lunes, 29 de enero de 2018

Isabela Méndez: la tierra para crear


Absoluta actriz, absoluta narradora y poeta. Ver a Isabela es ver personificada la creatividad. Con gran talento y un educado gusto estético Isabela se mueve por el mundo entre sombras, y desde allí es capaz de observar lo que a otros nos pasa inadvertido.



Cuando acabo una sesión y la gente se mira de otra manera y se abraza es que hemos hecho algo entre todos. El cuento no sucedería si el otro no está allí para respirarlo.”
Isabela Méndez

¿De dónde viene la semilla del teatro en ti?
De la necesidad de comunicar y de reproducir lo que veía de cerca. Yo recuerdo que a los ocho añitos, es un recuerdo clarísimo, me dormía rezando un mantra, que yo no sabía que existían, que decía: “quiero ser actriz, cantante y escritora”. Supe que iba a ser actriz desde que tenía ocho años, tenía una absoluta certeza de eso, los miedos han venido de grande, en aquel tiempo tenía una convicción clarísima porque mi amor por el teatro, el canto y la poesía yo no me lo cuestionaba. Era solo algo que estaba, y era solo cuestión de tiempo que yo me vistiera con todo eso, que yo lo habitara. Dentro de mí eso estaba latente.

¿Cómo empezó a germinar ese deseo, ese mantra?
Yo comenzaba en casa a disfrazarme. Me encantaba escuchar los acentos y reproducirlos. No sólo imitar, sino crearle una vida a ese acento. Me encantaba.
Tuve la bendición enorme de que mi madre es artista y estaba dentro del círculo de artistas de Caracas, tanto ella como los demás vieron que había posibilidades.
Y otra cosa que hacía yo era grabar, yo grababa mis programas de radio. Yo inventaba canciones y escribía poesía. Me encantaba la rima. Estaba todo junto y sigue estando junto. El teatro está cerca o al lado de la canción, de la poesía y de las artes plásticas. Como mi madre es pintora, pues también todo el tema manual siempre estuvo muy presente.



¿Cuál fue el abono que llegó para que esa semilla creciera y no se quedara en un retoño?
Yo creo que parte del abono tuvo que ver con los sitios a los que me llevaba mi madre, por ejemplo, íbamos incansablemente a exposiciones, cosa que a mí, honestamente, entonces, me hostinaba*. Yo crecí en la Cristóbal Rojas, en el Museo de Arte Contemporáneo, Bellas Artes, la Galería Viva México… Mi hermana y yo éramos dos cominos y estábamos todo el tiempo de exposición en exposición.  Y a mí me hostinaba*,  asumo ahora que también en parte me fastidiaba porque yo veía poco, pero yo no lo sabía.  En cambio me moría de amor por sentarme y ver a la gente que pasaba, yo me fijaba en las escenas: La niña que quería que le compraran el helado y no dejaba de fastidiar. Las estrategias que usaba para que finalmente la mamá dijera que sí… O el tema del cortejo, y como en el Caribe eso está tan a flor de piel, si aparecía una mujer guapa, por ejemplo, cómo se ponían los hombres… Las técnicas que utilizaban para abordarla o cómo la veían, cómo se acercaban. Yo creo que eso fue un abono que yo recibí del ambiente.
Otra cosa que también sucedió, es que como mi madre estaba en ese universo creativo, en las colas inmensas del tráfico de Caracas, de la casa al colegio o del colegio a la casa mi madre nos hacía crear historias. Entonces habían como tres técnicas: una de ellas era elegir tres personas por el camino arbitrariamente, y tú imaginabas qué iba a hacer esa persona o qué venía de hacer. Esa era una manera de incentivar en mí las historias. Y eso es lo que yo siempre he querido hacer como actriz, contar historias en primera persona. Mi principal abono tuvo que ver con mi madre y con la observación.
También empecé a formarme con el grupo de teatro del colegio. Yo me lo tomé con la intensidad y el rigor como si yo estuviera en el Actors Studio.

¿Aunque luego estuviste en el The Lee Strasberg Theatre & Film Institute?

Sí exacto, y Lee Strasberg salió del Actors Studio.



