nacional Electoral presidido por el oficialismo? Es el momento de ser contundente, y si realmente se está trabajando para el beneficio de los venezolanos, darle el poder al Presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, es la clave. ¿O es que los venezolanos hemos podido ejercer el derecho universal al sufragio dignamente el 20 de mayo del 2018? La respuesta es brevísima. NO.

No hay lugar para más reflexión. Es el momento de actuar. Pero, no esperemos que sea Guaidó ese líder iluminado que nos lleve a todos por el sendero hasta la salida. Somos nosotros quienes conocemos el camino. No olvidemos que la memoria del político es dúctil. Hay que recordarles para quién actúan y lo que queremos.  ¿Acaso conoce el político el sentimiento de pérdida que tenemos los venezolanos?


Juntos somos anteriores a nosotros.

Para que nuestros ojos sean claros hay exilios.


Queremos recuperar la República de Venezuela, respetar y conmemorar el pensamiento de Bolívar, sí, pero no manosear su legado. Yo tengo un deseo, que sonará risible en este momento, pero yo quiero otra vez ser venezolana de la República de Venezuela, y olvidar ese “Bolivariana” como una fe de errata en un capítulo de un libro que no quiero volver a leer. Porque los venezolanos  no queremos más adoctrinamiento, no queremos que en los comunicados del consulado nos saluden “camarada”; queremos recuperar nuestro espacio territorial y también la posibilidad de ir a nuestro país cuando queramos. Sin miedo.

Cada uno de los venezolanos tiene un deseo, un íntimo deseo que se manifiesta en esta posibilidad de cambio. Unos querrán seguir bebiendo de una comodidad antes desconocida. La gran mayoría tendrá otros deseos, tal vez unos volver a casa, o que nuestros familiares tengan acceso a las medicinas que necesitan, derecho a un trabajo sin tener el carnet de un partido, derecho a los artículos de primera necesidad sin un carnet de un partido, derecho a la gasolina sin tener carnet de un partido, derecho al voto sin tener carnet de un partido... Otros, simplemente quieren comer.



Resulta que esos ríos de gente no vamos hacia un baño de sangre, esos ríos de gente vamos hacia un cambio y tenemos una oportunidad que no vamos a dejar pasar. En criollo: no vamos a pelar ese boche.

Se acabó el carnaval y aunque los políticos no se quitarán las máscaras, nosotros, los ciudadanos de a pie, sí. ¿Guerra fría, guerra civil? La hipocresía y la ironía pasa de ser maquiavélica a macabra, porque la verdad es que a nadie de los que está en el poder mostrará los intereses reales que tiene sobre ese riquísimo espacio territorial llamado Venezuela. Nosotros sí.


Dentro de toda esta incertidumbre, hay que aferrarse a las certezas. Mi mayor temor es que no pase nada. Mi mayor deseo que Venezuela recupere su dignidad. Ya sé que nunca volveré al país que dejé, pero quiero pensar que habrá un proceso de reconstrucción donde todos podremos participar para sacarle una sonrisa de resiliencia a un lugar que puede volver a florecer. Quiero pensar que aprenderemos, que dentro de cuarenta años no se repetirá  la historia.

La clave no está en la ONU, no está en EE.UU, no está en Cuba, ni en Rusia, ni en China. Está en cada uno de los venezolanos que queremos el cambio. Como decía mi padre: “el mejor candidato eres tú”.

¡Cuánto hemos andado!
Nuestros sentidos se enriquecieron con extrañas donaciones.
Allí la tierra nos permitía ser. 
Nuestra memoria, antes adueñada, dejó de escoltarnos.


*Fragmentos de poemas de Rafael Cadenas de los textos Una isla, escritos a su regreso de Trinidad en 1958 donde estuvo exiliado por la dictadura de Perez Jiménez. 

*Fotos de Andrea Figueira

viernes, 14 de diciembre de 2018

Sótanos que se resisten al silencio: El Chichón cumple 40 años*



Para Alejandra Gugliotta, Adimar Charles, María Fernanda Romero, Rubén Martínez Santana y todos los ex-chichones y chichones que pusieron su “granito de arena” para celebrar los 40 años de nuestro grupo.

A Dewis, GRACIAS, por seguir...




