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miércoles, 16 de junio de 2021

Un ser extraño


 Estas palabras van dedicadas a mi papá, quién hoy cumpliría 92 años. 

Cuando llega cada 16 de junio, recibo con alegría el día, porque es una oportunidad para recordarlo con consciencia y amor.

 

Este escrito lo hice como ejercicio para un taller de escritura que tomé, cuando recién me instalaba en España. hará ya unos 19 años.  La consigna era describir a un personaje extraño. No pude describir un personaje fantástico.  Lo primero que me vino a la cabeza fue mi papá. Lo curioso es que este texto me acercó a él. Por eso le tengo especial cariño, por eso no le he corregido ni una coma. 



Un Ser Extraño

Físicamente se parecía a sus hermanos, sobretodo a Froilán. Ambos usaban sombrero, tenían ese don del oído musical y eran los más buenmozos. Aún de viejos seguían siendo guapos. Eran unos galanes de sombrero y gabardina. De camisa a rayas y caballo. Caballeros, señores de punta en blanco.

 

Las nubes que veía mi papá desde su patio en el Ávila

                      

Yo a veces lo miraba hacer sus cuentas, no usaba calculadora, no le gustaba, tampoco la entendía. Prefería anotar sus números en una libreta y sacar porcentajes de memoria. No era bueno con los aparatos electrónicos, peor aún, no sabía poner una bombona de gas. No sabe hacer café, depende de otros buenos hombres y muchos otros dependemos de él.

 

En su cumpleaños recibió de regalo un televisor nuevo, con su respectivo control remoto y su manual de instrucciones. El televisor sigue en la misma mesa donde lo colocaron la primera vez, el control no sirve para nada y el manual ya debe estar extinto en algún quemadero de basura. Una noche me acerqué molesta y le dije:

 

¿Por qué escuchas el televisor tan alto?

 

Salí destrozada, casi me provocó lágrimas de ternura su respuesta sencilla:

 

                      No sé como bajarle el volumen, está igual que como lo pusieron.

     

Le enseñé. No sé si lo usa pero me tomé el tiempo para explicarle cada botón por si las dudas quisiera otro día cambiar de canal.


Pájaros que veía pasar mi papá por su cielo en el Ávila


Este extraño ser se levanta muy temprano todos los días, excepto los martes y sábados, los días en que le toca madrugar para ir al mercado. Este extraño ser mete sus manos limpias en la tierra y de esa misma tierra saca frutas y flores. Ha visto crecer algunos arboles, ha bebido y comido de la semilla que sembró.


Lo he visto construir muros de piedra, sellar con sus manos gastadas este rústico trabajo  arquitectónico. Lo he visto sonreír y pienso: "Ése extraño ser está muy cerca".

 

Cada vez le abro más la puerta porque tengo fe en sus palabras amables, porque seguro en su soledad me recuerda, porque lo imagino llegando con paso pausado a la casa.

 

                                                                                                  Mi papá llegando a casa 

                      

La extraña soy yo, que sí sé usar el televisor, que estoy en Barcelona en un taller de escritura, construyendo ficciones. Yo, la extraña que ha leído Kafka, que le gusta Cortázar, que sabe quién fue Borges. Mientras él,  en su mundo de infinitas verdades, es la cabeza de una familia que no sospecha de mi presencia ajena. Es el señor Francisco Borges, Aureliano como lo conocen todos. Aureliano que un buen día me llenó de bendiciones. Yo soy la hija de Aureliano. Si le preguntan a él quién soy dirá:

 

                      Mi hija Irma, la chiquita, la menor, la maraca de la casa. Está en España haciéndose artista.



                                                Una de las últimas veces que te despedí antes de volver a Barcelona 

domingo, 14 de marzo de 2021

Pensamientos de una leona

#HistoriasDePioneras


Aquella soledad era conocida. Teresa se detuvo delante del piano. Lo miró fijamente, repasó con la yema de sus dedos la llana y pulida figura. Cerró los ojos. Tanto se conocían, tanto habían batallado juntos y ahora se le antojaba ajeno. Su pena no le afectaba. Él quedaría intacto en aquel salón, inmune a los males humanos. Él, se silenciaría por un tiempo, y después, volvería a sonar en otras manos. ¿Quién se acercaría a su regazo y entonaría los conocidos valses y merengues? 