En tu trabajo profesional, ¿cuáles son tu pico y tu pala?
La palabra y el silencio. Luego lo gestual. Yo soy muy histriónica. A veces tengo la sensación (por ventaja o desgracia) de que no tengo filtro. Es como si estuviese en carne viva. Es tremendo porque los estímulos también los siento así de inmediato en el cuerpo. Lo cual me favorece mucho como actriz y como artista en general y por otro lado, me genera padecimiento.
Cuando digo palabra y silencio, no sólo hablo de la palabra hablada y del silencio que se genera cuando hay ese vacío, sino, del silencio en el papel. Cómo colocas la palabra en el papel y el vértigo que produce ese papel.

Frutos y flores que has recogido con tu trabajo profesional…
Hubo un montaje que me tocó muchísimo y que trajo muchas recompensas: visibles y tangibles. Cuando me dirigió Javier Vidal en Amor que mata en la Compañía Nacional de Teatro (Venezuela) fue un momento extraordinario porque además había una gente en el escenario muy potente. Estaba Rafael Briceño, hacía la música Aquiles Báez, dirigía la compañía Isaac Chocrón. Fue como una confluencia de gente impresionante. Eso produjo que me dieran premios (Actriz revelación del año de la Casa del Artista y del Marco Antonio Ettedgui). Ese montaje fue hermoso porque además yo podía cantar allí y esa es otra herramienta que disfruto mucho.

Quizás otro de los proyectos que más satisfacciones me ha dado, fue Señor Pablo, dirigido por Santiago Sánchez. Tú lo viste… Anita tenía dos parlamentos en la obra y sin embargo, para mí fue un universo impresionante. Yo inventé que ella tenía una cajita de tesoros y cada tesoro tenía algo que contar. Era un personaje con parálisis cerebral y retraso profundo. Yo estuve un tiempo yendo a AVEPANE (Asociación Venezolana de Padres y Amigos de Niños Excepcionales) a observar y me produjo una conmoción tremenda ver cómo aquella gente que estaba pintando consideraba una victoria absoluta llevar el pincel, mojarlo en el pigmento y conseguir plasmar una raya en el lienzo. Era la vida. Era un momento de fascinación absoluta. Eso me enseñó mucho de la vida porque celebramos tan poco tantas cosas enormes que tenemos a diario, y ellos celebran lo que para nosotros puede ser nimio. Ese personaje tuvo una gran vida interior, yo aún me conmuevo de pensarlo. El trabajo corporal fue tan bestia que yo todavía puedo reproducirlo. Ella estaba toda contrahecha. ¿Lo recuerdas? 

Sí, yo fui a ver la obra y sabía que tu actuabas. Estaba en el programa. Pero la obra avanzaba y no te veía en escena, y Anita ya tenía mucho tiempo dando vueltas por ahí… y yo pensaba: “Isabela no está”. Hasta el final cuando te vi en el saludo. Llegué a pensar que Anita era una niña que habían incorporado al montaje...

Pasó de todo con Anita, en uno de los pases fue una chica que se dedicaba a la educación especial, y estuvo a punto de levantarse de la silla enfurecida porque pensó que le estaban sacando provecho económico y hasta el final no supo que era una actriz.




¿Qué cultivas con tu trabajo?
Siento que cultivo la imaginación. La mía y la del otro. Y creo que es vital en la cultura actual, del ser humano urbanita que está absolutamente dependiente y pendiente de pantallas, donde todo te lo dan digerido. Tal vez por eso me he enamorado de un modo sin retorno de los cuentos orales… porque los  cuentos me ofrecen algo que el teatro no me ofrecía, que tiene que ver con que entre todos creamos un imaginario y donde yo puedo contactar directamente con el público sin que aparezca la cuarta pared.

¿Qué valores siembras?
La empatía, la solidaridad. Para mí el humor es un valor también. Un humor respetuoso.

Si tu trabajo estuviese vinculado a la tierra, ¿Qué tendrías? Un huerto, un jardín…
Yo sería alfarera, yo necesito la tierra para crear. Yo con la tierra haría macetas.

Frutos que recoges con tu trabajo
Risas y sonrisas. A veces lágrimas. Recojo algo que es intangible y que es un aire que tejemos entre todos. Cuando acabo una sesión y la gente se mira de otra manera y se abraza es que hemos hecho algo entre todos. El cuento no sucedería si el otro no está allí para respirarlo. 





*Hostinar: modismo venezolano que quiere decir fastidiar, disgustar. También puede encontrarse como "ostinar"

Las ilustraciones de este artículo son de la autoría de Isabela Méndez. 

