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martes, 23 de abril de 2019

Al pasar la barca

  

Para Isa, en su cumpleaños, que también soñó con construir su barco, salió a navegar y fue la primera en darle voz y cuerpo a este cuento de mi propia cosecha. ¡Feliz Sant Jordi!


            María Isabel era una niña que vivía cerca del mar. Todas las tardes se sentaba en una piedra y soñaba con navegar en un barco hacia lejanas tierras, ésas que decían los mayores quedaban a la otra orilla del azul aguamarina.

            El día que cumplió seis años, María Isabel abrió su alcancía y sacó las monedas que tenía guardadas desde hacía 2.191 días, es decir, desde que nació. Con esas monedas compraría un barco para hacer realidad su sueño: salir a navegar.

            Pronto se dio cuenta que eso no sería posible, porque los barcos son muy caros, carísimos. Entonces tuvo una idea genial: ella misma construiría su barco.

            Juntó sus monedas y se fue a la tienda donde solía comprar materiales para hacer sus dibujos y maquetas. Compró: maderas, papel, tijeras, cordones de colores y se puso ¡manos a la obra! Se sentó sobre su piedra y empezó a soñar cómo sería su barco.

Ilustración de Debby Holzman y Cristina Rodríguez

            De pronto, vio cómo desde la distancia se acercaba lentamente una tortuga:

            -¿Qué haces niña?
            - Estoy soñando cómo será mi barco.
            -Si lo que necesitas es tiempo para soñar, yo te lo puedo dar.

            La tortuga se tumbó allí, muy paciente, porque sabía que María Isabel seguiría soñando por muchos años más.
            Poco después, María Isabel escuchó unos pasos muy pesados y firmes, era un elefante que pasaba a su lado:

             -¿Qué haces niña?
            -Estoy empezando a construir mi propio barco.
            -Si lo que necesitas es fuerza para empezar yo te puedo ayudar.

            El elefante se quedó allí firme y seguro, para que María Isabel recordara que tenía la fuerza suficiente para seguir construyendo su barco.

            Luego, unos pasos ligeros sorprendieron a María Isabel. Era una jirafa alta y coqueta:

            -¿Qué haces pequeña?
            - Estoy construyendo mi propio barco.
            -Si quieres que quede bonito, yo te puedo ayudar.

Isabela Méndez interpretando Al pasar la barca

            Y así la jirafa se metió en el barco que María Isabel estaba construyendo y lo adornó con su belleza.

            Siguió María Isabel trabajando en su barco cuando escuchó que alguien se reía muy cerca de su oreja. Era un monito muy simpático:

            -¿Qué haces niña? ¿Qué haces?
            -Estoy poniendo bonito mi barco.
            -Sí, sí, sí, sí. Está muy mono. ¡Está muy mono!

            Decía el monito  mientras saltaba de un lado al otro y reía sin parar. De pronto, el mono se detuvo y observó el barco y a los animales: La tortuga estaba dormida, el elefante estaba serio y callado, la Jirafa no hacía otra cosa que mirarse en el espejo. El mono inmediatamente se dio cuenta de que faltaba algo:

            -Está muy bonito, pero con eso no basta. Creo que necesitas reír en tu barco, si    quieres yo lo puedo intentar.

            Y muy hábilmente trepó por el cuello de la jirafa y empezó a decirle algo a la oreja,  luego al elefante y a la tortuga, y por último a María Isabel. Entonces la risa contagió a todos y así el mono quedó convencido de que con su buen humor en el barco de María Isabel nunca habitaría la tristeza.

            Estaba María Isabel riendo a carcajadas cuando miró hacia el cielo y vio en alto unas ovejas. Las llamó y ellas se acercaron con flotando.

           -¿Qué hacéis allí arriba? -preguntó la niña.
           -Bééé… Béee… Estamos jugando a ser nubes… Bééés… Béees… ¿No ves?  ¿No ves?        
           -¡Eso es imposible! ¡Sois ovejas!