Inconsciente, su mano izquierda se aproximó a la parte grave del piano, y una pulsación marcó el ritmo del conocido vals venezolano, enseguida la mano derecha comenzó a cantar la melodía que tanto amaba. El recorrido travieso de ésta por el interior del instrumento hasta despegar sus alas, fue fugaz. La música volaba por la estancia alegremente, como también lo había hecho ella en su escasa niñez. 


Ahora sus caderas se ceñían firmes a la butaca, la espalda erguida se balanceaba serena y los hombros acompañaban la cadencia de un extremo a otro del instrumento. La memoria sobrevino sin remedio. “Teresita, no corras y portante bien”. La voz suave de su hermana vibró en sus oídos.  Aquella vez la apartaban de los olores de su infancia, de la luz transparente que atravesaba las orquídeas, de su querida Emilia. “Cuando tenga una hija, se llamará como tú”. Respondió la niña, y así fue. 


No corras Teresita, no corras. Había escuchado tantas veces aquella advertencia y su vida le había pedido en otras tantas ocasiones ser vertiginosa.  Aquel otoño su padre se encorvó para llegar hasta sus ojos: 

—Recuerda Teresita, ve pausadamente hasta el piano. No corras. Tocarás para el presidente—.


Ella caminaba y daba saltitos entre un paso y otro,  porque no podía esperar más; miraba a su padre y seguía ávida en dirección al piano. Se sentó en la butaca solemne y sus pies se inclinaron para alcanzar los pedales.  Ya de niña conocía cada víscera de su instrumento, con las primeras notas supo que aquel estaba desafinado. Un arrebato la dominó, y la improvisación fue su salvadora, desde entonces sería su aliada. 


Pausa. El vals Mi Teresita se ahogó repentinamente en las manos de aquella mujer de 63 años. Aún con los ojos cerrados la sorprendió el Cuarteto de cuerdas en Si menor entrando en su cabeza. El ritmo abrigó a la melodía y el alud de pensamientos estalló en sus dedos. “Adiós Emilia, hija. Recuerdo tus tiernas manitas entre las mías. No te olvidé nunca. Nunca.”  


Ahora componía, la leona despertaba a la caza del dolor. “Corre Teresa, corre. Soy fuerte, mis manos son fuertes. Soy la Liszt hembra. Yo protejo a mis crías. Les doy su sustento. Soy La Carreño”. 




Los brazos se alzaron brevemente y con tono dulce acarició de nuevo a su fiel testigo. “Tú eres mi único compañero leal”. Hubo un silencio, y después, los acordes se superpusieron unos a otros y sus vivaces manos dejaron escapar el sufrimiento que las mantenían en reposo. 


“Teresa hija, este mundo es de hombres”. Agotada dejó que las frases nadaran libres y el hormigueo la envolviera por completo. “Madre, volví en dos ocasiones. Regresé a Venezuela. Mi añoranza se vio recompensada”. Los flashes llegaban como espejismos, ojos de mujeres desconocidas la seguían. El calor del trópico que respiró en aquellas visitas, tenía toxinas. Sus manos saltaron a lo largo del piano y los acordes atravesaron su cuerpo.  “Mi voluntad no la doblega nadie”. Los susurros perseguían sus pasos. “Divorciada” “Es una mujer divorciada” “Divorciada, por tercera vez”. Teresa respiró tranquila, una lágrima humedeció el fino algodón de su falda. De aquello sólo quedaba la reminiscencia de un aroma en la memoria. Y así, despacio, la melodía volvió sosegada. 


