martes, 31 de octubre de 2017

Adrián Schvarzstein: Frágil corazón de roble



“En el mundo estamos para hacer lo que nos gusta y para vivirlo bien. 
Luchar por lo que quieres y conseguirlo”


Adrián Schvarzstein



Adrián Schvarzstein es actor y director de teatro de calle, circo y ópera. Los que hemos compartido parte de su trayectoria artística sabemos que es imparable, incansable y constante.  

Cuando le escribo no le pregunto cómo está, sino, dónde. Su respuesta es siempre diferente. Hoy en su cincuenta aniversario mientras algunos leéis esta entrevista, él, como no, está subido en un avión rumbo al continente que lo vio nacer.


¡Felicidades Adrián! ¡Salud y vida!
 



¿De dónde viene la semilla de hacer teatro en ti?

Yo tengo una imagen: De niño en Italia, voy a un centro lúdico para niños que hacen actividades donde te vistes, haces personajes, te conviertes en otro. Y mí me encanta este lugar. Me queda el trauma de que mis padres no tenían dinero para pagarme ese centro lúdico, por lo tanto, no pude participar. Yo tengo esa imagen muy metida, aún ahora, son de esas cosas que te quedan. Y dije: “Algún día tendré que hacer eso”.

Después hay otra cosa: en el teatro trabajas sobre la observación de los otros. Nosotros siempre hemos sido una minoría. Quiero decir: emigrantes argentinos que llegan a Italia; judíos que llegan a una sociedad totalmente católica... Mis amigos y yo jugábamos fútbol en el patio del seminario y luego tocaba catequesis para prepararse y hacer la comunión. Yo entraba con ellos. Entonces, venía el cura y me decía: “No, tu sal. Esto es sólo para los cristianos”. Y yo no entendía porque era un niño que quería estar con sus amigos… Allí te vas dando cuenta. Yo le llamo marginación positiva porque nunca lo he sufrido. Eso te crea una necesidad y el teatro puede ser una muy buena solución.



¿Dónde germinó esa semilla?

Luego, en Barcelona. En la Escuela Italiana de Barcelona llega un profesor sustituto: Josep Cervelló. Una persona innovadora, joven, y decide hacer teatro.

Yo era muy rebelde, yo era muy tremendo en la escuela. Tenía problemas de disciplina. No porque era un gamberro. Simplemente, mi gamberrismo venía de no aceptar las reglas que yo veía absurdas: “¿Por qué no puedo tomar un té durante una clase? ¿En qué molesta?” Entonces yo sacaba mi termo y tomaba té. A éste hombre eso le gustaba. Todos me castigaban y éste no. 


Cuando propone hacer teatro, a mí me pareció fabuloso. Pasó que uno de los que tenía un papel se enfermó y me dijo: “¿Por qué no lo haces tú?” Tuve que improvisar el papel, porque yo más o menos me lo sabía. Tengo una imagen: Eran Los reyes malditos de Maurice Druon, y había una escena en la que el rey le decía a uno de sus ministros, que era yo: “Por favor, siéntese” Y no había silla. Se habían olvidado de poner las sillas, y me acuerdo que mi reacción fue: “No hay silla”, pasó de ser una escena dramática a cómica.  Eso me encantó, me encantó eso de la improvisación. Hay que incorporar el accidente, eso para mí ahora es básico.


Ésta digamos fue la segunda etapa. La tercera etapa es el momento en el que yo estudio en Israel arqueología.  Busco un trabajo y me ofrecen ir a trabajar en un teatro, de lo que se llama: “factótum”, que era: descargar el camión, montar escenografía, pintar el teatro, cablear luces… y allí aprendo lo que es el oficio. Todo lo que hay detrás.

Un día me doy cuenta que esto me gusta más que lo que estoy haciendo, que era estudiar arqueología, y me pongo a estudiar teatro en la universidad, haciendo carrera simultánea con arqueología. Todo se interrumpe con mi famosa operación (cirugía de una válvula cardíaca). Después, decido: No. Ahora que he vuelto a revivir, ahora que sé lo frágiles que somos, voy hacer lo que más me gusta. En el mundo estamos para hacer lo que nos gusta y para vivirlo bien. Luchar por lo que quieres y conseguirlo.



¿Cuáles son los abonos que usas para que la planta, del teatro, siga creciendo?

Hay una cosa fundamental: arriesgar y experimentar. En el momento en que tú dejas de experimentar, la planta deja de crecer. Hacer locuras: cuando digo locuras me refiero a proyectos imposibles. Y luego, hacer algo contemporáneo, que es lo transversal, mezclar. La mezcla de todas las artes para poder jugar. Creo que el éxito que estamos teniendo, por ejemplo, con Música Fugit, es una abertura innovadora dentro de la música antigua. Lo mismo en el circo, cuando hicimos Circus Klezmer, no se hacía circo teatral en España y ahora Cataluña exporta circo teatral a todos lados. Teatros que antes ni se imaginaban que iban a programar circo se abrieron a programarlo. Se abren puertas. Si otros miran esa planta, las semillas se esparcen. 



