lunes, 22 de mayo de 2017

El bosque solitario y soleado de Alekos

 
Cuando Alekos se fue a vivir a Esparraguera le pregunté:
 
“¿Qué echas de menos de Barcelona?”

Y me respondió:
“Las basuras, brujita. Allí uno encuentra tesoritos.”

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Alekos, es de todo un poco: le pone color a las palabras, canta dibujos, escribe fotografías y narra sus andanzas por éste mundo y tantos otros.
Alekos es mi amigo desde hace muchos años. Desde que vi un cartel suyo en Venezuela y me quedé enamorada de sus dibujos. Unos diez años después lo conocí en persona, me dijeron: “Éste es Alekos”. Y yo dije: “¡Claro! Alekos”. Él me sonrió y nos reconocimos pa’ siempre.

 Lo que más me gusta de Alekos es que sobre todas las cosas que es y de las que trabaja, para mi él es un auténtico poeta. 
  

Alekos, después de vivir una quincena de años por este lado del mundo, volvió a Colombia. Antes de irse me regaló ésta entrevista, qué suerte tengo y qué suerte tienen los colombianos de volver a tenerlo cultivando poesía por aquellas tierras tan fértiles.

¿De dónde viene la semilla de esa capacidad que tienes para ser músico, para ser actor, para ser narrador, para ser ilustrador…?
Esa es una cosa muy difícil de definir, pero, en estos días hablaba con alguien y cada uno decía: “la época mejor de mi vida… tal… tal”…Yo creo que la época mejor de mi vida es ésta, pero, esa base, esa semilla está en mi infancia. El haber nacido en una casa con animales hecha por mi padre, de carpintería. Una casa campesina a las afueras de Bogotá. Pasar bien esa época con una creatividad popular agregada, yo creo que fue la base de todo porque la adolescencia me tocó muy peleada.
Me tocó pelear contra los curas, que me cortaban el pelo, me quitaban las cosas… Eso también te forja, pero allí no hay mucho espacio de creatividad. Aunque allí me encontré, por ejemplo, el primer elemento: la pintura.
Lo que a mí me pasa es que yo cojo algo, me gusta y se me queda conmigo. Hay gente que hace algo, lo hace y luego lo olvida. A mí se me queda, lo primero que cogí fue el dibujo, la pintura… Mi padre me ayudaba porque era calígrafo y medio pintor.
Entonces, resumiendo: la infancia como un periodo de latencia allí, de algo que se prepara. Lo que allí se prepara se queda. El bachillerato como de lucha… y luego en los años 80 se me empezaron a cruzar las artes. Estaba ya metido en la pintura, el diseño, pero se metió la música por allí, se me metió el teatro, los cuentos, se fueron conjugando y ahí ya no hubo salvación.

¿Tu padre también hacía muchas cosas?
Mi padre era un siete oficios. Era carpintero. Trabajaba en una empresa litográfica, era traductor de inglés y francés...aprendió leyendo pocketbook en los autobuses… 

¿Cómo germinó la semilla?
El hecho de salir de un colegio de curas y entrar a una universidad pública: ARTES. Un cambio tan bestia, tan extraño, porque además yo estaba metido en política en esa época, pero eso fue una diáspora.
Por ponerte un ejemplo chiquitico: yo entré a estudiar primero sociología porque quería cambiar el mundo. Mi padre me dijo: “usted estudie lo que quiera, pero yo creo que usted es artista”. Al año me cambié, entré a artes, el diseño no me gustaba mucho, me gustaba más el ambiente de los pintores, entonces tenía una amiga pintora y le dije: “déjeme entrar y estudiar un poquito”. Me metí allí a fondo con los pintores, terminé estudiando pintura mural, pintura de caballete grabado… y todo eso va agregando, yo fui agregando, agregando, por ahí me metí con la música, me metí con el folklore, trabajé con un viejo floklorologo  maravilloso de Colombia que me llevó por los pueblitos. Toda esa cultura popular también es un tesoro. Todo eso yo lo fui acumulando adentro. Todo eso fue saliendo, con el tiempo.
Cuando yo me siento mejor es ahora que puedo conjugar todo eso, que me encuentro con ese tejido, más lo que viene ahora con la cosa digital… es un agregado que cojo por las uñas…
Otra cosa es que me gusta trabajar con gente, con amigos, soy muy dúctil en eso. Sentir no competir con el compañero sino hacer moñona, hacer piña, que dicen aquí… Entonces, esas cosas también te enseñan mucho en la vida… Contigo hemos trabajado… por lo menos un momento de la vida y todo eso se agrega…