“Mis manos en las suyas, las de Brahms". Teresa, inspiró. "Mi estimada Teresa, usted no es una pianista, usted es un pianista.” Ahora Teresa sonreía cariñosamente y recordaba sus siete partos.  Cuando todo el mundo la creyó agotada, sus manos ligeras improvisaron sin descanso. “Ella compone mientras ejecuta”. Ella, la valquiria del piano. En éste, su concierto más íntimo, añoraba la lluvia de aplausos que la cubría después de actuar. Y, en una pausa imperceptible pensó que todo era efímero.  Ella sobretodo. Tan sólo huesos y carne haciendo vibrar el eco de un instante. 


Sus manos descansaron un momento, y luego, los pensamientos la llevaron a la Marche funèbre. “Gracias padre. Siempre creyó en mí. Usted no me desanimó por ser una muchacha. Mis manos no saben bordar otra cosa que no sean notas sobre el piano.” 


Su sufrimiento resonó sin pausas, y la feroz despedida avanzó sin remedio. “¿Cómo puedo dejarte a ti, que has sido mi única patria, mi ancla, mi voz?”


Unos días más tarde, el 17 de junio de 1917 el New York Times recogería esta frase: “Es la mejor pianista que haya vivido jamás.” Entonces en aquel salón, sólo habitaba el silencio y el tiempo. 




martes, 1 de mayo de 2018

Había una única vez, Cuentos bajo la Sombra


En sábado pasado fui a La Casa de los Cuentos en Barcelona a ver una actuación única, especial. Allí se encontraron, después de 31 años Gilda Beraha, Cheo Carvajal y Rubén Martínez, integrantes del mítico grupo de narradores Cuentos bajo la Sombra

En la década de los años 80, cada martes, sin falta, estos tres juglares se juntaban en Tierra de Nadie, lugar que todos los ucevistas conocemos de sobra. Contar, recitar y cantar era su quehacer; bajo la sombra de un hermoso árbol daban refugio y abrigo a la palabra. 

Cuando yo entré a la universidad ya ellos no estaban, pero su recuerdo perduraba entre anécdotas y ficciones de muchas personas. Era como si el aliento de sus cuentos, tantas veces narrados, se había quedado allí en la memoria de aquel espacio para siempre. Ahora ellos, también, eran un cuento.

Han pasado más de treinta años desde que el grupo abrió un espacio para la palabra en la Universidad Central de Venezuela, creando, tal vez inconscientemente, un espacio cultural que quedaría de forma tácita allí para los nuevos estudiantes, quienes añorábamos haber vivido aquella época.

El sábado, lo conseguí, porque las circunstancias lo permitieron, porque la solidaridad lo hizo posible. Ellos, volvieron. Hicieron una única actuación cuya taquilla fue destinada a la Asociación Ven Da Tu Mano, quienes, entre otras labores, suministran medicamentos a pacientes en Venezuela.


No estaban bajo un frondoso árbol, no estaban en Venezuela, no estaban en la UCV, pero si consiguieron crear una Tierra de Nadie.

Ese día, que yo estaba vacía de tanta nostalgia, que necesitaba con urgencia de mi palabra, esa que se pronuncia sin zeta y sin c; llegué  hasta allí con el corazón abierto, dispuesta a dejarme querer por mi acento y, a por fin, escuchar aquellos cuentos.

Escuché atenta, escuché precisa, escuché sin prisa. El regalo de cada narración iluminaba los rostros de nativos y extranjeros, porque esta vez, y solo por aquel breve espacio de tiempo, eran otros los que venían de fuera, los que no entendían referencias o el lenguaje coloquial.



Sentirme en mi tierra, en aquella Tierra de Nadie; eso consiguieron estos tres narradores con su tono y su estilo. Con sus canciones, su ritmo, su andar, su son, su voz.  

Para muchos de los presentes, Cuentos bajo la Sombra fue sentirnos en esa Venezuela que perdimos, en esa Venezuela que sólo podemos recuperar por instantes, en esa Venezuela que añoramos todos, los de fuera y los de dentro, los que estamos arriba o abajo, los que desperdigados por el mundo nos aferramos a la palabra para volver.