Otras webs de Isabela Méndez:
Del vientre de un tintero
Chamanicabcn

viernes, 29 de diciembre de 2017

Tierra adentro...


El día 22 de diciembre recibí un bello regalo pre-navideño. Esa noche, después de un largo día de trabajo en Barcelona, hice una sesión de cuentos en el Pla de la Calma, un lugar en Cardedeu donde la narración oral ha encontrado regocijo y bienestar. Alicia Molina, narradora oral y activista cultural, es la artífice de esta programación que tiene fieles y amables espectadores.

Digo que esta sesión fue un regalo porque pude contar muchos de los cuentos que me han acompañado durante años. Pude contar con ese deje venezolano que tanto añoro y pude compartirlo con un público sensible y respetuoso. Personas que abrieron sus sentidos para entrar en cada historia por lejos que ocurriera de su entorno o de su cultura. Fueron ellos quienes hicieron de Tierra adentro una de las sesiones más especiales que he entramado. Fueron ellos los que me hicieron sentir en casa: en el Ávila donde crecí y en Cardedeu, mi hogar. 



Entre los cuentos del repertorio, incluí uno de José Rafael Pocaterra que estoy segura viene a la memoria de los venezolanos por esta época del año. Es un cuento lleno de ternura y de crueldad. De cálida inocencia y vil sarcasmo social. Es un cuento con el que puedes reír y también inundarte de tristeza. Su protagonista es invisible para muchos y un estorbo para otros, es de esos que reciben el año en la calle, porque sobre sus cabezas soñadoras no existe otro techo que las estrellas. A ellos, les dedico mi versión de Panchito Mandefuá deseando que el 2018 nos regale la utopía de un mundo más justo, más humano, como diría Panchito: ¡Própero 2018 Archipetaquiremandefuá!


Panchito Mandefuá

Panchito Mandefuá era un granuja billetero, nacido de fulanito con menganita. Como una flor de callejón. Chiquito andrajoso con una desvergüenza de nueve años, que creció haciendo mandados para llevarse algo de comer a la boca.

Como no tenía apellido muchachito inventor, quiso llamarse Mandefuá, porque le sonaba importante y refinado, así la gente creería que él era hijo de un musiú (monsieur) y no de cualquiera.

Se la pasaba con un fajo de billetes aceitosos y un paltó de cachemir cuatro tallas más grande que su delgado cuerpo. Pero con grandes bolsillos donde Panchito podía guardar infinidad de tesoros y un pequeño bolsillo interior que no tenía ni un agujero, orgullo para Panchito, donde escondía sus cigarrillos.  Sin embargo, lo que más preciaba Panchito de su paltó era que lo abrigaba en las frías noches callejeras de enero.

-¡Aquí lo llevo! ¡El número ganador, el que nunca falla ni fallando! ¡Archipetaquiremandefuá!!!

Archipetaquiremandefuá era la palabra que usaba panchito para pregonar los billetes de la lotería, y también para decir todo aquello que le gustaba, que le sorprendía, que le emocionara, que lo asustaba... O cuando necesitaba gritar a los cuatro vientos alguna palabrota… Entonces, archipetaquiremandefuá, encerraba una fórmula anarquista que resumía todas las protestas de su inventor.

Panchito iba una tarde calle arriba, calle abajo pregonando el número ganador como si estuviera viendo la bolita. Era la víspera de la noche buena y ese día estaba de buen humor porque había vendido cinco números enteros y seis décimos, se sentía millonario y pensaba irse esa tarde al circo o al cine para celebrar su triunfo. También quería comer hallacas, ensalada de gallina, pan de jamón y hasta podría alcanzarle para fumarse una cajetilla nueva de marlboros.

De repente se detuvo en una esquina y vio a unos cuantos bribones haciendo círculo alrededor de una niña. Como un héroe sonó: ¡Archipetaquiremandefuá!!!!!

Pero nadie pareció escucharlo. La niña lloraba mientras contemplaba cómo los granujas se comían una bandeja de dulces que se le había caído. Estaban tan buenos que lamían el suelo.

En eso llegó un agente y todos salieron corriendo, menos Panchito y la niña que se quedaron embobados mirándose hasta que el policía los mandó a desalojar la acera por donde pasaban con prisa los transeúntes.