Cuando empecé a estudiar Artes en la Universidad Central de Venezuela, vi unos carteles pegados en los pasillos, donde se anunciaba que se abrían audiciones, para participar en el Teatro Universitario para Niños El Chichón. Decidí hacer la audición con un texto de El Día que me Quieras de José Ignacio Cabrujas. Fue tan bonito, aún recuerdo parte del monólogo de Elvira: “¿Vieron las banderas? Dios mío uno podría morirse viendo las banderas. Él no….” Qué curioso, justamente una obra cuyos personajes se debaten entre una dictadura y el sueño socialista… ¡Qué grande Cabrujas! Pero este no es el tema… el tema es El Chichón.

Sin duda, mi paso por la UCV no hubiese sido tan entrañable de no haber pasado esa audición; de no haber participado activamente en El Chichón, de no haber respirado el ambiente de aquel sótano del Aula Magna donde ensayábamos, rebuscábamos entre vestuarios y escenografías, archivábamos documentos y obras de teatro, escribíamos la revista El Chichón de Papel, preparábamos gacetillas de prensa… Porque El Chichón era (ojalá sea aún) más que un grupo de teatro. Era un espacio que te hacía participar en todos los procesos de creación de una obra teatral, y aunque era y es “amateur” la verdad es que quienes nos implicábamos, pasábamos allí más horas que las que dedicábamos a nuestras carreras universitarias.

Este año, El Chichón cumplió 40 años, y yo desde ésta distancia siento una tremenda deuda por todo lo que recibí. 

Justo en la época de navidad, preparábamos cuentos para La Patinata, actividades para La Carta al Niño Jesús que escribían los niños y niñas en la Plaza del Rectorado... Y en los ratos de ocio con mis compañeros, imitábamos los anuncios de los canales de televisión; hacíamos el divertido "amigo secreto" y las bromas típicas entre magallaneros y aficionados a Los Leones del Caracas, equipos de béisbol venezolano. Hasta nos quedábamos a dormir en el local, para ser los primeros en tomar chocolate caliente en la mañana, el día de la tradicional Patinata. Era una época de bonanza, de celebración, de dar.


Chao, Sr. Miedo (1996, obra con la que gané el Premio mejor actriz del TIN)


Cuando Dewis Durán, actor y director en El Chichón, me escribió para pedirme un vídeo en conmemoración a los 40 años del grupo, fue una alegría.  Los recuerdos llegaron a borbotones y el entusiasmo de aquella época regresó intacto.

Recordé aquella rampa por la que bajé deslizándome incontables veces al sótano del Aula Magna para ensayar; el olor a humedad, que al principio costaba de respirar y luego se hacía tan familiar. Recordé los pasillos donde pintamos los logos de los grupos artísticos que dependen de la Dirección de Cultura de la UCV, las puertas de nuestros vecinos: Cantalicio, La Trapatiesta, Pisorrojo, Teatro Universitario. Recordé los viajes a otros lugares de Venezuela en los incómodos autobuses estudiantiles, y los viajes fuera del país para participar en festivales. Los Premios TIN...

Recordé personas: amigos, dramaturgos, directores, coreógrafos, vestuaristas, utileros,  escenógrafos, músicos, actores y actrices con quienes compartí un tiempo de mucha calidad. Recordé los estrenos en el Auditorio, el olor a madera, los asientos, las nubes de Calder; las noches de ensayo general hasta las tantas y el misterio del desaparecido Orfeón que se escuchaba después de las doce de la noche tocando en el Aula Magna.

Recordé una época en la que hice acopio de experiencias que me han servido durante toda mi carrera. Para mí, la estancia en El Chichón, fue la semilla que hizo crecer un frondoso árbol creativo que me da sombra, frutos y flores cuando lo necesito.


Cajita de Arrayanes (1988) 


Por eso, GRACIAS CHICHÓN. Gracias Armando Carías, Morelba Domínguez, Juanacho y a todos los que iniciaron esa aventura, por haber plantado la semilla de ese árbol que nos acobijó a tantos estudiantes de la UCV. Gracias por darnos la posibilidad de ser reproductores de esa semilla en otros lugares del mundo. 