Gracias Rubén, gracias Cheo, gracias Gilda, por lo que crearon ayer bajo ese árbol y por los que aún sigue dando sombra, y a su vez, calor a tantos. Gracias, pues, por hacerme sentir que yo soy la de siempre.




miércoles, 28 de febrero de 2018

Ojo de Nube, el poder de la diferencia


Hoy que los copos me han hecho cambiar el ritmo del día...


Desde hace algunos meses Ricardo Gómez se ha convertido para mí en uno de los escritores de referencia en el mundo de la literatura infantil y juvenil. Con un vocabulario riquísimo y una escritura precisa describe lugares y culturas de manera que con sus libros puedes llegar a conocer, y estar, en el Sáhara o en Montana, ahora o antes. La sensación de esos lugares se queda por días en tu memoria y en tu andar.

Su libro Ojo de Nube (Premio Barco de Vapor 2006) me encantó porque toca el tema de la diversidad funcional desde la potencialidad de la diferencia y no desde la desventaja; algo poco común en nuestra cultura donde tendemos a ver la limitación y no el alcance de ésta.

Otra de las cualidades de esta narración es su consciencia ecológica. Sus personajes (Indios Crow) toman de la naturaleza lo que necesitan para vivir. En un mundo sobrecargado de cosas, este es sin duda un valor añadido en la lectura de Ojo de Nube. Los jóvenes de la historia crecen, alimentan sus emociones sin necesidad de un Smartphone o de un Facebook, conectados con el silencio, con el respeto, con la armonía.




Ojo de Nube también nos muestra la fealdad de quienes se sienten dueños de los territorios, los que con sus fusiles matan por avaricia, para comercializar. Es en definitiva, un ejemplo minimalista de lo que pasa en el mundo, donde los valores económicos están por encima de la vida y sus consecuencias nefastas afectan a todos los seres vivos.

Esto convierte a esta novela en un libro necesario y actual. Los jóvenes ávidos de referentes pueden encontrar en él una contra a lo que les ofrecen los líderes actuales. Desfasados de los problemas cotidianos y de las necesidades vitales del ser humano. Quienes manejan nuestras vidas como si estuvieran en un vídeo juego y que frente a las tragedias, no se dan por aludidos, sino que promueven la violencia, como es el caso del actual líder norteamericano.

Pero volvamos a lo bello, a lo que se hace desde el corazón y con ganas, volvamos a Ojo de Nube, un libro que aborda a los guerreros como personajes capaces de manejar su poder para el bien común; sus líderes son astutos y saben pelear por los intereses de todos. La muerte es un lugar de perdón, de memoria y de cambio.




En uno de sus capítulos aparece el caballo, un animal sensible y próximo para aquel  humano que lo busca desde el respeto. Su conexión con el protagonista es mágica, conmueve su capacidad de escuchar, comunicar y acompasarse al ritmo de los caballos hasta convertirse en su líder. Su desigual percepción del entorno lo ayuda a encontrar nuevos caminos para la resolución de problemas. Su diferencia se crece en las adversidades y le honra con ventajas únicas. 

La recreación que hace Ricardo Gómez de la cotidianidad de los Crow, nos transporta, nos lleva a convivir con ellos mientras dura la lectura, nos aísla en una comunidad con leyes que pueden converger o no con la nuestra, y nos invita a reflexionar sobre el mundo que construimos, el lugar que ocupamos en él y la responsabilidad que todos tenemos con la vida.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Tierra adentro...


El día 22 de diciembre recibí un bello regalo pre-navideño. Esa noche, después de un largo día de trabajo en Barcelona, hice una sesión de cuentos en el Pla de la Calma, un lugar en Cardedeu donde la narración oral ha encontrado regocijo y bienestar. Alicia Molina, narradora oral y activista cultural, es la artífice de esta programación que tiene fieles y amables espectadores.

Digo que esta sesión fue un regalo porque pude contar muchos de los cuentos que me han acompañado durante años. Pude contar con ese deje venezolano que tanto añoro y pude compartirlo con un público sensible y respetuoso. Personas que abrieron sus sentidos para entrar en cada historia por lejos que ocurriera de su entorno o de su cultura. Fueron ellos quienes hicieron de Tierra adentro una de las sesiones más especiales que he entramado. Fueron ellos los que me hicieron sentir en casa: en el Ávila donde crecí y en Cardedeu, donde vivo ahora. 