-¿Qué te pasó?-Preguntó Panchito a la niña.-
-Que me tropecé y me caí, y se me cayeron todos los dulces…
-¿Cómo te llamas?
-¿Yo? Margarita.
-¿Y esos dulces eran para tu mamá?
-Yo no tengo mamá. 
-¿Y papá?
-Tampoco.
-¿Y con quién vives?
-Vivo en la casa de una señora que me recogió, trabajo para ellos.
-¿Y te pagan?
-¿Me pagan qué?

Panchito suspiró con ironía, otra cosa no, pero de derechos laborales él sí que sabía.

-¡Guá! ¡Archipetaquiremandefuá! Al que trabaja se le paga.

La niña respondió ofendida:

-Me dan la comida y la ropa. Y me enseñan a leer ¿Tú sabes leer?
-¡Archipetaquiremandefuá! ¡Claroooo!- Gritó Panchito mintiendo sin disimulo- Y además se de números.-Mostrando los billetes- Yo gano para ir al cine, comprar mi comida y fumar.

Dicho esto encendió un cigarrillo, por las dudas.
-Más que pagarme… lo que van a hacer es pegarme.-Rompió a llorar la niña otra vez.-

Panchito se llenó el pecho de generosidad y le preguntó:

-¿Cómo cuántos se te cayeron?
-Aquí tengo la lista-Sacó la niña un papelito arrugao y sucio del bolsillo de su delantal.
-¡Espérame aquí!

Archipetaquiremandefuá, salió Panchito con la bandeja en la mano, corrió calle abajo, calle arriba y un cuarto de hora más tarde estaba al lado de niña con el mandao hecho.           

-¡Mira! ¿Esto jué lo que se te cayó no es gerdá?
           
La niña se le abrazó al cuello y se le iluminó la carita sucia.
           
Panchito acompañó a Margarita hasta su casa, por si acaso se le volvían  a caer los dulces. Por el camino él aprovechó y le contó que tampoco tenía familia, pero que sabía ganarse la vida, que le sobraba la plata.
           
-Aquí es.- Dijo la niña llegando a una casa grande con portón.-
           
Se miraron como quienes se miran en un espejo limpio. Sin saber cómo despedirse.
           
-¿Cómo te pago yo?-Le preguntó la niña con tristeza.-
-Si me das un beso.
-No, no. Eso es malo.
-Archipetaquiremandefuá. ¿Por qué?
-Guá porque sí.

Pero no era Pancho Mandefuá a quién se convencía con un porque sí. Así pues que sujetó los hombros de la niña y le pegó un par de besos llenos de dulce travesura, y tal vez de todo lo que había robado en su vida, eso era lo que más necesitaba.

-¡Archipetaquiremandefuá!-Gritó la niña.-

Estaba como una amapola recién brotada. Cuando de repente de abrió el portón de la casa y la mandaron a entrar entre gritos e insultos.

Panchito se la quedó mirando… Y cuando al fin volvieron sus pies a la tierra, se dio cuenta que era un botarate. No le quedaba ni pa’ la hallaca de noche buena. ¡Quién lo mandaba! Archipetaquiremandefuá.

Sentía desconsuelo y al mismo tiempo loca alegría interior. No olvidaba en medio de su desastre financiero los ojos de Margarita.

-¡Qué carajo! El día de gastar, se gasta. ¡Archipetaquiremandefuá!

Con lo que le sobraba se fue al circo. Cuando salió del espectáculo iba distraído pensando en su menú: “un bollito, un café con leche… como mucho si me alcanza…” Y en medio de sus pensamientos se cruzó un cornetazo brusco. Después, un sonido sordo de esos que nadie quiere escuchar.

Y allí quedó, un cuerpecito frío cubierto con un paltó de hombre.

Cuentan que así fue como esa noche buena Panchito fue invitado por el Niño Jesús a cenar en el mismísimo Cielo.  ¡Archipetaquiremandefuá!

Cuento original de Jose Rafael Pocaterra. Versión de Irma Borges


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Imagen de la película The kid. Chaplin

lunes, 27 de noviembre de 2017

Duermevela: Transformar el miedo en curiosidad










“Cuando Elisa no puede dormir sale a dar una vuelta por Duermevela”



Desde octubre podemos ver en las librerías Duermevela, libro álbum para niños que nos habla de una inquietud que tenemos la gran mayoría de padres: que nuestros hijos se duerman tranquilos.