El Chichón fue mi casa durante más de cinco años, celebro que esa casa siga existiendo pese a los vendavales políticos que atraviesa nuestro país. Celebro que haya personas que aún se deslicen por la rampa que baja hasta los sótanos del Aula Magna para ensayar y seguir creando, aún en la más absoluta austeridad, teatro para niños y niñas de calidad. Celebro que haya jóvenes en Venezuela que permita que El Chichón siga golpeando ¡Duro y a la cabeza!




Este vídeo lo hicimos Rubén Martínez Santana y yo con mucho cariño para El Chichón en sus 40 años


*Había publicado este artículo sin título porque no me venía nada poético que valiera la pena, hasta que recibí un mail de Dewis Durán agradeciendo el texto con una frase bella: "...me hiciste recordar tantos buenos momentos pasados en esos sótanos ahora no tan bulliciosos pero que se resisten al silencio." Es de Dewis pues, este título. Quedan abiertos los comentarios para quien quiera seguir recordando y alimentando este escrito. 

martes, 1 de mayo de 2018

Había una única vez, Cuentos bajo la Sombra


En sábado pasado fui a La Casa de los Cuentos en Barcelona a ver una actuación única, especial. Allí se encontraron, después de 31 años Gilda Beraha, Cheo Carvajal y Rubén Martínez, integrantes del mítico grupo de narradores Cuentos bajo la Sombra. 

En la década de los años 80, cada martes, sin falta, estos tres juglares se juntaban en Tierra de Nadie, lugar que todos los ucevistas conocemos de sobra. Contar, recitar y cantar era su quehacer; bajo la sombra de un hermoso árbol daban refugio y abrigo a la palabra. 

Cuando yo entré a la universidad ya ellos no estaban, pero su recuerdo perduraba entre anécdotas y ficciones de muchas personas. Era como si el aliento de sus cuentos, tantas veces narrados, se había quedado allí en la memoria de aquel espacio para siempre. Ahora ellos, también, eran un cuento.

Han pasado más de treinta años desde que el grupo abrió un espacio para la palabra en la Universidad Central de Venezuela, creando, tal vez inconscientemente, un espacio cultural que quedaría de forma tácita allí para los nuevos estudiantes, quienes añorábamos haber vivido aquella época.

El sábado, lo conseguí, porque las circunstancias lo permitieron, porque la solidaridad lo hizo posible. Ellos, volvieron. Hicieron una única actuación cuya taquilla fue destinada a la Asociación Ven Da Tu Mano, quienes, entre otras labores, suministran medicamentos a pacientes en Venezuela.


No estaban bajo un frondoso árbol, no estaban en Venezuela, no estaban en la UCV, pero si consiguieron crear una Tierra de Nadie.

Ese día, que yo estaba vacía de tanta nostalgia, que necesitaba con urgencia de mi palabra, esa que se pronuncia sin zeta y sin c; llegué  hasta allí con el corazón abierto, dispuesta a dejarme querer por mi acento y, a por fin, escuchar aquellos cuentos.

Escuché atenta, escuché precisa, escuché sin prisa. El regalo de cada narración iluminaba los rostros de nativos y extranjeros, porque esta vez, y solo por aquel breve espacio de tiempo, eran otros los que venían de fuera, los que no entendían referencias o el lenguaje coloquial.



Sentirme en mi tierra, en aquella Tierra de Nadie; eso consiguieron estos tres narradores con su tono y su estilo. Con sus canciones, su ritmo, su andar, su son, su voz.  

Para muchos de los presentes, Cuentos bajo la Sombra fue sentirnos en esa Venezuela que perdimos, en esa Venezuela que sólo podemos recuperar por instantes, en esa Venezuela que añoramos todos, los de fuera y los de dentro, los que estamos arriba o abajo, los que desperdigados por el mundo nos aferramos a la palabra para volver.

Gracias Rubén, gracias Cheo, gracias Gilda, por lo que crearon ayer bajo ese árbol y por los que aún sigue dando sombra, y a su vez, calor a tantos. Gracias, pues, por hacerme sentir que yo soy la de siempre.




lunes, 31 de julio de 2017

Venezuela, para la libertad

Hoy en su cumpleaños, a mi madre, quien sigue allí.

 
Ya es treinta y uno de julio, 2017. Ya pasó el domingo del fraude constituyente en Venezuela, mi país.