Entre los cuentos del repertorio, incluí uno de José Rafael Pocaterra que estoy segura viene a la memoria de los venezolanos por esta época del año. Es un cuento lleno de ternura y de crueldad. De cálida inocencia y vil sarcasmo social. Es un cuento con el que puedes reír y también inundarte de tristeza. Su protagonista es invisible para muchos y un estorbo para otros, es de esos que reciben el año en la calle, porque sobre sus cabezas soñadoras no existe otro techo que las estrellas. A ellos, les dedico mi versión de Panchito Mandefuá deseando que el 2018 nos regale la utopía de un mundo más justo, más humano, como diría Panchito: ¡Próspero 2018 Archipetaquiremandefuá!


Panchito Mandefuá

Panchito Mandefuá era un granuja billetero, nacido de fulanito con menganita. Como una flor de callejón. Chiquito andrajoso con una desvergüenza de nueve años, que creció haciendo mandados para llevarse algo de comer a la boca.

Como no tenía apellido muchachito inventor, quiso llamarse Mandefuá, porque le sonaba importante y refinado, así la gente creería que él era hijo de un musiú (monsieur) y no de cualquiera.

Se la pasaba con un fajo de billetes aceitosos y un paltó de cachemir cuatro tallas más grande que su delgado cuerpo. Pero con grandes bolsillos donde Panchito podía guardar infinidad de tesoros y un pequeño bolsillo interior que no tenía ni un agujero, orgullo para Panchito, donde escondía sus cigarrillos.  Sin embargo, lo que más preciaba Panchito de su paltó era que lo abrigaba en las frías noches callejeras de enero.

-¡Aquí lo llevo! ¡El número ganador, el que nunca falla ni fallando! ¡Archipetaquiremandefuá!!!

Archipetaquiremandefuá era la palabra que usaba panchito para pregonar los billetes de la lotería, y también para decir todo aquello que le gustaba, que le sorprendía, que le emocionara, que lo asustaba... O cuando necesitaba gritar a los cuatro vientos alguna palabrota… Entonces, archipetaquiremandefuá, encerraba una fórmula anarquista que resumía todas las protestas de su inventor.

Panchito iba una tarde calle arriba, calle abajo pregonando el número ganador como si estuviera viendo la bolita. Era la víspera de la noche buena y ese día estaba de buen humor porque había vendido cinco números enteros y seis décimos, se sentía millonario y pensaba irse esa tarde al circo o al cine para celebrar su triunfo. También quería comer hallacas, ensalada de gallina, pan de jamón y hasta podría alcanzarle para fumarse una cajetilla nueva de marlboros.

De repente se detuvo en una esquina y vio a unos cuantos bribones haciendo círculo alrededor de una niña. Como un héroe sonó: ¡Archipetaquiremandefuá!!!!!

Pero nadie pareció escucharlo. La niña lloraba mientras contemplaba cómo los granujas se comían una bandeja de dulces que se le había caído. Estaban tan buenos que lamían el suelo.

En eso llegó un agente y todos salieron corriendo, menos Panchito y la niña que se quedaron embobados mirándose hasta que el policía los mandó a desalojar la acera por donde pasaban con prisa los transeúntes.

-¿Qué te pasó?-Preguntó Panchito a la niña.-
-Que me tropecé y me caí, y se me cayeron todos los dulces…
-¿Cómo te llamas?
-¿Yo? Margarita.
-¿Y esos dulces eran para tu mamá?
-Yo no tengo mamá. 
-¿Y papá?
-Tampoco.
-¿Y con quién vives?
-Vivo en la casa de una señora que me recogió, trabajo para ellos.
-¿Y te pagan?
-¿Me pagan qué?

Panchito suspiró con ironía, otra cosa no, pero de derechos laborales él sí que sabía.