Escenas de Circus Klezmer


¿Cómo haces para abrir esas puertas?

Hay un argumento que funciona mucho, por ejemplo, en la ópera: estuvimos en agosto en el Oude Musiek Festival en Utrecht, es el festival más grande del mundo en música antigua, significa desde medieval hasta 1750… Final del barroco, hasta Motzar. Trescientos conciertos hacen, todos los más grandes: Jordi Savall, Jaroussky, Christina Pluhar… Cuando tú presentas un proyecto a este festival ya hay una pequeña puerta que se abre. Cuando tu le dices cuál es el público que tienen… Entonces argumentas: ése dinero público con el que se hace este tipo de festival, tiene que volver al público que lo sostiene. Cuando les hablas de abrir a otros públicos, usar espacios no convencionales, lo que les da es miedo. Después… lo que ha pasado ahora, es que el director de este festival terminó llorando y abrazándonos y diciendo: “Yo tenía mucho miedo de este proyecto, pero ahora veo que es necesario”. Espero que el año que viene y el año después y el año más tarde se sigan haciendo proyectos con música antigua para todo tipo de público. Allí es cuando la puerta se abre.

Hay una cosa muy divertida: desde el punto de vista físico yo soy muy bueno abriendo puertas. El otro día estabamos en la puerta de un teatro, estaba cerrada, la persona que tenía la llave no venía, teníamos que entrar para cambiarnos. Yo agarré una escalera, me subí al primer piso, abrí una ventana, entré y abrí la puerta. Cuando encontramos una puerta cerrada hay que buscar la forma de abrirla.


Poder abrir puertas sabiendo que vas a tener éxito. Sino, las puertas se pueden cerrar también. Para eso cuando trabajas hay que pensar en el público, no en qué va a querer el público, sino, qué vas a provocar en él. Aquí entran todos esos elementos que funcionan: el ritmo, la estética... la historia. ¿Qué le vamos a contar? Y allí hay que hacer hincapié en dramaturgia. Algo que empezó contigo. Yo lo tenía intuido con mi experiencia en Ronaldo; pero Irma, famosa escena en el proceso creativo del Klezmer donde me dices: “No hagas de Hitler” / “Pero se van a reír” / “Sí, pero ¿qué se van a llevar a casa?” La imagen de Hitler, no la del shtetl, la vida, la boda, la locura, la libertad. Eso es lo más importante: el mensaje. Dramaturgia. Gracias.


¿Cuáles son las herramientas básicas que usas en tu trabajo creativo?

Trabajo con la gente que me gusta. El equipo que trabaje contigo es el encargado de hacer crecer la planta. Esto es mucho más importante que las capacidades técnicas. A veces dices: “para hacer crecer esta planta vamos a traer el mejor cantante” Y yo digo, okey. Pero el cantante se adapta, o si no, puede ser un cáncer. El ejemplo, en el proyecto de Oude Musiek en Utrecht, al director musical se le ocurrió llamar a Emma Kirkby, ella es como llamar a John Lennon de la música antigua. Le dije: “Sí, pero ensayos como todo el mundo y no va a cobrar más que los demás”. Ella respondió a las condiciones y es… impresionante. Ha sido impresionante trabajar con ella.



¿Cuáles son los frutos más importantes de tu trabajo?

Hay tres proyectos fundamentales: Circo Ronaldo, porque fue una gran oportunidad. Luego el Circus Klezmer, con todo lo que conlleva: Irma en dramaturgia, Miri en escenografía, Marcel… amigos. Y después: The Greenman porque es esa aventura loca que empezó a tomar sentido y que después de veintidós años lo sigo haciendo con la misma emoción, también con el mismo miedo. No sabes qué va pasar, y eso me encanta porque me mantiene muy alerta. Y aparte me ha llevado a lugares impresionantes. Nunca me hubiese imaginado que este tipo de personaje, este tipo de locura, este tipo de anarquía me llevara a ganar un premio: Anarco-clown, en Alemania. O que me llevara a Kuwait. Sociedades muy conservadoras. Yo he estado ahora y puedo decir: “Sí, la gente es igual en todos lados”.




 The Greenman


¿Con qué árbol te identificas?

Con la quercia, en italiano; roble en español. Me gusta muchísimo este árbol, las raíces, la fuerza. Es un árbol que me imagino que un huracán que no se lleva. En mi jardín, yo pondría éste en el centro, además da una sombra muy bonita, tiene esa fuerza. Y crece poco a poco.



¿Qué valores siembras?