Ayer, sin dudas, multitudes de personas dejaron el aliento en las calles diciendo NO a este atropello orquestado por las mafias, no sólo venezolanas, sino, de quién sabe dónde.

Y yo, me hago preguntas, se me aparecen miles de fantasmas. Sin poder añorar a un héroe, porque no creo en ningún político, excepto en alguno ya asesinado.

Me hago preguntas y no logro descifrar el juego de poder que continua matando de hambre a toda una población. Pero tal vez, el puzzle no es tan complicado, cuando el gobierno Ruso pide acatar los resultados del fraude constitucional, mientras que países como Argentina, Colombia, Panamá, México, Perú, España y  EE.UU se lavan la cara (tal vez no todos) rechazando los resultados.

¿Es que la tercera guerra mundial tiene como escenario Venezuela?; ¿Es que Rusia ha encontrado otra Cuba pero dotada de invaluables recursos naturales?; ¿Es que los carteles de la droga tienen tanto poder a nivel mundial como para ignorar la necesidad de cambio de un país?  Me hago preguntas simples, que tal vez se hacen millones. Los que aún conservan la reflexión y la dignidad, que les han sido compradas a otros.

Casi veinte años en el poder no es poco para borrar la memoria de los débiles, de los ilusos, de los que viven en su cómoda ignorancia; y aquí voy a citar a un gran pensador, ahora trillado hasta el aburrimiento, pero cuyo pensamiento sigue vivo y nítido para quienes podemos comprenderlo:  


Sí, Simón Bolívar, el libertador, tantas veces torturado por estos déspotas que gobiernan hoy su nación.

No quiero ya decir los cuentos terroríficos que me llegan de la mano de personas más que conocidas: amigos, familiares. Gente de a pie, o como ellos llaman: "el pueblo”, que viven día tras días un chantaje esquizoide para mantener sus puestos de trabajo, su pensamiento, su coherencia o más simple, su alimento: “Si haces huelga te despedimos”; “Si sales a la calle te metemos preso”; “Si dices algo en las redes sociales te matamos”; “Si no vas a votar no tendrás bolsa de comida”.

¿Qué clase de líder lleva un país al abismo para suspender los poderes constitucionales, prácticamente hacer un autogolpe, matar a la gente de hambre durante meses y luego repartir bolsas de comida con productos que no hay en el mercado en las mismas sedes de votación?

Para quién aún no se lo crea, eso pasa en Venezuela, el país donde crecí, el país donde vive mi familia, el país donde hace veinticinco años un día como hoy me gradué de bachiller y leí el poema Caminante no hay camino de Antonio Machado, sin saber que ese camino que me tocaría seguir sería “lejos del hogar” como a tantos inmigrantes, y seguir, seguir haciendo camino cuando de nada te sirve rezar.  

Siguen mis preguntas, mientras la democracia venezolana está herida de muerte, pero sobretodo sigue creciendo mi fe en los que continúan, en los que avanzan. No en los gobiernos, ni en los que nacieron para cumplir órdenes, creo que en las personas que están allí dejando sus días en las calles, haciendo camino para la libertad.

La libertad que evocó uno de mis más queridos poetas: Miguel Hernández, quien falleció en la enfermería de una prisión alicantina donde estaba encarcelado por la nefasta dictadura franquista.

Hoy, necesito compartir con todos mis coterráneos un fragmento de su poema: El herido, porque viéndolo desde la distancia que nos permite la historia, no se trata de izquierdas o derechas, sino de bastardos y lúcidos, de opresores y oprimidos, de humanismo o crueldad.  

“Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.”

Miguel Hernández

Foto: Gabriela Borges
 

jueves, 27 de abril de 2017

Una tarde con campanas o el sonido de la inmigración venezolana


"No digas coche, se dice carro.
No digas sandía, se dice patilla.
No digas gafas, se dice lentes.
No digas polla, se dice güevo.
No digas cortado, se dice marrón.
No digas cacahuete, se dice maní.
Carajo, que no digas, no digas, que no hables así carajo.
 