-¡Guá! ¡Archipetaquiremandefuá! Al que trabaja se le paga.

La niña respondió ofendida:

-Me dan la comida y la ropa. Y me enseñan a leer ¿Tú sabes leer?
-¡Archipetaquiremandefuá! ¡Claroooo!- Gritó Panchito mintiendo sin disimulo- Y además se de números.-Mostrando los billetes- Yo gano para ir al cine, comprar mi comida y fumar.

Dicho esto encendió un cigarrillo, por las dudas.
-Más que pagarme… lo que van a hacer es pegarme.-Rompió a llorar la niña otra vez.-

Panchito se llenó el pecho de generosidad y le preguntó:

-¿Cómo cuántos se te cayeron?
-Aquí tengo la lista-Sacó la niña un papelito arrugao y sucio del bolsillo de su delantal.
-¡Espérame aquí!

Archipetaquiremandefuá, salió Panchito con la bandeja en la mano, corrió calle abajo, calle arriba y un cuarto de hora más tarde estaba al lado de niña con el mandao hecho.           

-¡Mira! ¿Esto jué lo que se te cayó no es gerdá?
           
La niña se le abrazó al cuello y se le iluminó la carita sucia.
           
Panchito acompañó a Margarita hasta su casa, por si acaso se le volvían  a caer los dulces. Por el camino él aprovechó y le contó que tampoco tenía familia, pero que sabía ganarse la vida, que le sobraba la plata.
           
-Aquí es.- Dijo la niña llegando a una casa grande con portón.-
           
Se miraron como quienes se miran en un espejo limpio. Sin saber cómo despedirse.
           
-¿Cómo te pago yo?-Le preguntó la niña con tristeza.-
-Si me das un beso.
-No, no. Eso es malo.
-Archipetaquiremandefuá. ¿Por qué?
-Guá porque sí.

Pero no era Pancho Mandefuá a quién se convencía con un porque sí. Así pues que sujetó los hombros de la niña y le pegó un par de besos llenos de dulce travesura, y tal vez de todo lo que había robado en su vida, eso era lo que más necesitaba.

-¡Archipetaquiremandefuá!-Gritó la niña.-

Estaba como una amapola recién brotada. Cuando de repente de abrió el portón de la casa y la mandaron a entrar entre gritos e insultos.

Panchito se la quedó mirando… Y cuando al fin volvieron sus pies a la tierra, se dio cuenta que era un botarate. No le quedaba ni pa’ la hallaca de noche buena. ¡Quién lo mandaba! Archipetaquiremandefuá.

Sentía desconsuelo y al mismo tiempo loca alegría interior. No olvidaba en medio de su desastre financiero los ojos de Margarita.

-¡Qué carajo! El día de gastar, se gasta. ¡Archipetaquiremandefuá!

Con lo que le sobraba se fue al circo. Cuando salió del espectáculo iba distraído pensando en su menú: “un bollito, un café con leche… como mucho si me alcanza…” Y en medio de sus pensamientos se cruzó un cornetazo brusco. Después, un sonido sordo de esos que nadie quiere escuchar.

Y allí quedó, un cuerpecito frío cubierto con un paltó de hombre.

Cuentan que así fue como esa noche buena Panchito fue invitado por el Niño Jesús a cenar en el mismísimo Cielo.  ¡Archipetaquiremandefuá!

Cuento original de Jose Rafael Pocaterra. Versión de Irma Borges


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Imagen de la película The kid. Chaplin

lunes, 31 de julio de 2017

Venezuela, para la libertad

Hoy en su cumpleaños, a mi madre, quien sigue allí.

 
Ya es treinta y uno de julio, 2017. Ya pasó el domingo del fraude constituyente en Venezuela, mi país.

Ayer, sin dudas, multitudes de personas dejaron el aliento en las calles diciendo NO a este atropello orquestado por las mafias, no sólo venezolanas, sino, de quién sabe dónde.

Y yo, me hago preguntas, se me aparecen miles de fantasmas. Sin poder añorar a un héroe, porque no creo en ningún político, excepto en alguno ya asesinado.