"...y aguamarina para inundar de esperanza este bosque desolado"
(Fragmento de una de mis poesías ilustrada por ALEKOS)

jueves, 27 de abril de 2017

Una tarde con campanas o el sonido de la inmigración venezolana


"No digas coche, se dice carro.
No digas sandía, se dice patilla.
No digas gafas, se dice lentes.
No digas polla, se dice güevo.
No digas cortado, se dice marrón.
No digas cacahuete, se dice maní.
Carajo, que no digas, no digas, que no hables así carajo.
 
(Mi padre los domingos. Tercera cerveza)"
 
Juan Carlos Méndez Guédez: Una tarde con campanas
 

Ahora que mi Venezuela está jodida y radiante, quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa. Ahora que como dice el magnífico humorista Emilio Lovera somos el primer país del mundo exportador de venezolanos. Ahora que el juego está “trancao” y toca contar los tantos a ver que quién gana la partida. Ahora que es primavera, momento de siembra, y que por este lado del mundo acaba de pasar el hermoso día de Sant Jordi donde nos regalamos flores y libros, quiero hacer una breve reseña sobre una novela que me fascinó y me conmovió por dos cosas a la vez: por ser de un autor contemporáneo con una narrativa diáfana, que narra aspectos imprescindibles para nosotros los latinoamericanos y por estar escrito por un venezolano inmigrante. 
 
Una tarde con campanas,  novela finalista del V Premio de Novela Fernando Quiñones en 2009,  nos narra las emociones de un niño, José Luis, quien sin decidirlo emigra a España desde Venezuela. El autor no habla de aventuras, ni de encuentros, sino de realidades  y penurias en las que se sobrevive al maltrato y la depresión porque se hacen cotidianos e inofensivos. 

 
A través de José Luis los que añoramos la infancia volvemos recuperados de una pesadilla amada. Respiramos, y aliviados encontramos en la distancia un oasis donde limpiar las heridas .

 
La fuerza narrativa  de Juan carlos Méndez Guédez entra por nuestra psique despertando el universo cultural dormido: esa Venezuela con sus palabras, sus sabores, sus costumbres, su rabia y su ternura.

 
Mientras leía Una tarde con campanas el entusiasmo se fue apoderando de mí, es una novela que seduce, como los rumores. Sus personajes están allí con sus múltiples voces explicándote lo que pasa en ese recoveco que es el nuevo hogar de José Luis. La historia de ese niño sin edad, sus narraciones, sus sueños, se parecen a los nuestros, a esas versiones fantaseadas que nos hacemos cuando buscamos el recuerdo de lo que perdimos.
 
El humor también está presente y es otro componente que conquista la lectura. Ríes, lloras, te asombras, convives con la crueldad y el amor en un mismo plano. Como si ese escenario que te ha tocado vivir (si sientes empatía con el protagonista) no puede separarse, es uno solo. Como si en una esquina se encontraran de frente la fortaleza y la fragilidad de la infancia.
 
Resultado de imagen de yo seré tres mil millones de niñosFotografía de niños de un barrio en Caracas de Jonas Bendiksen publicada en el libro Yo seré tres mil millones de niños

sábado, 22 de abril de 2017

Me quiere... no me quiere




Mañana celebramos el día de Sant Jordi aqui en Cataluña, es un día en que las ciudades y los pueblos se inundan de libros y flores, por eso, quiero regalaros tres poesías de "collita pròpia" (cosecha propia). Forman parte del poemario (inédito) Me quiere... no me quiere, que obtuvo mención Honorífica en el Concurso de poesía para niños: “Manuel Felipe Rugeles" (Venezuela-1998).
Las  ilustraciones son cortesía de mi hijo de cuando tenía tres años.
¡Espero que lo disfrutéis!