(Mi padre los domingos. Tercera cerveza)"
 
Juan Carlos Méndez Guédez: Una tarde con campanas
 

Ahora que mi Venezuela está jodida y radiante, quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa. Ahora que como dice el magnífico humorista Emilio Lovera somos el primer país del mundo exportador de venezolanos. Ahora que el juego está “trancao” y toca contar los tantos a ver que quién gana la partida. Ahora que es primavera, momento de siembra, y que por este lado del mundo acaba de pasar el hermoso día de Sant Jordi donde nos regalamos flores y libros, quiero hacer una breve reseña sobre una novela que me fascinó y me conmovió por dos cosas a la vez: por ser de un autor contemporáneo con una narrativa diáfana, que narra aspectos imprescindibles para nosotros los latinoamericanos y por estar escrito por un venezolano inmigrante. 
 
Una tarde con campanas,  novela finalista del V Premio de Novela Fernando Quiñones en 2009,  nos narra las emociones de un niño, José Luis, quien sin decidirlo emigra a España desde Venezuela. El autor no habla de aventuras, ni de encuentros, sino de realidades  y penurias en las que se sobrevive al maltrato y la depresión porque se hacen cotidianos e inofensivos. 

 
A través de José Luis los que añoramos la infancia volvemos recuperados de una pesadilla amada. Respiramos, y aliviados encontramos en la distancia un oasis donde limpiar las heridas .

 
La fuerza narrativa  de Juan carlos Méndez Guédez entra por nuestra psique despertando el universo cultural dormido: esa Venezuela con sus palabras, sus sabores, sus costumbres, su rabia y su ternura.

 
Mientras leía Una tarde con campanas el entusiasmo se fue apoderando de mí, es una novela que seduce, como los rumores. Sus personajes están allí con sus múltiples voces explicándote lo que pasa en ese recoveco que es el nuevo hogar de José Luis. La historia de ese niño sin edad, sus narraciones, sus sueños, se parecen a los nuestros, a esas versiones fantaseadas que nos hacemos cuando buscamos el recuerdo de lo que perdimos.
 
El humor también está presente y es otro componente que conquista la lectura. Ríes, lloras, te asombras, convives con la crueldad y el amor en un mismo plano. Como si ese escenario que te ha tocado vivir (si sientes empatía con el protagonista) no puede separarse, es uno solo. Como si en una esquina se encontraran de frente la fortaleza y la fragilidad de la infancia.
 
Resultado de imagen de yo seré tres mil millones de niñosFotografía de niños de un barrio en Caracas de Jonas Bendiksen publicada en el libro Yo seré tres mil millones de niños

miércoles, 7 de diciembre de 2016

El porqué de que Venezuela no sea aún el país de las últimas cosas

En verano hice un viaje difícil y rápido a Venezuela, mi país de origen. Mi padre falleció con 87 años de amibiasis. Las amebas son unos parásitos que se aloja generalmente en los intestinos. Es una enfermedad bastante leve, pero en el caso de mi padre se complicó.
Comprobé por lo tardío del diagnóstico: dos semanas después de su muerte, que las clínicas en Venezuela podrían llegar a convertirse poco a poco en aquellas clínicas de eutanasia que describe Paul Auster en su libro El país de las últimas cosas. Descubrí una Venezuela que se está quedando sin recursos, entre otras cosas, porque los ladrones no solo roban dinero sino también la memoria de las personas. Tanto así, que les están haciendo dudar si alguna vez hubo algo allí.

El conuco de mi familia en el  Ávila
Mi padre,no sabía hacer otra cosa que trabajar. Era agricultor.  Él que siempre buscó la abundancia entendida como una mesa donde hubiera de todo para todos, sufría al llegar a su hogar sin unas chucherías para las bisnietas. 
Durante los novenarios, la gente se me acercaba y me explicaba cuentos sobre él, todos ellos podrían reunirse en una antología titulada: “el hombre más generoso de allí”. Pero eso será motivo de otros escritos. Esas anécdotas me gustaban, pero venían seguidas de quejas sobre la situación política del país, esto no me sorprendía porque yo era “carne fresca” para quienes necesitan a viva voz desahogar su malestar. Lo que me inquietó fue la frecuente pregunta de: “¿En España se consigue de todo?” Invariablemente respondí: “Sí, como aquí hace unos escasos años”, la contestación a mi respuesta era una mirada como la de Anna Blume, protagonista del libro de Auster: 
"Era como si algo les impidiera recordar"