Este libro tuve la oportunidad de conocerlo a través de su autor, escritor venezolano y amigo muy querido: Juan Ignacio Muñoz-TébarJuan Ignacio  me explicó  que el proyecto germinó una noche en la que su hijo Gastón no podía dormir. Allí surge la necesidad, y como muchas obras que surgen de la necesidad individual, Duermevela se convierte en una obra universal.

Es muy común entre los niños que antes de dormir los asalten pensamientos que nacen del miedo. Aparecen ogros, brujas, animales feroces. La oscuridad es vista como un espacio infranqueable donde las sombras y los sonidos se convierten en posibles monstruos informes detonantes del llanto. La compañía emerge con un escudo y los padres perdemos la paciencia, pues queremos que nuestros hijos se duerman solos.

Para Juan Ignacio Muñoz-Tébar los monstruos y los miedos también pueden dormir. Y al igual que nosotros, justo antes de dormirse, también se pasean por la vigilia. Así que un día decidió acompañar a su hijo a través de un bosque oscuro y darles las buenas noches a todos los animales, los fantasmas y los miedos que lo habitaban.

Esta preciosa idea podría haberse quedado en la habitación de un padre que le explica a su hijo un cuento. Pero no fue así. Juan Ignacio Muñoz-Tébar elaboró la historia y tocó la puerta de una de las más prestigiosas editoriales para niños: Ekaré. Tal vez fue el azar, pero sembrar una semilla en el lugar correcto y en el momento oportuno puede dar como resultado un fruto maravilloso.


De la idea inicial al resultado pasamos por un proceso de casi tres años, explica Juan Ignacio. Un proceso de creación al que se une otro venezolano: Ramón París, quien con sus ilustraciones ilumina el recorrido que hace Elisa, la protagonista del cuento, por el mundo de la vigilia.

Con dos venezolanos como creadores y Ekaré como editor (ésta editorial nace en Venezuela en 1978), el libro comienza a "tropicalizarse". El bosque inicial se convierte en una selva y sus habitantes son tan exóticos como en realidad lo son muchos de los animales que habitan aquellas tierras. El texto y la ilustración se dan la mano como en los mejores libros-álbumes; se acompañan y se completan, sin que nada sobre o falte. Los silencios del texto se funden en las magníficas ilustraciones normalizando la oscuridad, en un recorrido en el que puedes escuchar los bostezos de aquella selva.

Elisa al principio camina sola, y luego, lo hace en compañía de su amigo Estebaldo, un oso hormiguero que tampoco puede dormir y que se alumbra con un tarro lleno de luciérnagas. La luz es uno de los elementos de mayor interés en este libro álbum. Elisa y Estebaldo salen con sus pequeñas luces a iluminar la frondosa oscuridad de Duermevela. Una selva que se tiñe de color a través de sus pasos, y que les descubren animales y estrellas.

Duermevela es ese lugar de tránsito entre la realidad y el sueño, un puente que nos ayuda a quedarnos dormidos sin que nada nos cause temor. Duermevela es un viaje tranquilo que nos invita a transformar el miedo en curiosidad. No hay más que seguir el ejemplo de Elisa: acompañarnos de un tarro de lucidez, de  paciencia y serenidad  para darles las buenas noches a nuestros hijos.


martes, 31 de octubre de 2017

Adrián Schvarzstein: Frágil corazón de roble



“En el mundo estamos para hacer lo que nos gusta y para vivirlo bien. 
Luchar por lo que quieres y conseguirlo”


Adrián Schvarzstein



Adrián Schvarzstein es actor y director de teatro de calle, circo y ópera. Los que hemos compartido parte de su trayectoria artística sabemos que es imparable, incansable y constante.  

Cuando le escribo no le pregunto cómo está, sino, dónde. Su respuesta es siempre diferente. Hoy en su cincuenta aniversario mientras algunos leéis esta entrevista, él, como no, está subido en un avión rumbo al continente que lo vio nacer.


¡Felicidades Adrián! ¡Salud y vida!
 



¿De dónde viene la semilla de hacer teatro en ti?

Yo tengo una imagen: De niño en Italia, voy a un centro lúdico para niños que hacen actividades donde te vistes, haces personajes, te conviertes en otro. Y mí me encanta este lugar. Me queda el trauma de que mis padres no tenían dinero para pagarme ese centro lúdico, por lo tanto, no pude participar. Yo tengo esa imagen muy metida, aún ahora, son de esas cosas que te quedan. Y dije: “Algún día tendré que hacer eso”.