Antonio… Antónimo

 
Antonio busca en el diccionario.

A-M-O-R: conjunto de sentimientos que unen a una persona con otra…

Sinónimos: cariño, afecto, adoración, ternura… ¡Qué raro!

Yo pensé que amor era lo que Mariela sentía por mí,

cuando me voltea la mirada,

cierra las ventanas caramelo de sus ojos

 y me dice: ¡te odio, Antonio!

¿Será que Mariela se confundió con la lección de los sinónimos y antónimos?

 



 

Manuelidades

 
Llego al salón.

Saco los materiales.

Miro hacia la ventana, y allí está Manuel.

Recorto el corazón.

Lo pinto con mis colores.

Voy a sacar punta en la papelera y me encuentro  con… Manuel.

El corazón me quedó incompleto,

no pude pintarlo todo,

es que Manuel se me quedó mirando y yo mirándolo a él.

Manuel y yo le sacamos punta al tiempo,

los colores quedaron tan pequeños

que dejamos en la papelera un arcoíris de amor.

 

 
 
Soledad

 
Mi edad no importa, yo ya sé cuando amo la Soledad.

El Sol se esconde tras su sombra,

La sombra de ella, de mi soledad.

Soledad siempre esta callada,

no juega con nadie, es tímida y pequeñita,

Soledad acércate a mi, yo también estoy solo sin ti.


 

jueves, 23 de marzo de 2017

Rudo: tierno y arriesgado

Este espectáculo de circo contemporáneo me sorprendió por la sinceridad de su propuesta: Un actor, dos actrices y el riesgo.

La escenografía atemporal, nos envolvía en un ambiente más allá del muro, dirían los seguidores de Juegos de Tronos. Un espacio con colores ocres, arena, hierro y oxido, y en medio sobresale la madera pulida un violín (interpretado por Laia Rius) y un violonchelo (interpretado por Maria Bou).

Un hombre grande con aspecto rústico se mueve, nos mueve, mueve la escenografía y finalmente se pone el delantal de trabajo.  Es entonces cuando el circo nace, se intuye en esa búsqueda del equilibrio con los elementos más insólitos. Y te preguntas: ¿Estoy a salvo? ¿Este hombre sabe lo que está haciendo? Porque en Rudo puedes sentir miedo, pero afortunadamente todo está magistralmente medido.

 
La música protagonista por momentos, está muy bien interpretada por unos personajes que en medio de la mayor incertidumbre te hacen sentir a salvo.
Rudo, me atrapó, porque sale de lo común en sus ritmos, en sus materiales, en su forma de abordar el circo contemporáneo. Está plena de pequeños momentos de complicidad, de ternura y de fragilidad. Su escenografía, nos devuelve el sentido del espacio circular y además nos permite ver lo bello en las cosas más toscas.

Rudo es una obra de autor actuada y dirigida por  Manolo Alcántara, un artista multidisciplinar que juega con las estructuras, con el movimiento, con la física y que nos trasmite de forma sublime ideas que cultiva en su rico universo interior.

Aplaudo el riesgo de esta propuesta, pues su  búsqueda nos lleva a lo más esencial del circo: El equilibrio.  
 
 
Del proceso creativo

jueves, 23 de febrero de 2017

La isla de mi abuelo: comprender la pérdida


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“Cuando Leo zarpó, todos fueron a despedirse
La isla de mi abuelo Banji Davies

 
 

Los que escribimos para niños sabemos que ciertos temas son complicados de desarrollar, pero no por eso pueden estar vetados de la literatura infantil y juvenil.

La primera vez que me tocó explicar a mi hijo qué era eso de “estar muerto”, fue cuando se encontró en el parque un pájaro que no se movía. “¿Qué le pasa?” La respuesta automática fue: “Está muerto” y detrás de esa respuesta un enredo de explicaciones que me hicieron reflexionar sobre lo poco que sé del tema.