 Me encanta la idea de la apertura, de la libertad, de la tolerancia.



¿Frutos que recoges?

Amistad. Yo vivo en la calle Amistat. La parte más enriquecedora de nuestra profesión es la parte humana.


 En algún aeropuerto en los tiempos de Dans 
¡Gracias Adrián!

domingo, 1 de octubre de 2017

El cordero que no quería ser oveja


Lo que pasa en Cataluña no es un cuento de niños, pero bien me vale un libro ilustrado para explicarle a mi hijo por qué decidimos hacer una cola de dos horas y media para introducir dos papeletas (la mía y la de su padre) en una caja y decir: Sí o No. Reivindicando así nuestro derecho a elegir. Un derecho democrático que les ha costado la vida a incontables personas.

El cordero que no quería ser carnero, un libro de Didier JEAN y ZAD editado en castellano por Editorial Proteus me gustó por su título, y lo compré sin más. Para mi sorpresa y alegría ha sido un libro del que no puedo desprenderme, pues su sencilla anécdota, un rebaño de ovejas que se une para acabar con un lobo, es una excelente metáfora de la ineludible unión de los frágiles ante un mundo voraz que nos come día a día.

La tensión que hoy se ha vivido en Cataluña, la rabia, la impotencia se ha combatido con conversaciones, con intercambio de ideas, con genuina dignidad y muchas otras estrategias que confirman que sí, los catalanes, "hacen cosas". Hacen cosas como un referéndum de autodeterminación, saben organizarse, reunirse, asociarse, votar, defender su derecho a expresarse, luchar, seguir e intentar cambiar los sistemas podridos de poder. Aquí se hacen cosas porque no somos ovejas. No hay miedo, y si lo hay, se combate con acción.

Hoy, por pura casualidad, hace dieciséis años que llegué a Barcelona. De muchas voces  escuché hablar de “los catalanes” como esos “ellos” a quienes probablemente había que temer. Después de tantos años de convivencia puedo decirme también un poco catalana, y que pertenezco a esos “ellos” por los que vienen unos “otros” de la forma más bárbara y soez.

Se habla de diálogo, pero ¿quién puede dialogar con un lobo?



Para acabar con el lobo hay que ser táctico, lúcido y no tener miedo. Hay que arriesgarlo todo y avanzar, y esa es la apuesta de Cataluña un día como hoy.

En este prado al nordeste de la península ibérica se ha protagonizado una decisión histórica que otros rebaños podrían imitar. Ese es el miedo del lobo, que las ovejas dejen de comer hierba con la cabeza agachada, sin protestar, como lo han hecho siempre.

En esta aldea global, vale la pena intentar dar una batalla mediática que consiga llevar el mensaje de Cataluña a todos los rincones del mundo, porque sí se puede y es nuestro derecho expresar la necesidad de cambio.

Las ovejas del cuento de Didier JEAN y ZAD lo consiguieron, ¿por qué nosotros no?

Lo que más me gusta de éste libro es una referencia que encontramos en su última página, un texto atribuido a Pasteur Martín Niemoeller, un tesoro para quienes sabemos que no estamos solos y que hoy quiero compartir con todos mis lectores.

 
“Cuando vinieron a buscar a los judíos
no dije nada
pues yo no era judío.
Cuando vinieron a buscar a los comunistas
no dije nada
pues yo no era comunista.

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas
no dije nada
pues yo no era sindicalista.

Cuando vinieron a buscar a los católicos
no dije nada
pues yo no era católico.

Y cuando vinieron a buscarme
no quedaba nadie para impedirlo o protestar…”


Resultado de imagen de l'agneau qui ne voulait pas être un mouton




lunes, 25 de septiembre de 2017

Montjüic: un castillo para jugar


La barbarie no tiene justificación
 Care Santos en El aire que respiras
  
Ya está aquí La Mercé, fiestas que cada año nos ayudan a sobrellevar la vuelta al cole y el cambio de estación.
 
Barcelona se viste de teatro, música y eventos culturales que llenan de entusiasmo a sus habitantes y visitantes.
 
Nuestra tradición de joven familia es pasar un día entero en el Castillo de  Montjüic, disfrutando de los espectáculos que allí se representan: ver el tradicional Cabaret de Circ, pasar por el Racó Poètic, refugiarte en el Bosc… Cada año gozamos de este espacio, pero este año ha sido realmente especial.
 
Nuestro hijo pregunta para qué hay cañones allí, ¿dónde están los caballeros? O si saldrá algún dragón escondido en los calabozos de aquel imponente castillo.  Nos inventamos historias fantásticas, nos dejamos llevar por nuestra imaginación, buscando siempre dejar claro que las espadas se usan cuando no se sabe dialogar. Intentamos definir a los caballeros como personajes cultos, guerreros que luchan por el bienestar común, que sólo usan sus armas cuando los dragones no saben entender y se devoran a la gente.
 