Después hay otra cosa: en el teatro trabajas sobre la observación de los otros. Nosotros siempre hemos sido una minoría. Quiero decir: emigrantes argentinos que llegan a Italia; judíos que llegan a una sociedad totalmente católica... Mis amigos y yo jugábamos fútbol en el patio del seminario y luego tocaba catequesis para prepararse y hacer la comunión. Yo entraba con ellos. Entonces, venía el cura y me decía: “No, tu sal. Esto es sólo para los cristianos”. Y yo no entendía porque era un niño que quería estar con sus amigos… Allí te vas dando cuenta. Yo le llamo marginación positiva porque nunca lo he sufrido. Eso te crea una necesidad y el teatro puede ser una muy buena solución.



¿Dónde germinó esa semilla?

Luego, en Barcelona. En la Escuela Italiana de Barcelona llega un profesor sustituto: Josep Cervelló. Una persona innovadora, joven, y decide hacer teatro.

Yo era muy rebelde, yo era muy tremendo en la escuela. Tenía problemas de disciplina. No porque era un gamberro. Simplemente, mi gamberrismo venía de no aceptar las reglas que yo veía absurdas: “¿Por qué no puedo tomar un té durante una clase? ¿En qué molesta?” Entonces yo sacaba mi termo y tomaba té. A éste hombre eso le gustaba. Todos me castigaban y éste no. 


Cuando propone hacer teatro, a mí me pareció fabuloso. Pasó que uno de los que tenía un papel se enfermó y me dijo: “¿Por qué no lo haces tú?” Tuve que improvisar el papel, porque yo más o menos me lo sabía. Tengo una imagen: Eran Los reyes malditos de Maurice Druon, y había una escena en la que el rey le decía a uno de sus ministros, que era yo: “Por favor, siéntese” Y no había silla. Se habían olvidado de poner las sillas, y me acuerdo que mi reacción fue: “No hay silla”, pasó de ser una escena dramática a cómica.  Eso me encantó, me encantó eso de la improvisación. Hay que incorporar el accidente, eso para mí ahora es básico.


Ésta digamos fue la segunda etapa. La tercera etapa es el momento en el que yo estudio en Israel arqueología.  Busco un trabajo y me ofrecen ir a trabajar en un teatro, de lo que se llama: “factótum”, que era: descargar el camión, montar escenografía, pintar el teatro, cablear luces… y allí aprendo lo que es el oficio. Todo lo que hay detrás.

Un día me doy cuenta que esto me gusta más que lo que estoy haciendo, que era estudiar arqueología, y me pongo a estudiar teatro en la universidad, haciendo carrera simultánea con arqueología. Todo se interrumpe con mi famosa operación (cirugía de una válvula cardíaca). Después, decido: No. Ahora que he vuelto a revivir, ahora que sé lo frágiles que somos, voy hacer lo que más me gusta. En el mundo estamos para hacer lo que nos gusta y para vivirlo bien. Luchar por lo que quieres y conseguirlo.



¿Cuáles son los abonos que usas para que la planta, del teatro, siga creciendo?

Hay una cosa fundamental: arriesgar y experimentar. En el momento en que tú dejas de experimentar, la planta deja de crecer. Hacer locuras: cuando digo locuras me refiero a proyectos imposibles. Y luego, hacer algo contemporáneo, que es lo transversal, mezclar. La mezcla de todas las artes para poder jugar. Creo que el éxito que estamos teniendo, por ejemplo, con Música Fugit, es una abertura innovadora dentro de la música antigua. Lo mismo en el circo, cuando hicimos Circus Klezmer, no se hacía circo teatral en España y ahora Cataluña exporta circo teatral a todos lados. Teatros que antes ni se imaginaban que iban a programar circo se abrieron a programarlo. Se abren puertas. Si otros miran esa planta, las semillas se esparcen. 




Escenas de Circus Klezmer


¿Cómo haces para abrir esas puertas?