Lo mismo me pasó hace algunos años, cuando trabajaba en un cole y a la hora del patio se me acercó un niño de tres años y me preguntó: “¿Qué es la vida?”. Aquella pregunta era un tesoro. La vida era él, con su curiosidad, sus ganas de moverse, de descubrir, de crecer.

A veces, nos cuestan algunos temas, sobre todo cuando estamos inmersos  en una experiencia dolorosa.

Cuando murió mi padre, que era agricultor, mi hijo me regaló una frase: mirando hacia la ventana, lanzó un beso y dijo: “Se ha ido como el pajarito, volando, volando y ahora cultiva estrellas en el cielo”. Con tan solo tres años, su capacidad narrativa me sorprendió, buscó una forma de entender la pérdida, de ubicarla, de hacer con ella una metáfora.

Posteriormente, el tema de la muerte ha sido recurrente en nuestra casa, y como no queremos entenderla, sino, comprender cómo nos sentimos ante ella, busqué algunos libros para niños que nos pudieran ayudar.

Encontré libros de mucha calidad como: Es así de Paloma Valdivia, editado por Fondo de Cultura Económica; Una casa para el abuelo de Grassa Toro, editado por ZR; Mejillas rojas de Heinz Janisch de Lóguez ediciones y hasta busqué aquella poesía ilustrada Una señora con sombrero de Jacqueline Golberg de Monte Ávila editores que guardaba con gran aprecio en mi biblioteca. Todos estos textos son valiosos y estéticamente impecables, pero muy complejos para la edad de tres años.

Fue una amiga ilustradora la que dio con, desde mi punto de vista,  el mejor libro que hasta ahora he leído sobre la pérdida y que sí puede ser leído por todas las edades: La Isla de mi abuelo, el libro álbum de Banji Davies, publicado por la editorial Andana, una de estas obras de arte que trata el tema de la pérdida sin hablar directamente de la muerte.
 
 
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domingo, 5 de febrero de 2017

El carmen de Antonio Masegosa


“Ahora me dedico a poner luz en las personas a través del teatro”

Antonio Masegosa

 


Antonio Masegosa es actor, director y multiplicador de Teatro del Oprimido. Nació en Castilléjar, un pueblito blanco de la provincia de Granada.
A finales del 2013 crea su proyecto uTOpia Barcelona.
Antonio, tiene los ojos verdes y te mira fijamente cuando habla, cosa que hace más visible la transparencia de sus palabras.



¿De dónde viene la semilla del teatro en ti?
La semilla del teatro en mi viene justo de allí, de mis raíces, de estar en un sitio desprotegido a nivel cultural con falta de actividades. Yo estaba solo, pero tenía un campo para explorar. Yo aprendí lo que era el teatro sin haber ido nunca al teatro. Creaba mi visión del teatro, al principio lo jugaba más como circo y llamaba a las vecinas y les hacía mi show de circo… con tal vez cuatro años, cinco… seis..
Tuve mucha dificultad para tener contacto con el teatro, de hecho yo, la primera vez que fui al teatro profesional fue a partir de los dieciocho años.

Yo empecé a estudiar arte dramático porque la orientadora del instituto me dijo: “Antonio, tu eres así muy creativo, ¿qué vamos a hacer contigo?"  Me gustaría hacer teatro, le respondí.

¿Cómo empezó a germinar esa semilla?
Lo del instituto para mí fue un descubrimiento, pero no fue como la revelación que me unió con el teatro. Yo con el teatro ya estaba unido desde antes. En el cole la gente hacía teatro para estar en la función de fin de curso, pero para mí era alucinante, deseaba que llegara el final de curso para entrar en todo el proceso teatral.  Con los años también he observado que yo estaba más detrás que delante. Me gustaba más estar en la dirección, en la visión del todo, más que en la actuación. La semilla germinó años tras años en el cole.

¿Qué abono usaste para que esa semilla creciera?
¿Qué abono? Usé diferentes abonos: el quedarme con los pequeños detalles que me parecían interesantes. A día de hoy lo llamaría estéticas o poéticas. De un todo yo extraía lo más mínimo que nadie veía, pero que a mí me resultaba interesante. Hacía siempre construcciones de mínimos, creaba cosas con mis recursos. Rescataba cosas y las recreaba, de una película, de una conversación, de un vestuario, de un viaje. Mis padres viajaban mucho y me hacían viajar mucho, a ese nivel, igual que no tenía cubierta la parte de actividad diaria de “te apunto a música, te apunto a teatro” porque no había; sí tenía los viajes, de los que rescataba esencias, que luego me servían para plasmarlas cuando escribía.
 