Cada vez se hace más complicado y difícil explicar lo inexplicable. Razonar sobre la supuesta nobleza de quienes ejecutan el poder. Se hace difícil porque no se nos olvida la tortura, la crueldad, el miedo. Nos las recuerdan cada vez que hay oportunidad, con los procedimientos ilegales, que algunos de nuestros gobernantes, ponen en marcha para callar la voluntad de la personas.
 
Éste año fue especial porque vimos espectáculos maravillosos, de los cuales me gustaría detenerme a hablar, pero no voy a hacer crítica teatral, esta vez prefiero celebrar que disfrutamos de un día lleno de genios que reparten con su oficio humor y picardía.
 
Lo especial de este año es poder reírse en el Castillo de Montjuic. Reírse y disfrutar cuando sabes que tu abuelo fue torturado dentro de esas paredes es reivindicar la alegría. Es un acto poderoso.
 
Celebro que éste espacio haya sido una vez más el lugar para reunirse, jugar, compartir. Ver espectáculos que tonifican el sentido del humor, agudizan nuestra capacidad para soñar y nos ayudan a seguir avanzando hacia una sociedad más humana, más reflexiva, más libre.

 
Jordi Querol excelente en el Cabaret de Circ Feres i Esferes


 

viernes, 22 de septiembre de 2017

Tàrrega, más urbana, más danza

En general, los festivales de lo que sea, me agobian. La programación suele ser tan amplia que lejos de hacerme un mapa para seguir lo que me interesa, termino divagando o dejándome llevar, cosa que, me resulta más fácil y relajante.

Después de cuatro años sin ir a Tàrrega, volví. La sensación fue la misma: “Cuánta gente, ¿qué hago yo aquí?”. Pero la verdad es que la sorpresa supera el agobio inicial, y consigo concentrarme en algún espectáculo, incluso a interesarme, y por último, algunos logran cautivarme. Es el caso de dos de los espectáculos que pude disfrutar este año: Meeting Point de la compañía ERTZA  y D-Construction de la compañía francesa DYPTIK.

Tàrrega es ese pueblo al que su Fira de Teatro de calle ha convertido en un lugar de paso obligado para quienes nos interesan las artes escénicas. Tal vez por ello, es el escenario perfecto para dos personajes que han cruzado miles de kilómetros de distancia, y que de pronto, basta con una mirada, un roce o una imperceptible acción para que comience el encuentro, eso es Meeting Point.  
 

 
La comunicación visual y corporal los invita a moverse, a observarse, a soportarse. La técnica es firme. Los personajes anodinos: no de danza contemporánea, no de poderosa técnica de break-danse, no de hip hop. Pero hacen todo eso y más. Narran con su danza. Fácil hacen lo complicado. Nos asombramos porque sus figuras no encajan en ese estereotipo del bailarín clásico que tenemos reservado en nuestro inconsciente. 

Vemos a dos personas, vemos dos almas, dos vidas que se encuentran y se cuentan a través del lenguaje de la danza.

Meeting Point es un espectáculo breve pero intenso que te hipnotiza y hace ese efecto necesario en el teatro de calle que es separarte de la realidad, de su ruido y su desorden; para reordenar estéticamente y resignificar el espacio y el tiempo.  


 
 
Enhorabuena por este inédito resultado a sus creadores.

En la misma línea, pero con un lenguaje más convencional, si se quiere, nos encontramos con D-Construction. Su escenografía ya nos invita a mirar, a imaginar lo que pueden hacer un equipo de profesionales de la danza urbana frente a tubos y rejas que evocan un andamio.

Algo está por pasar y pasa. Jóvenes, muy jóvenes se mueven, encuentran los límites de la escenografía propuesta, los exploran, los traspasan.

El público está, participa, ellos y nosotros somos uno. Estamos compartiendo un espacio, rehaciéndolo, removiéndolo, reconstruyéndolo.

La capacidad de éstos bailarines para pasar desapercibidos entre nosotros es directamente proporcional a su fuerza en escena.

 
Nos mueven, nos dicen dónde ver y qué ver y como una masa informe acabamos presos en las acciones de esta propuesta que nos reafirma en el poder que tienen los líderes para cambiar el enfoque de las cosas.
 
Esta nueva tendencia de danza urbana me gusta por dos razones: porque ver cuerpos tan jóvenes apropiados de un espacio y de una técnica habla de una búsqueda provechosa en el lenguaje de la danza contemporánea;  y porque estoy segura que el resultado seduce a un público perdido: los adolescentes.

Confío en que propuestas como éstas, que tuve la suerte de disfrutar en la Fira de Tàrrega, den la vuelta al mundo invitándonos a entrar en esta fascinante tendencia de la danza urbana contemporánea.