             Las ovejas se miraron y le respondieron:
            -Si lo que necesitas es jugar y soñar, nosotras te vamos a acompañar.
             
            Entonces, las ovejas escondieron sus patitas y así parecían realmente algodones de azúcar flotando en un cielo limpio.

            María Isabel miró a su alrededor, estaba rodeada de sus amigos, tenía mucha fuerza, se sentía una niña bonita y quería continuar riendo y jugando. Y así fue como soltó los cabos que ataban su barco y comenzó a navegar.



Figuras realizadas a mano por Debby Holzman

Al pasar la barca texto e idea original de Irma Borges

lunes, 27 de noviembre de 2017

Duermevela: Transformar el miedo en curiosidad










“Cuando Elisa no puede dormir sale a dar una vuelta por Duermevela”



Desde octubre podemos ver en las librerías Duermevela, libro álbum para niños que nos habla de una inquietud que tenemos la gran mayoría de padres: que nuestros hijos se duerman tranquilos.

Este libro tuve la oportunidad de conocerlo a través de su autor, escritor venezolano y amigo muy querido: Juan Ignacio Muñoz-TébarJuan Ignacio  me explicó  que el proyecto germinó una noche en la que su hijo Gastón no podía dormir. Allí surge la necesidad, y como muchas obras que surgen de la necesidad individual, Duermevela se convierte en una obra universal.

Es muy común entre los niños que antes de dormir los asalten pensamientos que nacen del miedo. Aparecen ogros, brujas, animales feroces. La oscuridad es vista como un espacio infranqueable donde las sombras y los sonidos se convierten en posibles monstruos informes detonantes del llanto. La compañía emerge con un escudo y los padres perdemos la paciencia, pues queremos que nuestros hijos se duerman solos.

Para Juan Ignacio Muñoz-Tébar los monstruos y los miedos también pueden dormir. Y al igual que nosotros, justo antes de dormirse, también se pasean por la vigilia. Así que un día decidió acompañar a su hijo a través de un bosque oscuro y darles las buenas noches a todos los animales, los fantasmas y los miedos que lo habitaban.

Esta preciosa idea podría haberse quedado en la habitación de un padre que le explica a su hijo un cuento. Pero no fue así. Juan Ignacio Muñoz-Tébar elaboró la historia y tocó la puerta de una de las más prestigiosas editoriales para niños: Ekaré. Tal vez fue el azar, pero sembrar una semilla en el lugar correcto y en el momento oportuno puede dar como resultado un fruto maravilloso.


De la idea inicial al resultado pasamos por un proceso de casi tres años, explica Juan Ignacio. Un proceso de creación al que se une otro venezolano: Ramón París, quien con sus ilustraciones ilumina el recorrido que hace Elisa, la protagonista del cuento, por el mundo de la vigilia.

Con dos venezolanos como creadores y Ekaré como editor (ésta editorial nace en Venezuela en 1978), el libro comienza a "tropicalizarse". El bosque inicial se convierte en una selva y sus habitantes son tan exóticos como en realidad lo son muchos de los animales que habitan aquellas tierras. El texto y la ilustración se dan la mano como en los mejores libros-álbumes; se acompañan y se completan, sin que nada sobre o falte. Los silencios del texto se funden en las magníficas ilustraciones normalizando la oscuridad, en un recorrido en el que puedes escuchar los bostezos de aquella selva.

Elisa al principio camina sola, y luego, lo hace en compañía de su amigo Estebaldo, un oso hormiguero que tampoco puede dormir y que se alumbra con un tarro lleno de luciérnagas. La luz es uno de los elementos de mayor interés en este libro álbum. Elisa y Estebaldo salen con sus pequeñas luces a iluminar la frondosa oscuridad de Duermevela. Una selva que se tiñe de color a través de sus pasos, y que les descubren animales y estrellas.

