Mostrando entradas con la etiqueta Circo contemporáneo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Circo contemporáneo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de julio de 2018

Le (doux) Supplice de la Planche ¿Para qué sirve un buen espectáculo?


Ayer mientras veía el espectáculo Le (doux) Supplice de la Planche recordé para qué sirve un buen espectáculo.

Cuando estudiaba Artes en la Universidad Central de Venezuela la pregunta: ¿Para qué sirve el arte? Era como un fantasma que nos acechaba a los incautos estudiantes a la salida del aula, en los pasillos, en la biblioteca. Supongo que los estudiantes de estadística (nuestros vecinos de edificio) ni siquiera asomaron la idea de reflexionar sobre su valor en el mundo, o tal vez sí. Nosotros, los estudiantes de artes, lo hacíamos constantemente. Hasta el cansancio.

Me harté de la pregunta, me harté de la reflexión y de la búsqueda de justificación. El arte es como un perseguidor, quien tiene la sensibilidad hacia la producción estética aunque intente huir no lo consigue; la necesidad y el hambre de creación, lo sigue, no es tan racional como parece.




Ayer, mientras veía ese espectáculo maravilloso Le (doux) Supplice de la Planche, estéticamente cuidado, sencillo, bien dirigido, con una excelente técnica. Ayer mientras veía los cuerpos de los tres actores arriesgando en escena, volando, traspasando límites, manteniendo sus caracteres; creando tensión y diversión. Entendí una vez más, que por más teoría que leamos, por más que justifiquemos, la verdad de para qué sirve el arte se siente cuando crees que no puedes con el mundo y de pronto un espectáculo te saca de tus pensamientos, te reanima y te devuelve una mirada más verdadera. Sirve cuando después de aquel tiempo de evasión tan saludable e indispensable, consigues sobrevivir a cualquier batalla por más que la des por perdida.

Hace poco una amiga me preguntaba cómo podía saber si un espectáculo era bueno o malo. Los que intentamos hacer crítica y los creadores nos valemos de parámetros, del conocimiento de algunas disciplinas, de la técnica y de la valoración de los procesos de producción del arte. Sin embargo, si un espectáculo consigue que un colectivo siga su propuesta con la mirada perdida en ese otro mundo que se sugiere, ya es mucho. Ha conseguido comunicar. Comunicar como lo ha hecho esta compañía francesa, hablar de encuentro, de desencuentro, de intimidad, de complicidad, de riesgo, de amistad, de rivalidad, de conexión, de fuerza y fragilidad,  todo esto sin decir una sola palabra. Saber si es un "buen espectáculo" va más allá del “me gustó” o “no me gustó” cuando un espectáculo es "bueno" no se discute, es como una emoción, no hay equívoco.




Volviendo al ejemplo de esta compañía francesa intentaré reflexionar sobre una posible respuesta para mi amiga: estás sentado en tu silla, incómoda y rodeada de personas que hablan, aún así consigues concentrarte, ves cómo tres artistas arriesgan, re-interpretan y modelan sus cuerpos en función de una técnica (circo) y el tuyo (tu cuerpo) se deja llevar y se olvida de la realidad que aprisiona su pensamiento, entonces dulcemente, aparece la catarsis como única contestación.

La catarsis es sutil como un pájaro que se posa en tu hombro. Se siente levemente y cuando bate sus alas se despliega emocionada.  Es ese tránsito entre una emoción y otra. Es un masaje para el alma.

¿Para qué sirve un buen espectáculo? Para sentir. ¿Cómo puedes saber si es bueno o malo? Si te ha cautivado, has viajado y has vuelto diferente, probablemente sea un buen espectáculo.

Gracias, Le (doux) Supplice de la Planche por conseguir una vez más que me emocione una puesta en escena.


martes, 31 de octubre de 2017

Adrián Schvarzstein: Frágil corazón de roble



“En el mundo estamos para hacer lo que nos gusta y para vivirlo bien. 
Luchar por lo que quieres y conseguirlo”


Adrián Schvarzstein



Adrián Schvarzstein es actor y director de teatro de calle, circo y ópera. Los que hemos compartido parte de su trayectoria artística sabemos que es imparable, incansable y constante.  

Cuando le escribo no le pregunto cómo está, sino, dónde. Su respuesta es siempre diferente. Hoy en su cincuenta aniversario mientras algunos leéis esta entrevista, él, como no, está subido en un avión rumbo al continente que lo vio nacer.


¡Felicidades Adrián! ¡Salud y vida!
 