Hay un argumento que funciona mucho, por ejemplo, en la ópera: estuvimos en agosto en el Oude Musiek Festival en Utrecht, es el festival más grande del mundo en música antigua, significa desde medieval hasta 1750… Final del barroco, hasta Motzar. Trescientos conciertos hacen, todos los más grandes: Jordi Savall, Jaroussky, Christina Pluhar… Cuando tú presentas un proyecto a este festival ya hay una pequeña puerta que se abre. Cuando tu le dices cuál es el público que tienen… Entonces argumentas: ése dinero público con el que se hace este tipo de festival, tiene que volver al público que lo sostiene. Cuando les hablas de abrir a otros públicos, usar espacios no convencionales, lo que les da es miedo. Después… lo que ha pasado ahora, es que el director de este festival terminó llorando y abrazándonos y diciendo: “Yo tenía mucho miedo de este proyecto, pero ahora veo que es necesario”. Espero que el año que viene y el año después y el año más tarde se sigan haciendo proyectos con música antigua para todo tipo de público. Allí es cuando la puerta se abre.

Hay una cosa muy divertida: desde el punto de vista físico yo soy muy bueno abriendo puertas. El otro día estabamos en la puerta de un teatro, estaba cerrada, la persona que tenía la llave no venía, teníamos que entrar para cambiarnos. Yo agarré una escalera, me subí al primer piso, abrí una ventana, entré y abrí la puerta. Cuando encontramos una puerta cerrada hay que buscar la forma de abrirla.


Poder abrir puertas sabiendo que vas a tener éxito. Sino, las puertas se pueden cerrar también. Para eso cuando trabajas hay que pensar en el público, no en qué va a querer el público, sino, qué vas a provocar en él. Aquí entran todos esos elementos que funcionan: el ritmo, la estética... la historia. ¿Qué le vamos a contar? Y allí hay que hacer hincapié en dramaturgia. Algo que empezó contigo. Yo lo tenía intuido con mi experiencia en Ronaldo; pero Irma, famosa escena en el proceso creativo del Klezmer donde me dices: “No hagas de Hitler” / “Pero se van a reír” / “Sí, pero ¿qué se van a llevar a casa?” La imagen de Hitler, no la del shtetl, la vida, la boda, la locura, la libertad. Eso es lo más importante: el mensaje. Dramaturgia. Gracias.


¿Cuáles son las herramientas básicas que usas en tu trabajo creativo?

Trabajo con la gente que me gusta. El equipo que trabaje contigo es el encargado de hacer crecer la planta. Esto es mucho más importante que las capacidades técnicas. A veces dices: “para hacer crecer esta planta vamos a traer el mejor cantante” Y yo digo, okey. Pero el cantante se adapta, o si no, puede ser un cáncer. El ejemplo, en el proyecto de Oude Musiek en Utrecht, al director musical se le ocurrió llamar a Emma Kirkby, ella es como llamar a John Lennon de la música antigua. Le dije: “Sí, pero ensayos como todo el mundo y no va a cobrar más que los demás”. Ella respondió a las condiciones y es… impresionante. Ha sido impresionante trabajar con ella.



¿Cuáles son los frutos más importantes de tu trabajo?

Hay tres proyectos fundamentales: Circo Ronaldo, porque fue una gran oportunidad. Luego el Circus Klezmer, con todo lo que conlleva: Irma en dramaturgia, Miri en escenografía, Marcel… amigos. Y después: The Greenman porque es esa aventura loca que empezó a tomar sentido y que después de veintidós años lo sigo haciendo con la misma emoción, también con el mismo miedo. No sabes qué va pasar, y eso me encanta porque me mantiene muy alerta. Y aparte me ha llevado a lugares impresionantes. Nunca me hubiese imaginado que este tipo de personaje, este tipo de locura, este tipo de anarquía me llevara a ganar un premio: Anarco-clown, en Alemania. O que me llevara a Kuwait. Sociedades muy conservadoras. Yo he estado ahora y puedo decir: “Sí, la gente es igual en todos lados”.




 The Greenman


¿Con qué árbol te identificas?

Con la quercia, en italiano; roble en español. Me gusta muchísimo este árbol, las raíces, la fuerza. Es un árbol que me imagino que un huracán que no se lleva. En mi jardín, yo pondría éste en el centro, además da una sombra muy bonita, tiene esa fuerza. Y crece poco a poco.



¿Qué valores siembras?

 Me encanta la idea de la apertura, de la libertad, de la tolerancia.



¿Frutos que recoges?

Amistad. Yo vivo en la calle Amistat. La parte más enriquecedora de nuestra profesión es la parte humana.


 En algún aeropuerto en los tiempos de Dans 
¡Gracias Adrián!