Me hago preguntas y no logro descifrar el juego de poder que continua matando de hambre a toda una población. Pero tal vez, el puzzle no es tan complicado, cuando el gobierno Ruso pide acatar los resultados del fraude constitucional, mientras que países como Argentina, Colombia, Panamá, México, Perú, España y  EE.UU se lavan la cara (tal vez no todos) rechazando los resultados.

¿Es que la tercera guerra mundial tiene como escenario Venezuela?; ¿Es que Rusia ha encontrado otra Cuba pero dotada de invaluables recursos naturales?; ¿Es que los carteles de la droga tienen tanto poder a nivel mundial como para ignorar la necesidad de cambio de un país?  Me hago preguntas simples, que tal vez se hacen millones. Los que aún conservan la reflexión y la dignidad, que les han sido compradas a otros.

Casi veinte años en el poder no es poco para borrar la memoria de los débiles, de los ilusos, de los que viven en su cómoda ignorancia; y aquí voy a citar a un gran pensador, ahora trillado hasta el aburrimiento, pero cuyo pensamiento sigue vivo y nítido para quienes podemos comprenderlo:  


Sí, Simón Bolívar, el libertador, tantas veces torturado por estos déspotas que gobiernan hoy su nación.

No quiero ya decir los cuentos terroríficos que me llegan de la mano de personas más que conocidas: amigos, familiares. Gente de a pie, o como ellos llaman: "el pueblo”, que viven día tras días un chantaje esquizoide para mantener sus puestos de trabajo, su pensamiento, su coherencia o más simple, su alimento: “Si haces huelga te despedimos”; “Si sales a la calle te metemos preso”; “Si dices algo en las redes sociales te matamos”; “Si no vas a votar no tendrás bolsa de comida”.

¿Qué clase de líder lleva un país al abismo para suspender los poderes constitucionales, prácticamente hacer un autogolpe, matar a la gente de hambre durante meses y luego repartir bolsas de comida con productos que no hay en el mercado en las mismas sedes de votación?

Para quién aún no se lo crea, eso pasa en Venezuela, el país donde crecí, el país donde vive mi familia, el país donde hace veinticinco años un día como hoy me gradué de bachiller y leí el poema Caminante no hay camino de Antonio Machado, sin saber que ese camino que me tocaría seguir sería “lejos del hogar” como a tantos inmigrantes, y seguir, seguir haciendo camino cuando de nada te sirve rezar.  

Siguen mis preguntas, mientras la democracia venezolana está herida de muerte, pero sobretodo sigue creciendo mi fe en los que continúan, en los que avanzan. No en los gobiernos, ni en los que nacieron para cumplir órdenes, creo que en las personas que están allí dejando sus días en las calles, haciendo camino para la libertad.

La libertad que evocó uno de mis más queridos poetas: Miguel Hernández, quien falleció en la enfermería de una prisión alicantina donde estaba encarcelado por la nefasta dictadura franquista.

Hoy, necesito compartir con todos mis coterráneos un fragmento de su poema: El herido, porque viéndolo desde la distancia que nos permite la historia, no se trata de izquierdas o derechas, sino de bastardos y lúcidos, de opresores y oprimidos, de humanismo o crueldad.  

“Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.”

Miguel Hernández

Foto: Gabriela Borges
 

jueves, 27 de abril de 2017

Una tarde con campanas o el sonido de la inmigración venezolana


"No digas coche, se dice carro.
No digas sandía, se dice patilla.
No digas gafas, se dice lentes.
No digas polla, se dice güevo.
No digas cortado, se dice marrón.
No digas cacahuete, se dice maní.
Carajo, que no digas, no digas, que no hables así carajo.
 