¿De dónde viene la semilla de hacer teatro en ti?

Yo tengo una imagen: De niño en Italia, voy a un centro lúdico para niños que hacen actividades donde te vistes, haces personajes, te conviertes en otro. Y mí me encanta este lugar. Me queda el trauma de que mis padres no tenían dinero para pagarme ese centro lúdico, por lo tanto, no pude participar. Yo tengo esa imagen muy metida, aún ahora, son de esas cosas que te quedan. Y dije: “Algún día tendré que hacer eso”.

Después hay otra cosa: en el teatro trabajas sobre la observación de los otros. Nosotros siempre hemos sido una minoría. Quiero decir: emigrantes argentinos que llegan a Italia; judíos que llegan a una sociedad totalmente católica... Mis amigos y yo jugábamos fútbol en el patio del seminario y luego tocaba catequesis para prepararse y hacer la comunión. Yo entraba con ellos. Entonces, venía el cura y me decía: “No, tu sal. Esto es sólo para los cristianos”. Y yo no entendía porque era un niño que quería estar con sus amigos… Allí te vas dando cuenta. Yo le llamo marginación positiva porque nunca lo he sufrido. Eso te crea una necesidad y el teatro puede ser una muy buena solución.



¿Dónde germinó esa semilla?

Luego, en Barcelona. En la Escuela Italiana de Barcelona llega un profesor sustituto: Josep Cervelló. Una persona innovadora, joven, y decide hacer teatro.

Yo era muy rebelde, yo era muy tremendo en la escuela. Tenía problemas de disciplina. No porque era un gamberro. Simplemente, mi gamberrismo venía de no aceptar las reglas que yo veía absurdas: “¿Por qué no puedo tomar un té durante una clase? ¿En qué molesta?” Entonces yo sacaba mi termo y tomaba té. A éste hombre eso le gustaba. Todos me castigaban y éste no. 


Cuando propone hacer teatro, a mí me pareció fabuloso. Pasó que uno de los que tenía un papel se enfermó y me dijo: “¿Por qué no lo haces tú?” Tuve que improvisar el papel, porque yo más o menos me lo sabía. Tengo una imagen: Eran Los reyes malditos de Maurice Druon, y había una escena en la que el rey le decía a uno de sus ministros, que era yo: “Por favor, siéntese” Y no había silla. Se habían olvidado de poner las sillas, y me acuerdo que mi reacción fue: “No hay silla”, pasó de ser una escena dramática a cómica.  Eso me encantó, me encantó eso de la improvisación. Hay que incorporar el accidente, eso para mí ahora es básico.


Ésta digamos fue la segunda etapa. La tercera etapa es el momento en el que yo estudio en Israel arqueología.  Busco un trabajo y me ofrecen ir a trabajar en un teatro, de lo que se llama: “factótum”, que era: descargar el camión, montar escenografía, pintar el teatro, cablear luces… y allí aprendo lo que es el oficio. Todo lo que hay detrás.

Un día me doy cuenta que esto me gusta más que lo que estoy haciendo, que era estudiar arqueología, y me pongo a estudiar teatro en la universidad, haciendo carrera simultánea con arqueología. Todo se interrumpe con mi famosa operación (cirugía de una válvula cardíaca). Después, decido: No. Ahora que he vuelto a revivir, ahora que sé lo frágiles que somos, voy hacer lo que más me gusta. En el mundo estamos para hacer lo que nos gusta y para vivirlo bien. Luchar por lo que quieres y conseguirlo.



¿Cuáles son los abonos que usas para que la planta, del teatro, siga creciendo?

Hay una cosa fundamental: arriesgar y experimentar. En el momento en que tú dejas de experimentar, la planta deja de crecer. Hacer locuras: cuando digo locuras me refiero a proyectos imposibles. Y luego, hacer algo contemporáneo, que es lo transversal, mezclar. La mezcla de todas las artes para poder jugar. Creo que el éxito que estamos teniendo, por ejemplo, con Música Fugit, es una abertura innovadora dentro de la música antigua. Lo mismo en el circo, cuando hicimos Circus Klezmer, no se hacía circo teatral en España y ahora Cataluña exporta circo teatral a todos lados. Teatros que antes ni se imaginaban que iban a programar circo se abrieron a programarlo. Se abren puertas. Si otros miran esa planta, las semillas se esparcen. 




Escenas de Circus Klezmer


¿Cómo haces para abrir esas puertas?