 Fotografía de Felipe Tobon
 
¿Cuáles son tu pico y tu pala?
El pico, que es como indagar, son las personas. Tengo una atracción enorme por entrar en las personas y saber qué. Y la pala, es lo estético, las ganas de transformar a partir de lo estético. Quiero huir del mundo aburrido, de lo rutinario y entonces me las ingenio a veces internamente y externamente, a través de mi trabajo, para que la vida no sea monótona.

jueves, 26 de enero de 2017

Brotes de Lucidez

El jueves 19 de enero se estrenó la obra Sopars d’Etiqueta de la compañía Brots de Pallapupas, pallasos d’hospital.  Brots, con la dirección de Antonio Masegosa;  es uno de los tres grupos del proyecto compañías, del programa de teatro social de Pallapupas. En este programa, profesionales del teatro trabajamos (yo formo parte del equipo) para que las personas diagnosticadas con un trastorno mental puedan mejorar su salud emocional,  conocer sus propias herramientas de comunicación y puedan ser protagonistas y transformadores de su historia.
 

Sopars d’Etiqueta, es un espectáculo peculiar y atrevido, de esos que te hace contactar con tus emociones.
Con una producción hecha a mano y a medida, la compañía Brots ha conseguido recrear el espacio de ensayo de la misma sede de Pallapupas, para convertirla en un lugar donde el tiempo va y viene, como nuestro pensamiento. Tomándose la licencia literaria del flashback, te llevan de la mano para escuchar desde muy cerca las historias personales de personajes que rozan lo freak.

Pero, ¿quién no es un poco freak, un poco loco, un poco raro, un poco tímido, un poco extravagante, un poco mezquino, un poco excéntrico? ¿Quién no tiene una manía, una costumbre, una limitación? O tal vez, rasgos de TOC, TEA, TDAH o TLP.  Tal vez todos, sí. Pero no todos tenemos que tomar una medicación, ni hemos padecido un ingreso en una unidad de salud mental, ni llevamos esas etiquetas. Ésas abreviaturas, (reduccionismos, simplificación) no representan los rostros, los gestos, los cuerpos, los movimientos, las palabras, mucho menos las emociones de quienes las llevan en sus espaldas, debajo de su capucha, en sus ojos, en su boca.

Sopars d’etiqueta es una obra magnífica, con unas actuaciones impecables, una dirección arriesgada y fluida, una estética cuidada y un texto muy personal.  Es una voz que te pregunta, que te invita a comprender. Con un humor mordaz, esta obra te propone sentarte a cenar con quienes sí tienen un diagnóstico, conviven con el riesgo y necesitan de tu empatía para tener un espacio en nuestra sociedad.
Es una obra que te pone en la piel del otro, y desde ese otro lugar puedes sentir la tristeza de la soledad o la magia de la compañía. Sin duda, lo que siembra la compañía Brots, más que locura, son brotes de lucidez.
Si haces un click en la foto puedes ver todas las fechas de las actuaciones, es un espectáculo íntimo y de aforo limitado. ¡No te lo pienses!
 

http://pallapupas.org/producte/estrena-sopars-detiqueta-19012016/
 
 
 

lunes, 19 de diciembre de 2016

La Maternidad de Elna, dar a luz en plena oscuridad


En la maternidad de Elna mi madre me dio la vida y Elisabeth Eidenbenz, la confianza en el género humano
Sergi Barba (Presidente de FFREEE)