(Mi padre los domingos. Tercera cerveza)"
 
Juan Carlos Méndez Guédez: Una tarde con campanas
 

Ahora que mi Venezuela está jodida y radiante, quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa. Ahora que como dice el magnífico humorista Emilio Lovera somos el primer país del mundo exportador de venezolanos. Ahora que el juego está “trancao” y toca contar los tantos a ver que quién gana la partida. Ahora que es primavera, momento de siembra, y que por este lado del mundo acaba de pasar el hermoso día de Sant Jordi donde nos regalamos flores y libros, quiero hacer una breve reseña sobre una novela que me fascinó y me conmovió por dos cosas a la vez: por ser de un autor contemporáneo con una narrativa diáfana, que narra aspectos imprescindibles para nosotros los latinoamericanos y por estar escrito por un venezolano inmigrante. 
 
Una tarde con campanas,  novela finalista del V Premio de Novela Fernando Quiñones en 2009,  nos narra las emociones de un niño, José Luis, quien sin decidirlo emigra a España desde Venezuela. El autor no habla de aventuras, ni de encuentros, sino de realidades  y penurias en las que se sobrevive al maltrato y la depresión porque se hacen cotidianos e inofensivos. 

 
A través de José Luis los que añoramos la infancia volvemos recuperados de una pesadilla amada. Respiramos, y aliviados encontramos en la distancia un oasis donde limpiar las heridas .

 
La fuerza narrativa  de Juan carlos Méndez Guédez entra por nuestra psique despertando el universo cultural dormido: esa Venezuela con sus palabras, sus sabores, sus costumbres, su rabia y su ternura.

 
Mientras leía Una tarde con campanas el entusiasmo se fue apoderando de mí, es una novela que seduce, como los rumores. Sus personajes están allí con sus múltiples voces explicándote lo que pasa en ese recoveco que es el nuevo hogar de José Luis. La historia de ese niño sin edad, sus narraciones, sus sueños, se parecen a los nuestros, a esas versiones fantaseadas que nos hacemos cuando buscamos el recuerdo de lo que perdimos.
 
El humor también está presente y es otro componente que conquista la lectura. Ríes, lloras, te asombras, convives con la crueldad y el amor en un mismo plano. Como si ese escenario que te ha tocado vivir (si sientes empatía con el protagonista) no puede separarse, es uno solo. Como si en una esquina se encontraran de frente la fortaleza y la fragilidad de la infancia.
 
Resultado de imagen de yo seré tres mil millones de niñosFotografía de niños de un barrio en Caracas de Jonas Bendiksen publicada en el libro Yo seré tres mil millones de niños

lunes, 19 de diciembre de 2016

La Maternidad de Elna, dar a luz en plena oscuridad


En la maternidad de Elna mi madre me dio la vida y Elisabeth Eidenbenz, la confianza en el género humano
Sergi Barba (Presidente de FFREEE)


Hoy es uno de esos días en lo que ir en bici es un riesgo: hace frío, viento y lo que apetece es quedarse en casa, en nuestro refugio personal tomando una buena taza de té caliente.
Estos días pienso en los testimonios que leí en el libro La Maternidad de Elna de Assumpta Montellà. Este libro me hizo llorar de culpa, de rabia, de impotencia. Sin embargo, cuando se mencionaba a Elisabeth Eidenbenz la calma se apoderaba de todas las demás emociones y puedes sonreír porque alguien consiguió, con su trabajo, salvar las vidas de 597 niños.
La Maternidad de Elna es un ensayo escrito excepcionalmente, una interpretación colectiva de hechos vividos, una narración conmovedora. Este libro maravilloso es todo eso, pero sobretodo es una realidad divulgativa y reflexiva que nos hace mirarnos como personas y como civilización.
Además de leer el libro, tuve la suerte de asistir a una charla de Montellà en la biblioteca Biblioteca Marc De Vilalba en Cardedeu el pasado mes de noviembre. La autora nos explicaba a un ritmo frenético, imparable, como una poesía dolorosamente memorizada, relatos que no caben entre las páginas de sus libros, presencias que ella sintió con paciencia y que cultivó con el abono de la espera. 

Entre sus relatos se colaban las palabras: “frío, sed y hambre; frío, sed y hambre, frío, sed y hambre”… como un doloroso mantra que calaba en los huesos de los protagonistas de sus historias.