Hay un argumento que funciona mucho, por ejemplo, en la ópera: estuvimos en agosto en el Oude Musiek Festival en Utrecht, es el festival más grande del mundo en música antigua, significa desde medieval hasta 1750… Final del barroco, hasta Motzar. Trescientos conciertos hacen, todos los más grandes: Jordi Savall, Jaroussky, Christina Pluhar… Cuando tú presentas un proyecto a este festival ya hay una pequeña puerta que se abre. Cuando tu le dices cuál es el público que tienen… Entonces argumentas: ése dinero público con el que se hace este tipo de festival, tiene que volver al público que lo sostiene. Cuando les hablas de abrir a otros públicos, usar espacios no convencionales, lo que les da es miedo. Después… lo que ha pasado ahora, es que el director de este festival terminó llorando y abrazándonos y diciendo: “Yo tenía mucho miedo de este proyecto, pero ahora veo que es necesario”. Espero que el año que viene y el año después y el año más tarde se sigan haciendo proyectos con música antigua para todo tipo de público. Allí es cuando la puerta se abre.

Hay una cosa muy divertida: desde el punto de vista físico yo soy muy bueno abriendo puertas. El otro día estabamos en la puerta de un teatro, estaba cerrada, la persona que tenía la llave no venía, teníamos que entrar para cambiarnos. Yo agarré una escalera, me subí al primer piso, abrí una ventana, entré y abrí la puerta. Cuando encontramos una puerta cerrada hay que buscar la forma de abrirla.


Poder abrir puertas sabiendo que vas a tener éxito. Sino, las puertas se pueden cerrar también. Para eso cuando trabajas hay que pensar en el público, no en qué va a querer el público, sino, qué vas a provocar en él. Aquí entran todos esos elementos que funcionan: el ritmo, la estética... la historia. ¿Qué le vamos a contar? Y allí hay que hacer hincapié en dramaturgia. Algo que empezó contigo. Yo lo tenía intuido con mi experiencia en Ronaldo; pero Irma, famosa escena en el proceso creativo del Klezmer donde me dices: “No hagas de Hitler” / “Pero se van a reír” / “Sí, pero ¿qué se van a llevar a casa?” La imagen de Hitler, no la del shtetl, la vida, la boda, la locura, la libertad. Eso es lo más importante: el mensaje. Dramaturgia. Gracias.


¿Cuáles son las herramientas básicas que usas en tu trabajo creativo?

Trabajo con la gente que me gusta. El equipo que trabaje contigo es el encargado de hacer crecer la planta. Esto es mucho más importante que las capacidades técnicas. A veces dices: “para hacer crecer esta planta vamos a traer el mejor cantante” Y yo digo, okey. Pero el cantante se adapta, o si no, puede ser un cáncer. El ejemplo, en el proyecto de Oude Musiek en Utrecht, al director musical se le ocurrió llamar a Emma Kirkby, ella es como llamar a John Lennon de la música antigua. Le dije: “Sí, pero ensayos como todo el mundo y no va a cobrar más que los demás”. Ella respondió a las condiciones y es… impresionante. Ha sido impresionante trabajar con ella.



¿Cuáles son los frutos más importantes de tu trabajo?

Hay tres proyectos fundamentales: Circo Ronaldo, porque fue una gran oportunidad. Luego el Circus Klezmer, con todo lo que conlleva: Irma en dramaturgia, Miri en escenografía, Marcel… amigos. Y después: The Greenman porque es esa aventura loca que empezó a tomar sentido y que después de veintidós años lo sigo haciendo con la misma emoción, también con el mismo miedo. No sabes qué va pasar, y eso me encanta porque me mantiene muy alerta. Y aparte me ha llevado a lugares impresionantes. Nunca me hubiese imaginado que este tipo de personaje, este tipo de locura, este tipo de anarquía me llevara a ganar un premio: Anarco-clown, en Alemania. O que me llevara a Kuwait. Sociedades muy conservadoras. Yo he estado ahora y puedo decir: “Sí, la gente es igual en todos lados”.




 The Greenman


¿Con qué árbol te identificas?

Con la quercia, en italiano; roble en español. Me gusta muchísimo este árbol, las raíces, la fuerza. Es un árbol que me imagino que un huracán que no se lleva. En mi jardín, yo pondría éste en el centro, además da una sombra muy bonita, tiene esa fuerza. Y crece poco a poco.



¿Qué valores siembras?

 Me encanta la idea de la apertura, de la libertad, de la tolerancia.



¿Frutos que recoges?

Amistad. Yo vivo en la calle Amistat. La parte más enriquecedora de nuestra profesión es la parte humana.