Duermevela es ese lugar de tránsito entre la realidad y el sueño, un puente que nos ayuda a quedarnos dormidos sin que nada nos cause temor. Duermevela es un viaje tranquilo que nos invita a transformar el miedo en curiosidad. No hay más que seguir el ejemplo de Elisa: acompañarnos de un tarro de lucidez, de  paciencia y serenidad  para darles las buenas noches a nuestros hijos.


jueves, 23 de febrero de 2017

La isla de mi abuelo: comprender la pérdida


Resultado de imagen de la isla de mi abuelo
“Cuando Leo zarpó, todos fueron a despedirse
La isla de mi abuelo Banji Davies




Los que escribimos para niños sabemos que ciertos temas son complicados de desarrollar, pero no por eso pueden estar vetados de la literatura infantil y juvenil.

La primera vez que me tocó explicar a mi hijo qué era eso de “estar muerto”, fue cuando se encontró en el parque un pájaro que no se movía. “¿Qué le pasa?” La respuesta automática fue: “Está muerto” y detrás de esa respuesta un enredo de explicaciones que me hicieron reflexionar sobre lo poco que sé del tema.

Lo mismo me pasó hace algunos años, cuando trabajaba en un cole y a la hora del patio se me acercó un niño de tres años y me preguntó: “¿Qué es la vida?”. Aquella pregunta era un tesoro. La vida era él, con su curiosidad, sus ganas de moverse, de descubrir, de crecer.

A veces, nos cuestan algunos temas, sobre todo cuando estamos inmersos  en una experiencia dolorosa.

Cuando murió mi padre, que era agricultor, mi hijo me regaló una frase: mirando hacia la ventana, lanzó un beso y dijo: “Se ha ido como el pajarito, volando, volando y ahora cultiva estrellas en el cielo”. Con tan solo tres años, su capacidad narrativa me sorprendió, buscó una forma de entender la pérdida, de ubicarla, de hacer con ella una metáfora.

Posteriormente, el tema de la muerte ha sido recurrente en nuestra casa, y como no queremos entenderla, sino, comprender cómo nos sentimos ante ella, busqué algunos libros para niños que nos pudieran ayudar.

Encontré libros de mucha calidad como: Es así de Paloma Valdivia, editado por Fondo de Cultura Económica; Una casa para el abuelo de Grassa Toro, editado por ZR; Mejillas rojas de Heinz Janisch de Lóguez ediciones y hasta busqué aquella poesía ilustrada Una señora con sombrero de Jacqueline Golberg de Monte Ávila editores que guardaba con gran aprecio en mi biblioteca. Todos estos textos son valiosos y estéticamente impecables, pero muy complejos para la edad de tres años.

Fue una amiga ilustradora la que dio con, desde mi punto de vista,  el mejor libro que hasta ahora he leído sobre la pérdida y que sí puede ser leído por todas las edades: La Isla de mi abuelo, el libro álbum de Banji Davies, publicado por la editorial Andana, una de estas obras de arte que trata el tema de la pérdida sin hablar directamente de la muerte.


Conocer, aceptar y practicar el desapego son de las cosas menos frecuentes en nuestra sociedad, por eso valoro que autores como Davies puedan ofrecernos la posibilidad de reflexionar sobre este tema, comprenderlo y quedarnos con una sensación de bienestar, de tranquilidad.

Las ilustraciones sobrias y potentes, muestran la relación entre un niño y su abuelo: sus pequeñas complicidades, el mundo que comparten. Los secretos están a la luz del niño, se muestran. Se comunica la emoción y se aceptan los sentimientos más difíciles: la tristeza, la angustia.

Las metáforas son tan sublimes que entras en un mundo de posibilidades, donde la aventura es la que te lleva a sentir miedo, pero también al puerto seguro donde estarás a salvo de esas experiencias por las que nadie quiere pasar. Una vez vivido el tránsito del duelo, descubres que el mensaje de bienestar sigue allí y la relación que creaste con esa persona amada también.

Detrás de la pérdida hay muchas emociones esperando, el libro de Banji Davies lo ilustra de manera excepcional. Ha sabido guiar al lector infantil por un camino iluminado para comprender el dolor de la pérdida.