Hoy es uno de esos días en lo que ir en bici es un riesgo: hace frío, viento y lo que apetece es quedarse en casa, en nuestro refugio personal tomando una buena taza de té caliente.
Estos días pienso en los testimonios que leí en el libro La Maternidad de Elna de Assumpta Montellà. Este libro me hizo llorar de culpa, de rabia, de impotencia. Sin embargo, cuando se mencionaba a Elisabeth Eidenbenz la calma se apoderaba de todas las demás emociones y puedes sonreír porque alguien consiguió, con su trabajo, salvar las vidas de 597 niños.
La Maternidad de Elna es un ensayo escrito excepcionalmente, una interpretación colectiva de hechos vividos, una narración conmovedora. Este libro maravilloso es todo eso, pero sobretodo es una realidad divulgativa y reflexiva que nos hace mirarnos como personas y como civilización.
Además de leer el libro, tuve la suerte de asistir a una charla de Montellà en la biblioteca Biblioteca Marc De Vilalba en Cardedeu el pasado mes de noviembre. La autora nos explicaba a un ritmo frenético, imparable, como una poesía dolorosamente memorizada, relatos que no caben entre las páginas de sus libros, presencias que ella sintió con paciencia y que cultivó con el abono de la espera. 

Entre sus relatos se colaban las palabras: “frío, sed y hambre; frío, sed y hambre, frío, sed y hambre”… como un doloroso mantra que calaba en los huesos de los protagonistas de sus historias.
 
 

miércoles, 7 de diciembre de 2016

El porqué de que Venezuela no sea aún el país de las últimas cosas

En agosto hice un viaje triste y rápido a Venezuela, mi país de origen. Mi padre falleció con 87 años de amibiasis. Las amebas son unos parásitos que se aloja generalmente en los intestinos. Es una enfermedad bastante leve, pero en el caso de mi padre se complicó.
 
Comprobé por lo tardío del diagnóstico: dos semanas después de su muerte, que las clínicas en Venezuela podrían llegar a convertirse poco a poco en aquellas clínicas de eutanasia que describe Paul Auster en su libro El país de las últimas cosas. Descubrí una Venezuela que se está quedando sin recursos, entre otras cosas, porque los ladrones no solo roban dinero sino también la memoria de las personas. Tanto así, que les están haciendo dudar si alguna vez hubo algo allí.

El conuco de mi familia en el  Ávila
 
Mi padre, quien de sus 87 años trabajó 80, casi el doble de lo que trabaja una persona en un país donde hay derecho a una jubilación digna, no sabía hacer otra cosa que trabajar. Era agricultor, vivía en el maravilloso Parque Nacional El Ávila y bajaba su mercancía al Mercado de Quinta Crespo. Madrugaba los martes y los sábados, y a su edad, carretilla en mano, descargaba un camión de frutas y flores. Era decente hasta el tuétano y generoso hasta acabar con la frase: “lo necesita más que yo” después de que le quedaran debiendo dinero o lo robaran. Él que quería llegar a los cien años, porque le encantaba vivir, se abandonó a la muerte porque mientras unos parásitos le perforaban el colon, otros que aún siguen allí, le quitaron las ganas de vivir.
 
Él que siempre buscó la abundancia entendida como una mesa donde hubiera de todo para todos, sufría al llegar a su hogar sin una chuchería para las bisnietas. Triste, dice mi madre, llegaba con una bolsita mirria que ponía sobre la mesa con desgana. Aún con la tristeza a cuestas mi padre hacía sus pequeños proyectos: sembrar azucenas y repartir las ganancias entre él y mi mamá, hacer hallacas en diciembre, juntarnos toda la familia. Sueños heredados que germinan en conversaciones y encuentros.
 
Durante los novenarios, la gente se me acercaba y me explicaba cuentos sobre él, todos ellos podrían reunirse en una antología titulada: “el hombre más generoso de allí”. Pero eso será motivo de otros escritos. Esas anécdotas me gustaban, pero venían seguidas de quejas sobre la situación política del país, esto no me sorprendía porque yo era “carne fresca” para quienes necesitan a viva voz desahogar su malestar. Lo que me inquietó fue la frecuente pregunta de: “¿En España se consigue de todo?” Invariablemente respondí: “Sí, como aquí hace unos escasos años”, la contestación a mi respuesta era una mirada como la de Anna Blume, protagonista del libro de Auster: 
 
"Era como si algo les impidiera recordar"