 En algún aeropuerto en los tiempos de Dans 
¡Gracias Adrián!

jueves, 27 de julio de 2017

Danny Ronaldo: fiel al circo


Cada año intento ver algo de lo que ofrece el Festival GREC de Barcelona. Este año no tuve opción a pensarlo, al ver que venía Circus Ronaldo, mi opción estaba más que decidida. Con mucha ilusión compré mi entrada pensando que podía agotarse, y es que tener la oportunidad de ver su trabajo es un regalo que hay que saber valorar.
Hace más o menos una docena de años, mis amigos Miri Yeffet y Adrian Schvarzstein quienes trabajaron con Circus Ronaldo me invitaron a la Fira de Tàrrega a ver el espectáculo La Cucina dell’Arte.

Mi sensación al salir de aquel show fue sublime, sentía amor por lo que había visto. Recuerdo haber escrito en alguna parte: “He vuelto a sentir mirando un espectáculo”.  Un año después, tuve la gran oportunidad de viajar a Bélgica, también acompañando a Miri, y ver Fili, otro magnífico show.
En Fili, el ambiente era el gran protagonista. Los detalles escenográficos y los personajes, heredados de la comedia del arte italiana, invitaban a perderte en su absurda pero inteligente trama. Podías imaginar los frágiles, y al mismo tiempo, potentes hilos que unían aquella familia de cómicos. Viajeros, acopiadores de sonrisas, de aplausos, de emociones.

Fili, me despertó otra sensación: curiosidad por aquel mundo que pisaba por primera vez. Entendí que hacer circo no es sólo practicar una técnica escénica, es una forma de vivirla. Como una extraña, ayudé a montar y desmontar la carpa, dormí en una de las caravanas, comí de aquella comida de festival, reí y sentí. Aquello era un pedazo de realidad desconocida para mí, pero que de alguna forma también conocía, porque en todos habita inconscientemente ese universo circense.  Ese lugar onírico en el que a veces aparece un elefante, no sabemos por qué.

Circus Ronaldo es de esas escasas compañías con más de seis generaciones recorriendo el mundo con su oficio, por tanto, el haber sobrevivido, seguir avanzando, y mantenerse en este competitivo circo contemporáneo es una proeza, de la cual, actualmente es responsable Danny Ronaldo, un genio con una sensibilidad sin igual.

Danny Ronaldo es capaz de juntar ese mundo onírico de la tradición circense con una dramaturgia contemporánea e inteligente.

El resultado lo vemos en Fidelis Fortibus, donde él, único protagonista, nos recibe en el tradicional espacio circular lleno de ausencias; pues los artistas que lo acompañaban están muertos. Ya no hay lugar en el escenario para la bailarina-equilibrista, el mago, el director-presentador o el payaso. Su familia ha desaparecido, pero él se mantiene fiel a ese espacio, tal vez porque no sabe respirar en otro.

Mientras algunos que nos hemos acercado a la dramaturgia del circo buscamos nuevos lenguajes en la interpretación de la técnica, en el movimiento; Danny Ronaldo juega con la ventaja de conocer desde dentro el lenguaje y el espacio circense como nadie. Es allí donde su genialidad hace posible una dramaturgia impecable, en la que cada elemento puesto en escena tiene un valor, un objetivo dentro de la acción y un fin poético.

Esto confluye en una producción cuidada hasta el más mínimo detalle, en la que no se ven las costuras. Un resultado estético fiel a ese mundo tradicional pero que podemos visitar y entender desde nuestro lenguaje contemporáneo.

Fidelis Fortibus sólo nos pide un poco de paciencia al inicio del espectáculo, pues lentamente nos va introduciendo en un mundo del cual no querremos volver. Nos separa de nuestra realidad, reímos, amamos, somos felices.  Sobretodo sentimos empatía por aquel mozo de pista en su soledad, en sus contradicciones, en su rabia, en su sufrimiento, en su vulnerabilidad. ¿Cómo querer volver de este viaje por las emociones que nos regala Circus Ronaldo?




A través de Fidelis Fortibus, podemos imaginar a Danny Ronaldo en su encierro de creador, probando ideas, desechando imágenes, seleccionando lo mejor, lo que funciona, lo que no falla.  También podemos imaginar un niño de doce años montando aquella carpa de circo, horas de oficio pero también de despertar su imaginación, de encontrar pequeños tesoros escondidos para los ojos de un adulto. Es allí donde nace ese germen que acompaña inequívocamente a un creador como Danny Ronaldo.

¿Qué puedes hacer cuando tu destino es hacer circo? Ser fiel a ese destino y convertirte en un director, un intérprete que sigue teniendo esa mirada de niño llena de sorpresa, de verdad. Un artista que conoce la técnica con precisión, maneja cada detalle al servicio de un resultado estético sublime.

Esa sensibilidad es la que nos atrapa y a través de ella nos dejamos llevar por la narrativa que propone el personaje de Fidelis Fortibus, quien nos muestra, como buen clown, sus emociones hacia su familia desaparecida, ausente. Esa familia con la que compartió el escenario, pero también su amor, su odio, su compasión, su miedo.

No puedo cerrar este artículo sin decir que a sus cuarenta y nueve años, Danny Ronaldo nos deja con la boca abierta cuando ejecuta cada técnica. Lo vemos en forma, libre, con una expresión corporal llena de matices y una vivacidad contagiosa. La participación y control del público en su dramaturgia es otro de sus fuertes. Con un espectáculo que carece de palabras, mantiene una comunicación cercana y afectiva con el público, que no puede salir de la carpa sin antes darle las gracias con la mirada, con la voz, con el cuerpo, con el alma.


Resultado de imagen de fidelis Fortibus 
Fidelis Fortibus  Fotografía  Mieke Miwian

Este último espectáculo de Circus Ronaldo, me maravilló como los anteriores, con la diferencia de que su temática, me conmovió porque como diría (parafraseando al castellano) Danny Ronaldo:

“No necesitaremos buscar mucho, para encontrarnos con uno de esos viejos hábitos que persisten a causa de una fidelidad inconsciente al pasado.”

Y es que todos hemos heredado algo de nuestra familia, y lo llevamos en nuestras acciones, en nuestra forma, en nuestro olor, en  nuestro ser.

Danny Ronaldo ha cogido los desechos del circo tradicional y los ha elevado a un lugar poético. Los convierte en luz, un gran detalle que metafóricamente está presente al final de su espectáculo. Y también en futuro, cuando vemos a su hijo Angelo salir a escena con las mazas y moverlas a la perfección.

Una vez un profesor en la universidad nos dijo que todos, hasta las señoras que limpian, tendrían que leer La Poética de Aristóteles, no estuve del todo de acuerdo. Pero sí que hoy puedo decir que es imperdonable que quienes tengan interés por el circo y la creación se pierdan el trabajo de Circo Ronaldo.

Fidelis Fortibus es un espectáculo esencial, preñado de emociones y en la emoción no hay equívoco.


* Gracias a Jo Emmers, Miri y Adrián por ayudarme a "desenterrar" recuerdos para este artículo.
 

jueves, 23 de marzo de 2017

Rudo: tierno y arriesgado

Este espectáculo de circo contemporáneo me sorprendió por la sinceridad de su propuesta: Un actor, dos actrices y el riesgo.

La escenografía atemporal, nos envolvía en un ambiente más allá del muro, dirían los seguidores de Juegos de Tronos. Un espacio con colores ocres, arena, hierro y oxido, y en medio sobresale la madera pulida un violín (interpretado por Laia Rius) y un violonchelo (interpretado por Maria Bou).

Un hombre grande con aspecto rústico se mueve, nos mueve, mueve la escenografía y finalmente se pone el delantal de trabajo.  Es entonces cuando el circo nace, se intuye en esa búsqueda del equilibrio con los elementos más insólitos. Y te preguntas: ¿Estoy a salvo? ¿Este hombre sabe lo que está haciendo? Porque en Rudo puedes sentir miedo, pero afortunadamente todo está magistralmente medido.

 
La música protagonista por momentos, está muy bien interpretada por unos personajes que en medio de la mayor incertidumbre te hacen sentir a salvo.
Rudo, me atrapó, porque sale de lo común en sus ritmos, en sus materiales, en su forma de abordar el circo contemporáneo. Está plena de pequeños momentos de complicidad, de ternura y de fragilidad. Su escenografía, nos devuelve el sentido del espacio circular y además nos permite ver lo bello en las cosas más toscas.

Rudo es una obra de autor actuada y dirigida por  Manolo Alcántara, un artista multidisciplinar que juega con las estructuras, con el movimiento, con la física y que nos trasmite de forma sublime ideas que cultiva en su rico universo interior.

Aplaudo el riesgo de esta propuesta, pues su  búsqueda nos lleva a lo más esencial del circo: El equilibrio.  
 
 
Del proceso creativo